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Juan Fernández

Juan Fernández

Redactor de Cultura y Sociedad

Robe Iniesta o cómo vivir en la incomprensión para morir querido por todos

El creador de Extremoduro, fallecido a los 63 años, deja un legado irrepetible como icono del rock español tras una carrera que desafió los cánones de una industria que buscaba la perfección

Robe Iniesta, el último gran filósofo, a su paso por Alicante en 2024

Robe Iniesta, el último gran filósofo, a su paso por Alicante en 2024 / ALEX DOMINGUEZ

Se ha ido una persona admirada y respetada por todos. Como reza el comunicado que se ha difundido por sus redes sociales, era "el último gran filósofo, humanista y literato contemporáneo de lengua hispana". Una persona que supo explorar los límites de la música, huyendo de los cánones marcados por una industria que buscaba la perfección. Y lo hizo con la cabeza bien alta, dejando únicamente una brisa pasajera, un sentimiento de militancia hacia sus creaciones y un silencio generado por acordes crudos de guitarra.

Porque su carrera siempre se erigió en constantes contradicciones. El creador del rock transgresivo vivió gran parte de su trayectoria siendo un auténtico incomprendido. No sé si fue por su actitud radicalmente antisistema o por la falta de profundidad de una sociedad que no sabía apreciar las letras de un poeta que primero desconcertaba y luego hacía reflexionar. Quizás el mundo no estaba preparado para Extremoduro, o sencillamente no quería entender el lirismo marginal que su música representaba.

Área 12 acogió el último concierto de Robe en Alicante, el 29 de junio de 2024

Área 12 acogió el último concierto de Robe en Alicante, el 29 de junio de 2024 / ALEX DOMINGUEZ

¿Quiénes conseguían apreciar entonces su obra? Aquellos que se sentían identificados con personajes como Pepe Botika o Jesucristo García, caricaturas que rompían con la norma y reflejaban almas que, como Robe Iniesta, vagaban por el mundo sin referentes a seguir. Fue una especie de guía y, aunque no siempre fue el más ético o responsable, acabó pregonando una forma de entender el arte que cada vez atraía más adeptos.

Ese Robe antipropaganda, que huía de cualquier concepto promocional, comenzó a convertirse en icono. Yo, Minoría Absoluta (2002) marcó un antes y un después en su carrera, pero su gran obra conceptual llegó con La ley innata (2008). Fue el disco que le llevó a buscar un destino, un sentido propio en un camino difuso y lleno de incertidumbre. Un acto que le condujo a vivir la vida como si nada de esto tuviera que ver con él, viviendo en diferido, desconectado y viéndose a sí mismo desde fuera. La vida seguía, pero él no se sentía persona. La existencia parecía carecer de sentido.

Asistentes al concierto de Robe Iniesta en Multiespacio Rabasa el año pasado

Asistentes al concierto de Robe Iniesta en Multiespacio Rabasa el año pasado / ALEX DOMINGUEZ

Su desconexión vital se abrazó con el reconocimiento, en ese indescriptible desamparo encontró el apoyo de quienes antes lo habían ignorado. Yo lo descubrí ya cuando era un artista “para todos los públicos”, pero cuentan que él soñaba con volver a ese lugar donde solo estaban su mente y su alma, cobijados entre miradas indiferentes. Tuve la oportunidad de conocerlo en persona el año pasado, y su carácter seguía siendo coherente con su personaje. Nadie diría que ese ser discreto y casi descuidado era una de las personas más queridas de la música española.

Si todavía siguiera vivo, habría que preguntarle cómo querría que lo despidieran. Posiblemente este texto vaya en contra de los deseos de alguien que no nació para ser un fenómeno de masas. Pero que toda una sociedad esté conmocionada por su muerte es algo muy difícil de ignorar. Robe vivió luchando por una forma de entender el arte, su arte, y ha muerto comprendido por todos. Consiguió su objetivo, aquel que no pretendía alcanzar.

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