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Opinión | En pocas palabras

Sin despedirse

Sin despedirse

Sin despedirse

Desde que acabó la pandemia ya han sido dos de mis médicas de Atención Primaria las que se han jubilado sin despedirse. No lo comprendo. A mí me gusta seguir llamándolas médicas de cabecera. Un médico de cabecera cumple muchos roles. Es a la vez confesor, psicólogo, confidente, y en tanto en cuanto, si no amigo, sí una persona cercana y especial en quien se confían los secretos que nadie más conoce.

Yo puedo entender que el médico no llame por teléfono para relatarte que ha llegado al final de su etapa profesional cuando no ha habido un contacto demasiado intenso. Pero en los dos casos a los que aludo tuve consulta con las doctoras justamente una semana antes de que se retirasen. Es decir, que cuando a mí me detectaron un tumor del tamaño de un limón en el riñón y en el momento que me enfrenté a una depresión de consecuencias imprevisibles, me atendieron sin ser capaces de decirme que abandonaban el fonendo y que me deseaban muchísima suerte.

Llámenme antiguo, pero si esto es la consecuencia de los usos y costumbres que imperan en la gran ciudad, donde nadie conoce a nadie, prefiero regresar al pueblo. Recuerdo cómo a mi madre, otra antigua, nunca le faltó el detalle de regalar una caja de bombones a cada uno de los facultativos de los que, con mucha tristeza, se tuvo que despedir.

Es natural hacerlo. Las relaciones, sean profesionales o amistosas, duran lo que duran, y nada es eterno. Ni eso que llamamos amor. Pero hacer mutis por el foro en según qué contextos, me parece una falta de consideración. He sentido dos vacíos muy grandes con estas dos ausencias. He echado de menos un adiós y unas palabras de aliento.

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