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Opinión | Tribuna

25 años: la edad de elegir rumbo

Vista de una parte del Palmeral de la ciudad de Elche, con el Hospital General al fondo.

Vista de una parte del Palmeral de la ciudad de Elche, con el Hospital General al fondo. / Áxel Álvarez

La luz de primera hora cae suave sobre las palmeras, como si cada una recibiera un saludo ancestral, la esencia de nuestros antepasados reside en ellas como si guardaran, en silencio, todas las historias que el tiempo no quiso borrar.

Como si cada palmera fuese un eco vivo de quienes trabajaron esta tierra con paciencia, con esfuerzo y con una fe sencilla haciendo de este pueblo una gran ciudad.

Encamino mis pasos hacia el despacho, tengo el inmenso privilegio de atravesar huertos de altas palmeras que se desplazan a mi lado. Casi no noto su presencia pero se que están ahí, noto su fuerza, su energía, noto su murmullo, si me detengo, incluso las oigo hablar.

No es un gesto protocolario ni un ritual político: es algo más íntimo. Es mi forma de recordar por qué estoy aquí. En esos minutos tranquilos, sin prisas ni cámaras, uno entiende algo fundamental: el Palmeral no es un monumento; es un ser vivo.

Cuando asumimos la responsabilidad de cuidar el Palmeral, no encontramos un desastre, ni un jardín perfecto, sino un entorno humano, levantado con cariño, sostenido muchas veces por la inercia y por la buena voluntad de quienes no querían verlo caer, un lugar que llevaba demasiado tiempo esperando que alguien lo escuchara de verdad.

Había huertos que guardaban silencio desde hacía años.

Acequias que apenas recordaban el sonido del agua.

Palmeras que mantenían su dignidad, pero pedían cuidados.

Expedientes que dormían el sueño lento de la burocracia.

Leyes que nunca pudieron arrancar, atrapadas entre la complejidad y la falta de medios.

Y palmereros, artesanos y datileros, llenos de oficio y de ganas de mejorar lo nuestro.

No nos encontrábamos ante un problema de falta de amor; Elche siempre ha amado con locura a a su Palmeral. Era un problema de dirección. De rumbo. De sentir que este tesoro nuestro necesitaba que alguien se arremangara y empezara a andar.

Por eso, el primer día entendimos que la tarea no iba de grandes discursos ni de teorías desde un despacho. Ni de leyes hechas en la capital, ni normas exquisitas de París.

Iba de escuchar. De pulsar el botón de ON, de pasar a modo ACCIÓN. De preguntar a quienes llevan toda una vida en ellos. De poner orden donde hacía falta orden. Y de volver a poner en marcha aquello que nunca debió pararse.

El Palmeral no nos pidió lamentos. Nos pidió manos. Nos pidió paso. Y se lo dimos

Y entonces, casi sin hacer ruido, comenzaron a pasar cosas. Pequeñas al principio, como todas las transformaciones profundas. Pero cada una de ellas fue encendiendo un punto de luz en el Palmeral.

Huertos que llevaban años apagados volvieron a sentir movimiento. Volvieron a sentir la agricultura en su centro, flores, forrajeras, girasoles, nacían de sus tierras en barbecho durante años.

El agua, que es la sangre antigua de esta tierra, volvió a correr por acequias donde ya casi nadie la esperaba.

Se resolvieron expedientes que parecían condenados a envejecer en un cajón.

Se recuperaron espacios que la ciudad había dejado de mirar.

Se ordenaron tareas, se limpiaron senderos, se podaron palmeras que reclamaban atención.

Se abrieron torres que permitían disfrutar de paisajes que hasta ahora parecían ocultos a las miradas de sus propietarios, los ilicitanos.

No hicimos milagros.

Hicimos algo más sencillo y mucho más valioso: devolver ritmo, como decíamos en los 90, darle un poco de rock & roll. Y, casi sin darnos cuenta, también fueron despertando lugares que habían quedado en silencio durante años.

Casas tradicionales que un día fueron alma del huerto y que ahora vuelven a tener voz.

El Hort de Pontos, que llevaba demasiado tiempo cerrando historias, hoy se abre al mundo como un espacio musealizado, lleno de vida, de memoria y de dignidad recuperada. Donde mas de 15.000 personas este año han disfrutado de música, talleres, exposiciones, degustaciones, programas de radio, en resumen, de vida.

