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Opinión | Tribuna

Orinoco

Uno de los muros de la basílica de Santa María donde se han detectado orines.

Uno de los muros de la basílica de Santa María donde se han detectado orines. / Áxel Álvarez

El Orinoco es uno de los ríos más importantes de América del Sur. Así llamado en lengua indígena «guarao», y significa «lugar para remar» o «lugar donde se rema».

Al despuntar el día, y tras un relajado paseo por el centro de la ciudad, donde habitualmente pulula en los fines de semana gente poco amante del sosiego, alcanzo a ver un sector con las superficies manchadas.

Enfrento la Puerta Mayor de la basílica, que presenta un negruzco y oxidado matiz. Una considerable parte de la misma y el bloque de piedra circundante, estropeados, y el aire con una cualidad agria a causa de los olores. Aquello era una auténtica fábrica de moscardas. Se me escapó un sonido involuntario al experimentar un rapto de ira.

Siempre me detengo ante la hermosa alzada del templo. Y siento la presencia del pasado, un pasado reflejado en la piedra y en el espíritu que en su interior atesora superpuesto con la realidad, como una lámina de celofán. La luz de la mañana se filtra poco a poco por los ventanucos de la puerta al interior del templo.

Siempre me detengo ante la hermosa alzada del templo. Y siento la presencia del pasado

Yo, querido lector, respetuosamente me tomaré la licencia de usar el nombre del afamado río sudamericano para denominar esta zona: «Orinoco: lugar donde se micciona». Se padece el insufrible hedor de los orines expelidos por los incívicos de incontinencia física y mental. Conductas que atentan contra el aseo urbano, que hace necesario modificar ordenanzas de limpieza para graduar tales conductas, desde la afección a la salud a la protección del patrimonio. A estas alturas se daba por hecho la importancia del conocimiento y cumplimiento de normas cívicas que protejan, que cuiden el entorno para la mejora de nuestra calidad de vida.

¿Resulta emocionante, divertido, miccionar en edificios o monumentos patrimonialmente protegidos? ¿Es una demostración de valentía, desafío o simplemente una falta de respeto y cariño hacia lo que es de todos? Hacer las necesidades fisiológicas en monumentos o edificios, lugares concurridos por mayores y menores, es una falta de respeto a los vecinos.

Se viene constatando la existencia de conductas que afectan al normal uso y disfrute de los espacios públicos, convirtiendo los entornos en auténticos y vergonzosos focos tóxicos. Actitudes que dañan y deterioran los bienes y suponen un perjuicio grave al derecho de disfrutar del medio ambiente y la belleza singular de nuestra ciudad, comportamiento a todas luces insolidario. La actitud de estos vándalos pone de manifiesto la pérdida de valores en algún sector de la sociedad y que desgraciadamente se repite y no sólo en nuestra ciudad. Pero la nuestra tiene varios Patrimonios de la Humanidad.

En una sociedad organizada y «educada», en la que nos preocupamos por diversos avatares y de si la Oreja de Van Gogh va a tener otra oreja, algo tan básico como el comportamiento cívico demuestra que en algunos la decadencia moral es evidente. Carecen de rubor y conciencia al dañar lo excelso, lo irrepetible, por el simple hecho de no aguantar una urgencia. El vandalismo tiene una extraña atracción que lleva a unos cuantos «cromañones» a practicarlo, con el tarado de turno «mingitando» lo que es de todos.

Orinar en la calle no es legal, y acarrea sanciones administrativas e incluso penales dependiendo de la legislación local. Es un acto reprobable. Cualquier persona que orine en la calle debería ser acusada de alteración del orden público, al hacerlo en lugar de asistencia de, esas sí, personas. La sanción en determinados lugares pueden llegar a los 3.000 euros. Artículos del Código Penal sancionan comportamientos contrarios al cuidado e integridad del espacio público; como daños al patrimonio o deslucimiento de bienes de valor histórico, científico o cultural; también por alteración o daños. El artículo 524 sanciona: «El que en templo, lugar destinado al culto realice actos de profanación...». Controlar borrachos, perros o gente incívica aparenta ser tarea ardua, pero el laxo momento por el que atravesamos no debe hacernos olvidar lo que nuestros padres denominaban «las más elementales normas de urbanidad».

¿Resulta divertido miccionar en edificios o monumentos patrimonialmente protegidos?

Y es que, cuando uno estos hechos escribe, se ruboriza porque a estas alturas de la civilización andan por ahí cafres que no respetan ni sus patrimonios. En este año de Jubileo, en que todo parece volcarse para que la ciudad ofrezca un entorno para que podamos desarrollar en libertad nuestras actividades, o sea, ofrecer un espacio adecuado de convivencia, el esfuerzo del municipio se ve afeado, apestado, por los incívicos que no deben pasar desapercibidos. Deben pagar por los daños causados al patrimonio cultural, religioso, y por el derecho de los demás al disfrute de un entorno limpio y sano.

No quisiera desbocar mi verbo suelto arengado por la ira, solo provocar un instante de reflexión. Párate, aléjate unos metros, recorre con la mirada la rotunda presencia del monumento. Piensa el escrupuloso trabajo realizado por sus constructores y escultores, y los siglos de cariño y devoción de los que acuden a él. Y si no te remueve la conciencia, lleva encima una botellita para sanear la cochinada. Aprende de las mascotas.

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