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Opinión | El teleadicto

Agua y aceite

Un momento de un capítulo de "En primicia".

Un momento de un capítulo de "En primicia". / RTVE

Lucía Méndez afirmaba en el atinado En primicia dedicado a su figura que los periodistas y los políticos son como agua y aceite. Quizá por ello cuando después de la victoria de José María Aznar ella pasó a formar parte del equipo de la Secretaría de Comunicación del gobierno, en cuya cúspide estaba Miguel Ángel Rodríguez, se sintió tan incómoda. A los dos años, aprovechando que cesaron a su jefe, y en lugar de continuar con el siguiente que nombrasen, prefirió regresar a las labores periodísticas en la redacción.

Su casa fue primero Diario 16 y más tarde El Mundo, donde continúa, y en el que escribió muchas editoriales antes de llevar a cabo las columnas de opinión que ahora buscan con esmero los lectores más fieles.

Pero la esencia de la entrega dedicada a Lucía Méndez, lo que nos emocionó, fue conocer su faceta más personal. Nacida en Palacios de Sanabria (qué ironía que se llamase así una aldea despoblada) lo que más lamenta Méndez es que el ascensor social se haya estropeado. Mientras en su época, partiendo de la nada pudo llegar a donde ha llegado, a base de esfuerzo y de becas para finalizar los estudios, en la actualidad, explicó, el destino de cada cual va parejo al código postal del lugar donde haya nacido.

También habló sin tapujos de la depresión que padeció tras el fallecimiento de su madre (a la que cuidó largamente durante el cáncer que sufría) y de su divorcio posterior. El trabajo la salvó, y porque se aferró a él como un salvavidas pudo sobrellevar esa enorme pena. No deja de ser curioso que se ocupara de escribir muchos obituarios de personalidades célebres, cuyos textos llegaban realmente al corazón.

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