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Opinión | Tribuna

¿Dónde se quedó la empatía?

La empatía.

La empatía.

La empatía es uno de los valores más importantes que pueden tener las personas. Pero que no todas tienen y que, desgraciadamente, cada vez lo echamos más en falta en la sociedad. Es una virtud, porque lo que hace mucho tiempo era algo normal se ha convertido en algo tan excepcional que aquellas personas que la tienen son de admirar, porque alejan todo egoísmo en la concepción o entendimiento de las cosas y los problemas ajenos.

La empatía es esa forma de ser por la que una persona consigue sentir el dolor o el sufrimiento de los demás poniéndose en su lugar. Es, así de fácil… o de difícil, y que consiste, sencillamente, en “ponerse en lugar de otro” para comprenderle mejor. Dicen los psicólogos que la empatía es la capacidad psicológica de sentir o percibir lo que otra persona sentiría si estuviera en la misma situación, aunque se lo aplica uno mismo para ver si es capaz de comprender cómo se siente otra persona poniéndose en su lugar para poder comprender su sufrimiento.

Esto lo podemos aplicar a multitud de situaciones en la vida como cuando alguien no encuentra trabajo que le hace falta para cubrir sus necesidades, o los estudiantes que suspenden un examen para el que se han preparado bien, cuando alguien pierde a algún familiar, o se tiene un problema grave del que no se sabe cómo salir del mismo y necesita ayuda.

Por ello, en la vida se debe tener empatía con la gente de tu entorno, o, aunque no lo sea, si se quiere comprender a quien sufre por algo. Tener empatía es algo muy fácil de entender, pero muy difícil de llevar a la práctica si una persona es egoísta y completamente antisocial y con un elevado toque de individualismo, así como sin ninguna gana de relacionarse con los demás, o tratar de saber si alguien de su entorno está sufriendo por algo, e, incluso, por la actitud de quien debería ser empático y no lo es.

La empatía es lo opuesto a la indiferencia. A quien le da todo igual, y si los demás sufren por algo, o por su culpa, es lo opuesto a ser empático. Y, desde luego, no serlo es un grave defecto si posicionamos a la persona empática como poseedora de una virtud. Porque quienes lo son tienen una actitud positiva que permite establecer relaciones saludables, generando una mejor convivencia entre los individuos que pretenden ejercer ayuda mutua.

La palabra empatía es de origen griego, “empátheia” y significa estar dentro del sufrimiento de otro. Porque sin meterse en la “piel de otro”, de quien sufre el problema por algo, resulta imposible que se pueda entender cómo está pasándolo.

Se ha dicho, también, que la empatía es “Comprensión emocional”, porque es algo relacionado directamente con lo que se siente por padecimiento personal. Y quien lo sufre por algo en concreto también lo hace si comprueba que los demás no se preocupan por cómo lo está pasando si es notorio el sufrimiento que padece.

Tener empatía es “identificarse” con otra persona. Es tratar de intentar sentir lo que se sentiría si tuviera que pasar por la misma situación por la que está atravesando otro/a.

En principio, la teoría es fácil dominarla, pero lo difícil es ponerla en práctica, porque quien es egoísta o no tiene valores personales es complicado que pueda ser empático, porque para ello es preciso despojarse de muchos defectos que se pueden tener si se actúa con prepotencia, espíritu de superioridad, o de dominación y altivez sobre los demás, o resultarte indiferente todo aquello que no le pase a uno mismo. Por ello, la indiferencia es lo opuesto a la empatía, porque a quien le resulta indiferente todo lo que no le afecte personalmente lo primero que debe hacer es “resetearse” en su comportamiento y volverse más solidario y participativo en lo que le rodea y tratar de evitar que una conducta suya pueda molestar a los demás, o causarle daño.

Escribíamos hace unos días sobre la teoría de la improcedencia inequívoca y señalábamos que “la improcedencia de una conducta será evidente cuando cause un perjuicio a terceros, y con ese daño se evidencia el carácter notorio de la improcedencia inequívoca de la conducta. Y, sobre todo, no quieras hacer a los demás lo que no quieras que te hagan a ti. Con eso sobra para entenderlo…”.

Por ello, quien es empático con los demás no les hará nada nunca que a aquél no le gustaría que le hicieran. El problema es que cuando esta persona sufra sí le gustaría que los demás fueran empáticos con él. Ahí es cuando se entiende de verdad… qué es la empatía. Y, además, sin duda alguna.

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