Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | En la barra del Café Época

Más feliz que una perdiz

Instalación de las luces de Navidad junto a Santa María.

Instalación de las luces de Navidad junto a Santa María. / Áxel Álvarez

«La felicidad es darse cuenta que nada es demasiado importante». Antonio Gala

¡Virgen santa! Menos mal que el calendario nos ha dado una tregua tras la conmemoración de los fastos del Año Jubilar y otros eventos sociales y culturales organizados por el Ayuntamiento de Elche y otras entidades locales en estos últimos dos meses, toda una epopeya que ha dejado a más de uno exhausto, para el arrastre y a base de ginseng para poder recuperar el resuello, y menos mal, porque lo que viene es para pensárselo dos veces: a la vuelta de la esquina tenemos el Black Friday, el debate del estado de la ciudad, ¡Qué por nadie pase!, las fiestas de Navidad, con la inauguración del alumbrado navideño, del Belén Municipal, del Mercado navideño; de las cenas de empresa; de Papa Noel; de Cantó y de las fiestas de la Venida de la Virgen; de las campanadas de Nochevieja y de los propósitos del Año Nuevo; de los Reyes Magos y, para postre, San Antón. Vayan preparando la sal de frutas y un par de reconstituyentes a base de jalea real o de jengibre y limón, lo van a necesitar.

Pero todos estos acontecimientos vendrán y tendremos tiempo de hablar de ellos, pero ahora, tras superar la maratón jubilar, nos hemos ganado el derecho a disfrutar durante unos días de esta calma chicha que nos envuelve y que nos permite regocijarnos de la pasmosa y siempre injustamente denodada rutina o cotidianidad, o como ahora se le denomina: «zona de confort», un invento moderno de los psicólogos, los coach y los autores de libros de auto ayuda. ¡De confort dicen! Como si todo lo que pasa habitualmente en nuestra vida fuera cómodo de asumir y no como sucede bastante a menudo, un cúmulo de desventuras y despropósitos, que de conformable no tiene nada, y que encima los muy osados nos aconsejan que de vez en cuando abandonemos para mejorar nuestro desarrollo personal, ¡vamos anda! ¿Qué necesidad hay de sufrir incomodidades y desasosiegos pudiendo disfrutar del paisanaje, como si la cosa no fuera con nosotros? Y es que estos tipos no están bien, bro, no, como dirían los modernos: estos killers nos hacen luz de gas.

Por eso, debemos aprovechar este paréntesis ceremonial para dedicarnos a entretenernos tranquilamente atendiendo aquellos hábitos que tuvimos que abandonar para poder solemnizar tanta celebración jubilosa, como saborear el café diario en la terraza del bar de toda la vida, pasear al perro, ir a comprar al mercadillo, comentar con los vecinos en el ascensor que ya refresca por la noche, tomarse una caña, comprar un cupón de la ONCE, hacerse las uñas, asombrarse de lo que ha subido el precio de los huevos, descojonarse de las versiones variopintas de Mazón, de ir a comprar el pan, de runnear en alguna de las carreras que todos los fines se organizan en el término municipal, de intentar escaquearse un poco en el trabajo, en resumen, de hacer lo que uno hace cuando no tiene otra cosa que hacer que vivir como un mortal del montón.

Y he de reconocer que en estos días de paz y sosiego he puesto todo mi empeño en conseguir este objetivo y, ¡bendito sea el Creador!, no saben ustedes la tranquilidad de espíritu que he atesorado, algo que me ha permitido darme cuenta de algo que hasta el momento se me había pasado desapercibido, quizás debido a tener que ir de un lado a otro como si la vida me fuera en ello, para no perderme un sarao, de saludar a unos y a otros, de cambiarme de ropa para no repetir, todo prisas y arrebatos que me impedían descubrir que, por regla general, la mayoría de la gente es más feliz que una perdiz, sin necesidad de suertes, aventuras, mascletás ni martingalas, simplemente con cosas tan sencillas como hacer con un seis y un cuatro tu retrato.

