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Opinión | A propósito de todo

Después del Propofol de la pareja

Después del Propofol de la pareja.

Después del Propofol de la pareja.

Tengo una amiga que ha salido de una relación de siete años como después de la preparación de la colonoscopia. Te tienen casi un día sin comer y siete horas sin beber. Cuando te la han hecho y te despiertan de la sedación crees que vas a arrasar con todo. Eso ha hecho mi amiga. Como si hubiera despertado de una dosis de Propofol que le ha durado siete años. Todos los demás –con relaciones intermitentes, buscando el amor en la era de Instagram o eternamente solteros— seguimos haciendo lo de siempre, pero ella no. Es curioso porque no ha habido una tristeza por su parte –o sí, pero se la ha reservado para ella-, solo noches de fiesta, gente que viene y se va y unas borracheras más grandes que nosotros. ¿Qué has hecho con mi amiga y por qué ahora?

Todo eso está muy bien, pero hay algo que no me deja de rondar: ¿por qué salimos así de las relaciones? Somos varios los que, después del amor, volvemos a reconocernos. La cosa es, ¿por qué la misma persona que era calma, cansarse de estar en la fiesta y domingo de manta, se convierte en puro fuego, insomnio y viernes de cócteles? ¿Somos siempre dos, uno dentro de la pareja y otro cuando termina?

Quizá es que el amor, con el tiempo, nos domestica. No de forma cruel, sino cotidiana. Aprendemos a bajar el volumen, a modular el gesto, a negociar hasta el deseo. La convivencia exige ceder un poco de brillo para no deslumbrar al otro. Pero cuando el vínculo se rompe, de pronto no hay nadie que nos pida que bajemos la luz, y nos deslumbramos a nosotros mismos.

No entiendo por qué es así, pero lo es. Una vez salí, conocí a un chico que me dijo que, si lo nuestro llegaba a algo más, seríamos mejores amigos, aunque fuéramos pareja. Me encantó la idea. Hoy creo que ni nos seguimos en redes sociales y dudo que tenga su número en la agenda, pero ha sido una de las reflexiones más lúcidas que me han dicho. Una pareja te debe dar la tranquilidad de tomarte cinco tequilas y empezar a decir tonterías y que, al final, no pase nada. Y si no es así, quizá no debería ser nuestra pareja. Igual por eso deberíamos hacerle caso a Rosa Montero cuando dijo que deberíamos salir con las parejas y vivir con los amigos.

Una noche le pregunté a mi amiga si echaba de menos a su ex. Me dijo que sí, que son siete años, pero creo que lo que echaba de menos era todo el tiempo perdido al que está tratando de recuperarle segundos. Segundos libres, ruidosos, desmedidos. Me lo dijo con un nigiri de salmón en la boca y una serenidad pasmante. Y la cosa es que estaba súper reciente. Yo me veía a mí en esa situación, en un mar de lágrimas y pañuelos de Hacendado, extrañando con mi melancolía al todo y mi mente traicionera pensando en si me habría equivocado. En si debería volver a lo que había, aunque los años me han dejado que eso de que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer es una mierda.

Y ahí entendí algo: quizá no salimos de las relaciones como las locas, sino como nos habríamos querido comportar dentro. Porque es muy fácil decir que nos tienen que querer como somos, pero en la práctica todos tratamos de allanar el camino al que trata de acercarse. Modulamos nuestros volúmenes de forma instantánea para adaptarnos al otro. Llevamos haciéndolo siglos y cuesta mucho cambiar. Lo que el amor nos cohíbe hacer en pareja, lo recuperamos en los márgenes. Aunque sea a trompicones.

Tal vez por eso, después del Propofol, lo primero que hacemos es abrir los ojos y buscar aire. No porque no quisiéramos dormir, sino porque hemos recordado, por fin, lo que era despertar.

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