Opinión | Tribuna
Aquellos novios de antaño en Orihuela

Vista aérea de Orihuela / Tony Sevilla
Creo que puede llegar a ser interesante para los jóvenes de ahora saber cómo se llegaba a formalizar una relación en épocas pasadas.
Generalmente, los chicos y chicas se comprometían a muy temprana edad, si bien es cierto que hasta que el novio no “pedía la entrada” no se consideraba una pareja “oficial”.
“Pedir la entrada” consistía en concertar una entrevista entre el novio y los padres de la novia para formalizar la relación; en dicho acto, el chico debía dar prueba de sus buenas intenciones y del cariño que sentía por ella, algunos llegaban a dar hasta una fecha aproximada de la boda, aunque ese detalle quedaba para la “pedida”, que debían realizar más adelante los padres del novio a los de la novia. Una vez que el joven pasaba ese “amargo” trance, los padres de ella le autorizaban a entrar en su domicilio para que no la esperase en lo sucesivo en la calle, incluso, poder “festear” o como algunos decían “pelar la pava”, siempre bajo la atenta mirada de la madre de la novia.
Si la relación se frustraba a lo largo del noviazgo, el novio debía dar cuenta a los padres de ella de los motivos por los que rompían el compromiso. Era lo que vulgarmente se llamaba “comunicar la salida”.
En Orihuela, el lugar más idóneo para encontrar pareja era en los paseos dominicales que se llevaban a cabo en la calle Mayor y en Los Andenes. Los más afortunados asistían a los “guateques” que celebraban los amigos y, allí, bailando al son de los microsurcos, y las melodías de la francesita Sylvie Vartan (El ritmo de la lluvia); del jovencito norteamericano Paul Anka (Diana); o del italiano Renato Carosone (Piccolísima serenata); nadie se resistía a declararle su amor a la chica de sus sueños.
No era fácil conquistar a una muchacha de entonces; para ser más exactos, era muy difícil. Lo principal era saber comunicarse con ella. El hombre debía reunir una serie de cualidades para ganarse su confianza y, por ende, la de sus padres. Entre las virtudes que obligaban al candidato eran: formalidad y buenos hábitos de vida —nada de pasar el rato—, poco trasnochar —a las 10 de la noche, cuando sonaba en Radio Nacional de España la sintonía de las noticias, llamadas también “El Parte”, la joven ya debía encontrarse de regreso en su casa—; nada de vicios —se toleraba y, hasta estaba bien visto fumar, era signo de hombría—, aunque no se podía hacer delante de los padres, que sólo lo permitían tras ser licenciado del servicio militar.
De todos modos, antes, ahora y siempre, prevalecerá el amor a cualquier otro impedimento.
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