Los ángeles gigantes de la plaza del Congreso Eucarístico

Los ángeles gigantes de la plaza del Congreso Eucarístico / Antonio Amorós

Según la filosofía, la felicidad es un bien supremo y el fin último de la vida humana, aunque su definición varía según quien la dé. De esta forma, para Aristóteles, la felicidad es la eudaimonia: una vida virtuosa y plena; para Epicuro la felicidad estaba asociada con el placer y la ausencia de dolor, mientras que para los estoicos la felicidad la entendían como vivir en armonía con el destino, aceptando la naturaleza y alcanzando la imperturbabilidad, mientras que para Sócrates o Platón la felicidad estaba vinculada con la virtud y el conocimiento, según ellos, la persona virtuosa es la que actúa bien porque conoce el bien, y quien actúa mal lo hace por ignorancia. En cambio, para la psicología, la felicidad es un estado emocional positivo de bienestar y satisfacción, que no se limita a un momento fugaz, sino que es un sentimiento más estable que incluye el aspecto emocional y el cognitivo. Se manifiesta como la experiencia de placer y significado, y se relaciona con la consecución de metas, la armonía con uno mismo y los demás, y la percepción de que la vida va bien. La psicología positiva, en particular, se enfoca en cómo cultivar esta felicidad a través de factores como las emociones positivas, el compromiso, las relaciones, el sentido y los logros. 

Y ustedes se preguntarán: «Pero, ¿cómo te has dado cuenta de esto, bro?». Pues muy fácil, simplemente parándome a observar a la peña y a escuchar las conversaciones de barra de bar, que son las mejores, pues en ellas residen las soluciones a todos los problemas de la humanidad. Así pues, he comprobado por el brillo de sus ojos y por su media sonrisa dibujada en la cara, como si fueran uno de los hermanos Dalton, que hay gente que es feliz simplemente por el hecho de haber encontrado un sitio donde la docena de huevos vale menos de tres euros, lo cual, más que un triunfo es un milagro; asimismo, he podido verificar que para otros, la felicidad reside en echarle la culpa de todas las desgracias habidas y por haber en el universo infinito a Pedro Sánchez y si no que se lo digan a Luis Rubiales o a Mazón; para otros la felicidad consiste en poner macetas, cambiar farolas y construir plataformas únicas como si no hubiera un mañana, y si no, que se lo digan a don José Claudio; para otras, como la concejala de Turismo, la felicidad consiste en contabilizar como visitantes en el Año Jubilar a los extraterrestres y a los seres de ultratumba; para otros, no hay nada más feliz que te impongan un plan económico-financiero por haber cometido un desequilibrio presupuestario en la gestión económica municipal, ¡agua bendita!, la lástima dicen es que no se lo hubieran impuesto antes; para otros, la felicidad consiste en darse un paseo en bicicleta por la ciudad, como si fueran Pancho, el de Verano Azul, y si no, que se lo digan al alcalde; para otros, la felicidad consiste en lanzar por la boca un hueso de dátil lo más lejos posible; para otros, la sensación de felicidad se la produce la edición casera de vídeos en las redes denunciando la falta de sombra en algún parque, la existencia de desconchones en unos bancos o la presencia de matorrales en algún jardín público, como si esto fuera algo parecido al Watergate; para otros, la felicidad se la produce el saborear una buena ensaladilla rusa, como la del Bar Paquito; para otros, escuchar el nuevo disco de Rosalía, y si no, que se lo digan a mi hijo Pepe, que me lleva loco; para otros, ser feliz es deslomarse en el gimnasio y tomarse proteínas para ponerse más fuerte que el vinagre, y si no, que se lo digan a mi hijo Pablo; para otros, la felicidad consiste en escuchar la lluvia, el trinar de los pájaros o sentir a Gabriel Rufián diciéndole a Mazón en la cara lo más grande que se le puede decir; para los más atrevidos, la felicidad es estrenar una camisa estampada con palmeras, que ya hay que tener valor, ya; para otros ir a misa de ocho todos los días; para otros, la felicidad se siente pelando granadas, para otros jugando a la Play; para otros encasquetándose una peluca o un bisoñe; para otros el irse a correr o a pasear al perro y así podría poner ejemplos hasta el infinito y mucho más, como diría Buzz Lightyear.

Y es que la gente, los ilicitanos y también los de Callosa, somos gente feliz con nuestras pequeñas aventuras domésticas, nos basta con transitar la vida tranquilamente siendo conscientes que nada es demasiado importante como para tener que amargarse uno por un quítame esas pajas, ya que la vida por sí sola, sin que nadie la fuerce, tiene tragos tan amargos como la retama, por lo que, como yo siempre digo, lo mismo cuesta sonreír y ser amable que ser un malaje y recuerden lo que dijo Ralph Waldo Emerson: «Por cada minuto que estás enojado, pierdes sesenta segundos de felicidad...».

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents