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Butacas de una sala de cines.

Butacas de una sala de cines. / Europa Press

Tarde de domingo. Tras un relajado descanso, opto por ocupar el tiempo acudiendo a uno de los cines de la ciudad. Ante la oferta cinematográfica, extensa, elijo la sala donde se proyecta la película del momento: Los domingos.

La historia de una chica idealista, brillante en la adultez, que cree que su destino está en un convento de clausura. Una joven de hoy que escucha la «llamada», convirtiéndose en su ideal de espiritualidad. La noticia se da a conocer en la habitual comida familiar de los domingos, y origina un tsunami que deriva en conflicto familiar entre varios miembros de la familia con cada parte tirando para un lado, una para evitarlo, otra para animarla a ingresar en la clausura. Aparece la dualidad de todos los casos que afloran en el proceso vocacional de la joven, en ese compromiso tan radical, y se adentra silenciosamente en el tabú emocional de la fe.

La familia está en el centro de la película. Familia como retrato de relaciones humanas, y como institución. Hasta qué punto es una institución que procuramos mantener a través de los relatos que nos contamos, que transmitimos a los más jóvenes, aunque muchas veces ocultamos cosas para protegerles o porque son incómodas.

Se ha considerado esta película, con muy buen criterio a mi modo de entender, como una autopsia familiar. Con bastante «peso y contrapeso»... Como suele suceder con muchos temas en una relación familiar. Por otra parte, las figuras de autoridad religiosa que aparecen, ¿acompañan desde su propia experiencia o empujan en determinada dirección? Ahí se aprecia una línea muy fina.

En cuanto a la chica, perder tan joven a su madre le resulta muy doloroso y tal vez esto puede empujarla a buscar refugio o certezas en algún lugar. Quiere dejarlo todo, y la decisión desata un vendaval en una familia en la que por otra parte nunca se han dicho las verdades. Equidistancia entre ideas contrarias de los que animan a la joven a seguir su «llamada», los que la apoyan y los que directamente rechazan la idea. Y se muestra una y otra vez la complejidad soterrada de las relaciones familiares y la confrontación de sensibilidades opuestas. El drama no está en los malos rollos, en los enfados ni en los gritos, sino en lo que no se dice.

Se diseccionan las dinámicas familiares y religiosas. Se muestra muy bien cómo opera la religión desde cuando llevan a los niños al colegio y también la tolerancia. Quién está dispuesto a ceder, y quién se muestra más vehemente a la hora de llevarse el tema a sus intereses. Hay momentos en que la película te coloca en una situación incómoda en cuanto a la opinión sobre la Iglesia, por lo que conviene dejarse cualquier idea preestablecida fuera del cine. No tiene una lectura dogmática en ninguna dirección, y es buena en cuanto te da tu margen como espectador y puedes sacar tus propias conclusiones y reflexiones. Se mueve en el ámbito de cuestionarse cosas: cuestiona la vocación y la decisión de la joven, y también las actitudes del resto de la familia. No da respuestas. Sugiere, no explica.

El conflicto pretende activar en el espectador el argumentarse a sí mismo y con los demás. Qué haría o qué no haría, dónde está la tolerancia y cómo actuarías en un sentido afectivo. No hay debate de fe, ni ideológico ni teológico, sólo lo que la chica tiene delante de cara a su futuro vocacional.

En la película se puede entender algo que te puede ser ajeno. Independientemente de cuál pueda ser la creencia de uno, su relación con lo religioso, te plantea y agradece esos espacios para poder cuestionarse cosas e incluso viajar a través de personajes que no somos nosotros mismos, y eso ocurre cuando se intenta comprender algo, preguntar en torno a algo y quitarnos el miedo de intentar comprender lo ajeno. El debate que genera supera el algoritmo que previamente no le daba ningún interés. Se plantean preguntas complejas, se manejan hipótesis en cuanto a los personajes, a las situaciones que se pueden dar a los dilemas que surgen. Nos invita a la reflexión para luego entablar interesantes conversaciones.

El viaje de la protagonista toma el camino que la familia no espera de ella, que va contracorriente, y la van a juzgar de alguna manera. Se valora como decisión de su propia libertad individual, máxime cuando la familia tiene otras expectativas sobre ella. Se cuestiona si la vocación religiosa es un sentimiento genuino o realmente se construye desde lo humano, y si se debe a esto último puede haber algo afectivo familiar influyendo: una pérdida, un núcleo religioso adulto que empuja de alguna manera... La película está hecha sin trazo grueso, sin caricaturas ni los prejuicios que mucha gente tiene de la Iglesia ni sobre el estigma que los no creyentes cargan sobre quienes profesan la fe católica.

El trabajo de documentación es encomiable y lo muestra con el mejor realismo posible. Documentación y encuentro con jóvenes y directores espirituales con los que la actriz se ha nutrido, plasmándolo en una interpretación magnífica. Sin necesidad de grandes artificios, la historia de esta chica de 17 años - espléndida actriz que defiende su trabajo de manera espectacular - su vocación se cuenta con gran sensibilidad y verdad, con una certeza férrea que genera fascinación. Ella te ayuda a sentir ese sentimiento místico que la lleva a su entrega a Dios, a un «me abandono».

La película provoca viajes distintos, lecturas distintas, y es lo que la hace interesante y atractiva, da voz a todas las opiniones y posturas. Con la base de si has tenido educación laica o religiosa, ¿qué harías si esto pasa en tu familia? La activación de lo que provoca la vocación religiosa en 2025 es un tema que a priori no es tendencia de ningún tipo, mas muchos jóvenes se interesan por las vocaciones, en el estado aconfesional más católico.

Por momentos el argumento se vuelve poroso en cuanto la protagonista no es mayor de edad y no ha superado el duelo por la muerte de su madre, y por lo tanto su fragilidad puede influir en sus decisiones. Mucha delicadeza con la que se trata el acompañamiento fundamental para el discernimiento y la dirección espiritual que puede condicionar o no la autenticidad de la vocación. Si se tratase o no de una huida adelante o la búsqueda de un refugio, ¿por qué ha de considerarse como renuncia si puede ser una opción donde la chica se siente feliz y plena?

Es una historia trascendente que ofrece lo que el cine debe ofrecer: dar mucho que hablar. Demuestra brillantez y nos hace disfrutar en la austeridad y la ambigüedad. La música, eficazmente elegida, ilustra cada escena dejando apreciar los diálogos y los silencios. Las miradas, las respiraciones y silencios son los que te llevan. No hay grandes músicas ni engorrosos discursos que te manipulen.

Una buena película que se precie busca la reacción en el espectador. Pensar, remover nuestros valores e incluso lograr que nos identifiquemos con los personajes. Depende del grado de experiencia o del talento.

Según validaban las entradas y me dirigía a mi asiento, los comentarios de expectación ya ocupaban las atenuadas conversaciones. Como es sabido, una tarde de cine provoca variedad de sensaciones, destacando la anticipación antes de ver la película, una profunda inmersión durante su transcurso y el cambio de ánimo al salir de la sala.

Para mi gusto, le sobra un poco de lo que rodea a la protagonista: los comportamientos ante la noticia, las diferencias entre los miembros de la familia, y le falta todo lo atinente a las turbulencias del alma de la chica. Una aproximación más espiritual.

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