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Opinión | Desde la grada

El fútbol, esa pasión sin corazón

Once del Elche en el partido ante el Getafe

Once del Elche en el partido ante el Getafe / INFORMACIÓN

Escribir de fútbol es escribir de una pasión. Y toda pasión, por definición, es exagerada. No conoce la mesura ni la geometría. Vive en la frontera del exceso. El fútbol no es solo un juego: es un lenguaje primitivo donde caben la ilusión, el cataclismo, la esperanza y el derrumbe. Un teatro donde cada semana se representan los mismos pecados y las mismas redenciones, con distintos actores y un guion que nadie controla del todo. Por eso escribir de fútbol no es hablar de resultados: es hablar de una aventura humana llevada al límite.

Cada partido es un pequeño universo que nace y muere en noventa minutos. Antes, todo es promesa. Después, todo es memoria. En ese tránsito caben los sueños, las pesadillas, las discusiones familiares, los brindis prematuros y los silencios ásperos de regreso a casa. Porque el fútbol es eso: una guerra de nervios donde creemos tener razón hasta que la pelota decide lo contrario. Y lo hace sin pedir permiso.

1-0. Caviar de Nyom, gol de Arambarri y victoria del Getafe

Febas y Mayoral pugnan por un balón / Agencias

El fútbol es un juego incierto. No entiende de justicia ni de méritos duraderos. Nunca los entendió. Es un fenómeno social tan imperfecto como quienes lo viven. Esta semana sentimos frustración; la siguiente, sin saber por qué, volvemos a renovar la fe. Nos juramos que no volveremos a caer… y caemos de nuevo. Como en la vida. Porque el fútbol no es una metáfora de la vida: es un espejo sucio donde nos miramos cada siete días.

En esa aventura colectiva triunfan y fracasan todos en distinta medida. El que gana hoy, caerá mañana. El que hoy parece derrotado, regresará alguna vez. Y entre medias, nosotros: la gente que sufre, que opina, que discute, que se reconcilia. La grada es un parlamento sin ley, un tribunal sin códigos, un confesionario sin perdón. Nos gusta tener razón, pero basta un segundo —un mal despeje, un rebote traicionero, un error mínimo— para que el mundo se venga abajo. Esa es la grandeza y la miseria del fútbol: todo puede cambiar en un parpadeo.

Dicen que el fútbol es emoción. Y lo es. Pero también es una maquinaria fría que no sabe de lágrimas ni de justicia poética. No tiene corazón. Da igual quién merezca más. Da igual quién haya jugado mejor durante una hora. La pelota entra o no entra. Y cuando entra, todo se reescribe. Cuando no entra, todo se borra. Así de cruel. Así de simple.

Quien aspire a encontrar en el fútbol un modelo de mundo justo, que se ahorre el viaje. No existe tal cosa. Ni en los estadios ni fuera de ellos. El fútbol nos hace felices y, con la misma facilidad, nos hace desgraciados. Nos eleva un viernes por la noche y nos deja sin palabras el domingo al mediodía. Y aun así volvemos. Siempre volvemos.

Getafe CF - Elche CF

Getafe CF - Elche CF / Dennis Agyeman / AFP7 / Europa Press

El otro día, en Getafe, se vio un partido más táctico que técnico. De esos que no dejan grandes postales para la hemeroteca, pero sí muchas heridas pequeñas que solo nota quien ama este oficio. Un fútbol exigente, duro, de espacios mínimos y errores castigados con saña. El nuevo fútbol, el que no perdona. La derrota del Elche CF fue un episodio más dentro de este sainete interminable que es la temporada. Un tropiezo que pesa, molesta y duele… como todos.

Pero conviene recordar de dónde venimos. Conviene no traicionar la memoria por culpa de un marcador. Se están haciendo muchas más cosas bien que mal, aunque a veces el resultado se empeñe en borrar los matices. El fútbol solo reconoce una ley: ganar o perder. Todo lo demás es literatura. Y, sin embargo, sin esa literatura el fútbol sería un cadáver sin alma.

Hay tantas maneras de ver un partido como personas lo miran. Todas subjetivas. Todas parciales. ¿Quién puede pedirle objetividad a una pasión? El que exige precisión quirúrgica en un estadio no ha entendido nada. Aquí se viene a sentir, no a demostrar. Aquí se viene a temblar, a discutir, a abrazarse o a maldecir en voz baja.

Estamos bien. Seguimos creciendo. Nos falte o no nos falte razón en cada análisis, el camino no se mide solo por una derrota. Todo es mejorable, por supuesto. Siempre lo es. Pero también es injusto someterlo todo a la dictadura del resultado inmediato. Porque al final, lo que hace bueno o malo un partido no es todo lo que se hace antes, sino ese instante microscópico en que la pelota cruza —o no cruza— la línea. Justo ahí, en ese segundo, todo cambia. Lo sublime y lo miserable caben en el mismo centímetro de césped.

El fútbol no concede treguas. Cuando aún no hemos terminado de digerir una decepción, ya nos ofrece otra ocasión para volver a creer. Es su manera de atraparnos. Nos promete revancha sin garantizarla. Nos regala otra noche, otro viernes, otra oportunidad de ser quienes creemos que somos cuando gana nuestro equipo.

Febas grita a sus compañeros durante el Getafe-Elche

Febas grita a sus compañeros durante el Getafe-Elche / LOF

Por eso seguimos. Por eso volvemos. Porque necesitamos esa ilusión aunque sepamos que es frágil. Porque el fútbol, aun sin corazón, nos obliga a sacar el nuestro cada semana. Y en ese latido imperfecto —hecho de euforia y derrumbe— seguimos encontrando una parte de nosotros mismos.

Lo bueno es que esto no termina. Nunca termina. Nos espera otra gran oportunidad de ser quienes queremos ser. Otra vez. Como siempre. Como cada jornada.

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