La casa de Portes Encarnades vuelve a respirar, devolviendo a la ciudad un pedazo de su historia más íntima, mas espiritual y mas profunda. El punto de llegada de nuestra Mare de Déu.

Y en el Hort del Gat, las obras avanzan para que muy pronto tengamos un centro de interpretación del Palmeral, un lugar donde aprender, donde sentir y donde entenderlo como merece: desde dentro.

No son solo edificios. Son raíces que vuelven a encontrar su sitio. Son piezas de un puzzle que estaba incompleto y que ahora empezamos a reconstruir con cariño, con respeto y con esa mezcla tan nuestra de tradición y futuro.

Y es aquí donde tengo que decir algo con claridad, porque la verdad también exige coraje.

En torno al Palmeral siempre aparecen urracas. Se las reconoce por el alboroto. Gritan, exageran, anuncian desgracias que solo existen en su cabeza. Viven del ruido, del dramatismo constante, del «todo se hunde» que les da minutos de atención. Son expertos en ver sombras incluso cuando amanece.

Y junto a ellas merodean también algunos buitres, que sobrevuelan desde una altura cómoda.

Antiguos profesores, teóricos del patrimonio que conocen el Palmeral más por sus apuntes que por sus manos. Durante años tuvieron la oportunidad de mejorarlo, de actuar, de tomar decisiones. Pero, cuando podían hacerlo, callaron.

Y ahora, desde una distancia segura, levantan el dedo y dicen que todo se hace mal, que todo es un riesgo, que todo es una amenaza.

No les creo. No les creo porque hablan con un sentimiento teórico, desde el sectarismo, desde la motivación política, desde la critica carente de acción.

No les creo porque no saben ser ilicitanos, ni viven como ilicitanos, ni miran el Palmeral como lo miramos nosotros: como parte de nuestra familia, de nuestro paisaje vital, de nuestra identidad.

Se protegen en un globalismo frío, en leyes escritas lejos, en despachos donde nadie sabe lo que es un bancal ni el olor de una acequia recién abierta.

Defienden normas refinadas que nacieron sin conocer esta tierra, sin escuchar su voz, sin entender que aquí la tradición no es un adorno, sino un modo de vida.

Y frente a ese discurso vacío, cargado de miedo y paternalismo, yo tengo una certeza firme: el Palmeral no se destruye por actuar; se destruye por abandonarlo. No se pierde por trabajar; se pierde por convertirlo en un museo muerto. No peligra por devolverle vida; peligra cuando se deja de tocar, de regar y de sentir.

Por eso, frente a urracas que viven del ruido y buitres que viven del miedo, elegimos otro camino: trabajar en silencio, actuar con verdad y defender el Palmeral desde la vida, desde el ilicitanismo, no desde el lamento.

Este año celebramos algo muy especial: veinticinco años desde que la Unesco reconoció al Palmeral de Elche como Patrimonio de la Humanidad.

Un reconocimiento inmenso que solo fue posible gracias al trabajo serio, apasionado y valiente que realizaron técnicos, asociaciones, estudiosos, instituciones y ciudadanos que creyeron en lo que éramos y en lo que podíamos llegar a ser.

Y conviene recordarlo con serenidad y con orgullo: la Unesco no nos regaló el Palmeral; lo reconoció. Reconoció una historia milenaria que ya estaba aquí. Reconoció el esfuerzo de generaciones enteras. Reconoció un paisaje que nació de la relación entre el ser humano y la tierra, y que los ilicitanos supimos conservar, a nuestra manera y traerlo hasta el siglo XXI

Por eso, este aniversario no es una medalla vacía, no es un logo, no es una fiesta. Es un recordatorio profundo: lo que hicimos bien hace 25 años merece continuidad. Lo que supimos defender entonces, debemos desarrollarlo hoy. Por eso estamos construyendo un nuevo rumbo, un rumbo que nació en el siglo VIII, que ha sobrevivido a todo y que ahora recupera las tradiciones más antiguas y abrazando otras nuevas que lo proyectan hacia el mañana.

Veinticinco años después, hemos vuelto a aprender una verdad sencilla: el Palmeral no necesita miedo, necesita manos.

No necesita discursos grandilocuentes, sino decisiones valientes.

No necesita tutela, sino libertad responsable.

No necesita ser congelado, sino vivido.

Ese es nuestro camino.

Ese es nuestro compromiso.

Y mientras sigamos trabajando con la serenidad de quien cuida lo que ama, el Palmeral tendrá futuro.

Y Elche, orgullo.

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