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Opinión | Tribuna

La vida pirata

Alicante se plantea limitación de turistas en la isla de Tabarca

Alicante se plantea limitación de turistas en la isla de Tabarca / Eva Abril

Al fin pude hacerme a la mar en un día tranquilo tras jornadas apretadas de borrascas traídas por vientos ahítos de furia que habían levantado considerables olas. Por tanto, el viaje era plácido al no sufrir la embarcación el temido cimbreo.

El ferry se dirige con suave balanceo a Tabarca. Permanezco varado, acodado sobre la amura de estribor con la mirada fija en la isla que poco a poco va agrandándose a la vista disfrutando con el sol que espejeaba rielante sobre el rizado mar. Aproveché ese tiempo para analizar el pasado. Un grupo de turistas comenta en voz baja su admiración por la experiencia.

Tabarca se sitúa entre Santa Pola y Alicante, a la que pertenece como municipio, y es lugar elegido por muchos ilicitanos como lugar de relax, incluso para su descanso eterno. Llegué sin novedad destacable y me detuve un rato distraído en las tareas de la tripulación afanándose en aprestar al barco para la maniobra de atraque. Huyendo de la temporada alta, procurando relajo y encontrar el colofón a mí última novela iba a gozar del privilegio de hospedarme allí. Visitar Tabarca en estas fechas permite disfrutarla y no solo de su morfología o sus calas, en un ambiente más íntimo y sereno que resalta la conexión con la naturaleza y la paz interior, así como la percepción alterada del tiempo y la vida. Buscar la total sensación de sosiego y equilibrio emocional, de la privacidad, de las vistas y experiencias distintas, de su belleza natural y rica cultura. Sin la presión del turismo masivo sobre los recursos limitados de la isla que obliga a implementar medidas para proteger su biodiversidad. Sin obviar inconvenientes como la escasez de servicios, la dificultad del transporte y la monotonía aunque es modelo en miniatura de un mundo con casi todo lo necesario.

La vida pirata

Una vista de Tabarca al atardecer, en una imagen reciente. / Rafa Arjones

Me acomodé en una encantadora casita de contraventanas azules con la absoluta intención de intercambiar el estrés de las actividades cotidianas con la calma enmarcada por el mar y preciosos atardeceres ya que desde hace mucho tiempo la paz y el sosiego eran para mí un vago recuerdo sin contornos apenas. Valoro por encima de todo la tranquilidad y el contacto con la naturaleza.

En las noches cerradas disfruto del cielo nocturno gracias a la falta de contaminación lumínica. Por el día, del grato paseo por las pintorescas rúas empedradas y blancas de clara influencia marinera, experimentando las particularidades que hacen allí la vida diferente. Gaviotas, palomas y gatos, muchos gatos, campean a sus anchas favorecidos por las condiciones insulares. Las callejuelas y calas de ensueño satisfacen todas las expectativas plasmándose la Historia en las fortificaciones de sillería que abrazan el centro urbano.

Me detuve en la puerta de La Trancada o de San Gabriel, esforzándome por leer la inscripción conmemorativa tallada en la piedra en honor al rey Carlos III. Proseguí andurreando por la isla. En la anochecida, la soledad era casi absoluta con el sol disponiéndose a buscar el sueño nocturno cuando los escasos habitantes ya se habían recogido. 

El olor a mar y algas lo invadía todo. Me senté en la tibia roca de una cala y cerré los ojos, totalmente relajado. En el telón de mis párpados bajados, en un ensueño se perfiló la imagen de un barco pirata cuyos ocupantes ya hollaban las empedradas calas, y yo dispuesto a defender la isla empuñando una espada. "¡¡¡La vida pirata es la vida mejor, sin trabajar, sin estudiar, con la botella de roooon!!!". Canturreaban toscos, ebrios de ron, embrutecidos, como en las películas de Errol Flynn. Me rescató de tal aventurera ensoñación el subyugante aroma a caldero tabarquino 

Termino de realizar unas inmersiones en la playa echando un vistazo alrededor. El cielo azul y el azul del Mediterráneo se mezclan en una composición cromática bellísima. Cuando me dirijo a mi provisional casa, la luz dorada del sol realzaba la belleza de todos los rincones. De una esquina emana aromas culinarios típicos marinos. Deambulo por la calle principal del recinto murado con profusión de restaurantes y tiendas de recuerdos, y entro en el local que me ha sido recomendado en virtud de su buen hacer en los fogones conocido como "El tiburoncito" o Sharky. Caldero tabarquino, mariscos frescos, calamares, pescaditos, mejillones, pulpos... Toda la isla se ve envuelta de estos deliciosos aromas. Soy tratado como es proverbial el trato en la restauración de esa isla, con la particularidad de que soy atendido por una deliciosa familia. El yantar está eficientemente elaborado por las expertas y primorosas manos de Rafaela, a lo que se acompaña la profesionalidad y afable trato de Ramón y el buen hacer, simpatía y belleza de María José.

Turismo en Tabarca

Matías Segarra

En el atardecer, majestuoso, las olas producen melodías que calman la mente y liquida la ansiedad. En esas enhebro conversaciones cargadas del sentido común, sensibilidad e inteligencia de los isleños en las que brota un universo de leyendas susurradas, desovillando la memoria de sus antepasados, devanando tales historias al tiempo y barnizando de coloridas y armónicas voces la monotonía con dominio del arte de las pausas y el suspense, coreado todo por el graznido de las gaviotas.

Desde los acantilados he contemplado vistas espectaculares de amaneceres y atardeceres que me han dejado con la boca abierta, y momentos e instantáneas que no suponen esfuerzo alguno ni partirse el cráneo para sacar algo decente sobre tal experiencia al movimiento de mis dedos pulsando el teclado.

Transcurridos unos días llegó el momento de regresar. En el ferry ya me veía envuelto en la vuelta a las volutas del destino, del desasosiego. Vuelvo la cabeza para mirar la isla cuyos perfiles se recortaban sobre el horizonte. Y a mi sirena aleteando la mano en una preciosa despedida. 

Mi mente vacía de todo el cansancio del mundo al que regresaba, reteniendo la hermosura de tan singular lugar al que debemos cuidar y proteger no solo como reserva marina sino como cobijo de serenidad.

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