Opinión | Tribuna
El SAMU sin médico: el barco sin timonel

Unidad del SAMU, en una imagen de archivo. / INFORMACIÓN
Cuenta una vieja fábula que un rey, queriendo ahorrar en su flota, decidió prescindir de los capitanes. “Los marineros conocen bien el mar —pensó—, y desde la torre del puerto un almirante podrá guiarlos por señales de humo”.
Al principio, las cosas parecían funcionar. Los barcos zarpaban, las velas se hinchaban, y los marineros seguían las órdenes que llegaban desde tierra. Hasta que una tormenta inesperada azotó la costa. Sin un capitán que tomara decisiones inmediatas, los navíos se perdieron entre las olas. Algunos nunca regresaron.
Entonces el rey comprendió demasiado tarde que la experiencia y el juicio no se pueden dirigir a distancia.
Algo parecido está ocurriendo hoy en la Comunitat Valenciana, donde faltan médicos dispuestos a trabajar en el Servicio de Atención Médica Urgente (SAMU). Las condiciones laborales —sueldos bajos, contratos precarios, turnos extenuantes y falta de reconocimiento— han ahuyentado a los profesionales.
Y, en lugar de afrontar el problema con seriedad, la anterior administración optó por una temeridad: enviar ambulancias sin médico, confiando en que los enfermeros pudieran recibir instrucciones remotas desde el CICU (Centro de Información y Coordinación de Urgencias).
El resultado ha sido, como era previsible, desastroso. En emergencias, donde cada segundo y cada decisión marcan la diferencia entre la vida y la muerte, la ausencia del médico no es un matiz técnico: es una carencia vital.
Un enfermero —por muy cualificado que sea, que lo son— no puede sustituir la capacidad diagnóstica, la toma de decisiones farmacológicas o la ejecución de maniobras invasivas avanzadas que competen exclusivamente al médico.
Cuando el protocolo choca con lo imprevisible, el conocimiento in situ es lo que salva vidas, no una voz lejana por radio.
No se trata de despreciar el papel de Enfermería —fundamental y admirable—, sino de reconocer que el equipo SAMU es un engranaje que solo funciona plenamente cuando están todas sus piezas: conductor (Técnico Emergencias Sanitarias o TES), enfermero y médico.
Dejar una de ellas fuera es jugar con la suerte de los ciudadanos, especialmente en zonas rurales o alejadas donde la ambulancia médica es la única esperanza antes de llegar al hospital.
La administración actual, lejos de revertir esta política, la ha perpetuado, manteniendo una situación que compromete la seguridad pública y erosiona la confianza en el sistema sanitario. Mientras tanto, los profesionales que aún resisten en el SAMU lo hacen movidos más por vocación que por condiciones dignas.
Las soluciones son claras, aunque exijan voluntad política y planificación:
- Mejorar las condiciones laborales y salariales de los médicos del SAMU, equiparándolas al esfuerzo, la formación y la responsabilidad que asumen.
- Estabilizar plantillas y ofrecer contratos de larga duración, para evitar la fuga constante de profesionales hacia otras comunidades o al extranjero.
- Aumentar la formación específica en medicina de emergencias, creando incentivos y reconocimiento oficial para esta especialidad.
- Recuperar el modelo clásico del SAMU, con presencia médica efectiva en cada unidad.
- Escuchar a los profesionales del sector, que llevan años alertando del peligro y proponiendo alternativas razonables.
Porque lo que está en juego no es una cuestión de gestión interna, sino la vida de las personas.
Cada vez que una ambulancia sin médico acude a un infarto, a un politraumatismo o a una parada cardiorrespiratoria, se repite la historia del barco sin timonel: todos hacen lo que pueden, pero falta quien decida en el momento crucial.
Y cuando eso ocurre, la diferencia entre llegar a puerto o naufragar se mide en minutos... o en vidas.
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