Opinión | Vuelva usted mañana
En favor de la concordia. Ya está bien

La concordia es posible. / INFORMACIÓN
Hay momentos históricos que, salvando las distancias, deben recordarse, pero para construir el futuro, no para perpetuar lo peor de una sociedad y un país. Nada justifica una memoria selectiva utilizada como arma arrojadiza contra una mitad de un país y otra mitad que se impone como valor y referencia indiscutible.
La historia es una ciencia cuya importancia ha venido cayendo en los planes de estudio, olvidando los pedagogos que rigen el modelo con menos aciertos que éxitos, que la historia es ineludible para el aprendizaje, para evitar los errores cometidos. Cuando la memoria deja de ser propia de los historiadores que cuenten y narren los hechos con la plenitud de éstos -aunque ello no comporta que no haya opiniones o adhesiones personales-, y la misma es utilizada con fines que se asemejan o se basan en los mismos que fueron el germen del odio, se puede producir el riesgo de repetirla en toda su extensión o en su expresión.
No es la página de un periódico el lugar para desarrollar largas tesis sobre hechos complejos, pero sí, con brevedad, para reproducir algunos que puedan ser útiles para comprobar cómo el presente, sin el conocimiento o dejando de lado al mismo, puede ser un arma peligrosa para la convivencia y la concordia. Y cómo el conocimiento puede ser útil para el reencuentro o, en sentido contrario, para perpetuar confrontaciones útiles para minar la democracia en su sentido profundo, en el voto activo y consciente, no en el pasivo, de rechazo irracional con todas las consecuencias que esa obsecuencia y odio encarnan.
Votar contra el otro, en negativo, no es un acto de voluntad merecido por el votado al que, incluso, se le concede plena impunidad para actuar su exclusivo deseo. Un cheque en blanco. Un voto que se podría calificar de ilegítimo por irracional y no meditado. No se vota lo hecho ni se critica lo que no se tolera en el fondo; se vota por miedo al otro, calificado de enemigo per se y que representa a la mitad de ese país en el que y con quien convivimos en la vida ordinaria sin mayores problemas. Una mitad que, aunque nos empeñemos en lo contrario, es hija o nieta de los que militaron en ambos bandos y la mayoría llamados a filas por obligación al margen de sus ideales.
No aprendemos de los que nos precedieron, los que encendieron el fuego y luego, vistas las consecuencias, tomaron el camino de la paz y la concordia, años más tarde. La Transición fue, con sus muchos errores, un pacto de concordia que no podemos transgredir imbuidos de los mismos defectos ancestrales de una España que no aprende.

En favor de la concordia. Ya está bien / Ilustración de Elisa Martínez
En la siempre mal recordada II República, fueron muchas las apelaciones no sólo a las diferencias irreconciliables, sino a la guerra como forma de solución de esa división irracional. No vale la pena recordarlas por la dureza de los términos. Mejor es reproducir las que, sobre la base de las consecuencias padecidas, invocaron el encuentro, el diálogo, la tolerancia y la racionalidad de la crítica de lo mal hecho, base del voto ciudadano libre, no el sentimiento de rechazo a rojos o azules que forman parte de “su” tiempo y que hoy distan mucho de parecerse a aquellos.
Manuel Azaña. 18 de julio de 1938
“Pero es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra, cuando se acabe como nosotros queremos que se acabe, sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que les hierva la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelva a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres que han caído magníficamente por una ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, piedad, perdón”.
Claudio Sánchez Albornoz. Presidente de la República española en el exilio. A su llegada a España en el año 1976.
“Dije que vendría llorando y llorando estoy. No tengo más que una palabra: paz. Nos hemos matado ya demasiado. Entendámonos en un régimen de libertad poniendo todo de nuestra parte lo que sea necesario de un lado y otro de la barricada. Son muchos cuarenta años. No hay históricamente nada que resista el tiempo. Todo es caduco y perecedero. […] Hay que hacer una España nueva entre todos los españoles. Yo no soy más que un viejo predicador de paz y de reconciliación entre los españoles. […] Tendamos de una vez por todas la mano al adversario de ayer para discutir, dialogar en unas cortes nuevas la suerte de España”
PCE. 1956
“Un estado de espíritu favorable a la reconciliación nacional de los españoles, va ganando a las fuerzas político-sociales que lucharon en campos adversos durante la guerra civil. [...]
En la presente situación, y al acercarse el XX aniversario del comienzo de la guerra civil, el Partido Comunista de España declara solemnemente estar dispuesto a contribuir sin reservas a la reconciliación nacional de los españoles, a terminar con la división abierta por la guerra civil y mantenida por el general Franco. [...]
Existe en todas las capas sociales de nuestro país el deseo de terminar con la artificiosa división de los españoles en ‘rojos’ y ‘nacionales’, para sentirse ciudadanos de España, respetados en sus derechos, garantizados en su vida y libertad, aportando al acervo nacional su esfuerzo y sus conocimientos. [...]
El Partido Comunista de España, al aproximarse el aniversario del 18 de julio, llama a todos los españoles, desde los monárquicos, democristianos y liberales, hasta los republicanos, nacionalistas vascos, catalanes y gallegos, cenetistas y socialistas a proclamar, como un objetivo común a todos, la reconciliación nacional. [...]
Por la reconciliación nacional, por una solución democrática y pacífica del problema español, declaración del Partido Comunista de España, junio de 1956».
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