Opinión | Vuelva usted mañana
Paz, piedad y misericordia. Azaña

Paz, piedad y misericordia. Azaña
Recomiendo la lectura del prólogo de Manuel Chávez Nogales de su libro “A sangre y fuego”. Un canto desesperado en favor de la cordura en aquellos tiempos que nos empeñamos en hacer presentes, de desencanto ante la confrontación irracional, de desprecio a la lucha entre quienes se apartan de la convivencia como elemento esencial de la razón que se opone a la vileza de la soberbia. Ha pasado casi un siglo de lo dicho por el autor, superado en algún momento en el que la mal tratada ahora Transición prevaleció sobre la ceguera para volver sobre nuestros pasos, maltratar tiempos que dieron luz a la oscuridad y regresar a lo peor de nosotros mismos con el orgullo propio de quienes, desde sus barricadas, ensombrecieron un país que parece no tener otro modo de entenderse.
Olvidan la historia quienes no cejan en el intento de empañar la diversidad e imponer un solo color, un solo pensamiento o inercia, una sociedad uniforme carente de libertad. Olvidan que siempre estas voluntades terminaron en fracaso salvo para los que cultivan la sinrazón de la imposición y que toda imposición da lugar a una fuerza contraria. Fuerzas opuestas, destructoras que en el pasado dieron lugar a un enfrentamiento cruel que, de nuevo, muchos quieren hacer presente ganando un relato tardío que no sirve salvo para derrotar a quienes entonces triunfaron, y esos ya no existen, se fueron todos y merecen descansar en paz.
No salvo a nadie de aquella contienda. Lo siento. No voy a hablar de justos e injustos, de inocentes o culpables cuando entre todos no supieron enmendar el paso y evitar la muerte y el odio, que, ese sí, fue común en ambos bandos. No me interesa tras un siglo condenar o absolver, sino aprender para evitar lo sucedido. No me parece tras tanto tiempo ejemplarizante rememorar y ensalzar a unos y humillar a otros. No pueden defenderse. Revolucionarios o reaccionarios, como dice Chávez, son la misma cosa, pues sus conductas no difieren mucho y coinciden en el autoritarismo, la intolerancia y la soberbia enfermiza. No veo heroicidad alguna en humillar a quienes ya no son otra cosa que historia lejana.

Manuel Azaña. / INFORMACIÓN
Las leyes de memoria, salvo en lo referido a honrar a los desaparecidos sin calificativos, a todos debiera ser, son armas cargadas de los mismos defectos que llevaron al desenlace miserable que, en lugar de olvidarse y servir de aprendizaje, se utiliza para rememorar la miseria del odio. Que una guerra cruel tan antigua ya y poco heroica sea noticia cotidiana y actual, no propia de los historiadores y de los políticos en su obligación de sembrar la paz y la concordia, el perdón como dijo Azaña, es muestra de desvarío moral. Las consecuencias de pelear contra los ya idos y privarles de sus honores encumbrando a otros por su posición en el conflicto, obviando sus atroces y comunes actos, son el triunfo de la pasión irracional y la imposición de la verdad oficial interesada. Dividir otra vez este país ignorando el consejo que nos dieron los que vivieron la tragedia y que pidieron reconciliación y olvido es soberbia y anacronismo. Un siglo son cuatro generaciones. Demasiadas para creer que la memoria personal sigue intacta.
Leer es importante y optar, consecuencia de lo que cada cual piensa. Pero a mí la lectura de la historia, de muchos y variados comentaristas, me lleva a una misma conclusión: no hubo inocentes o culpables absolutos, ni carentes de responsabilidades. Y veo en el hoy una imitación irresponsable, por ambos bandos recuperados, de las mismas taras que sembraron el odio. Muchos parecen sentir vivos a sus ancestros a los que ni siquiera conocieron y alardean de hacer justicia por ellos. Eso sí, sin saber si aquellos les concederían el aplauso por revivir lo que padecieron o, lo más seguro, les reprocharían hacerlo. Casi con certeza, salvo excepciones, lo segundo.
La necesidad impuesta de situarse en un bando, que viene exigida legalmente como manifestación autoritaria de proclamación de una verdad oficial, ignora la virtud de ubicarse en el centro, siempre mayoritario pero silenciado que quiere vivir en paz y que imparte justicia desde la certeza de que la verdad no es exclusiva de nadie y de que son pocos, siempre sucede lo mismo, los que siembran los frutos que la mayoría luego recoge en forma de violencia. Hoy es verbal, insoportable a veces, que crece sin límite ante la pasividad de quienes permanecen callados. Porque, sin duda alguna, a la inmensa mayoría, la que desea sanidad, educación, justicia, trabajo y pensiones, les resulta ajeno ese debate que tantas veces tapa la realidad y que suele servir para derivar responsabilidades hacia el pasado.
El hartazgo de la cotidianeidad de calificar de fascistas o rojos a quienes no lo son, solo expresión de la confrontación inculta, explica la necesidad de evitar que los unos contra los otros cieguen la realidad de este siglo, que poco se parece al anterior.
Leamos a los que, desde la pluralidad, han estudiado la historia, rica en matices y siempre humana, pues fueron seres humanos los que la hicieron. Y como tales, producto de su época y sus limitaciones. Ni fascistas que no lo son, ni rojos que tampoco, repito, sino ciudadanos de este tiempo que reclama concordia y entendimiento. Tolerancia y respeto a los idos y a los vivos. Por dignidad.
Suscríbete para seguir leyendo
- Se acabó el rascarse el bolsillo: el Gobierno libera definitivamente el peaje de la AP-7 en Alicante
- Detenido en Alicante por un timo de los billetes tintados de 400.000 euros
- Una mujer apuñala a tres personas en una zona de restaurantes de Torrevieja
- Riegos de Levante extrae El Hondo de Elche y Crevillent 23 toneladas de carpas y abre vías para vender a países del Este
- El Ayuntamiento de Alicante detecta un presunto caso de acoso laboral grave en la Concejalía de Hacienda
- Doble huelga en Alicante: los profesores también paran este jueves
- Segunda crisis de Vox en seis meses en Elche: Samuel Ruiz deja el bipartito
- La policía para un vehículo en un control aleatorio en Elda y atentos a lo que descubre en el maletero
