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Opinión | Oído, visto, leído

De uno en uno

El cantante Robe Iniesta, durante un concierto en el Auditorio Miguel Ríos.

El cantante Robe Iniesta, durante un concierto en el Auditorio Miguel Ríos. / Ricardo Rubio / Europa Press

Iniesta, Robe. En una semana aciaga, tras el «ilegal» Jorge Martínez cayó Robe sin que nadie lo esperara, porque todo el mundo pensaba que se estaba recuperando de la tromboembolia que tuvo hace ahora un año. Antisistema, agrio y malencarado, Robe no cantaba: directamente te gritaba a la cara, te lanzaba sus estribillos a veces guerreros a veces tiernos como si fueran armas de destrucción masiva llenas de napalm. Imposible que no te afectaran. Yo jamás seguí a Extremoduro, ni oí sus primeros discos en solitario cuando el grupo estalló. Pero alguien me dijo que oyera lo último que hizo, Se nos lleva el aire. Desde entonces -con una impostura tremenda y como si fuera un experto- lo recomiendo a quien se me pone por delante. Su muerte ha merecido hasta un editorial del establishment político y social hispano, vía El País: si se hubiera enterado el principal afectado, les habría quemado el edificio…

Alonso, Xabi. Salva la cabeza por ahora, tras la visita de las huestes de Guardiola más blandita de los últimos años. Da igual que el equipo blanco tenga quince champions, tropecientas ligas y treinta y cuatro mil setecientos veintisiete (los he contado) favores arbitrales en toda su historia. El Bernabéu no da tregua y el «entorno blanco» (el grupo de presión con más poder mundial, tras Davos, las grandes petroleras y el tridente Trump-Putin-Xi Jimping) arde por los cuatro costados porque hacen caja por todos los platós, tertulias y reservados de restaurantes a cien euros el cubierto donde arreglan todo previo puñetazo en la mesa. Que no se fíen porque Xabi ya aguantó ante Hacienda y ganó, y también fue el mejor en la suerte de poner balones al pie lanzándolos desde cuarenta metros atrás. Ahí querría yo ver a Roncero y a Florentino, y no en el reservado vip.

Cámara, Javier. En su último trabajo, Yakarta, este riojano, calvo y siempre de buen año da vida a un entrenador de bádminton. Uno piensa en algo más distante y lejano (Cámara y el bádminton) y no lo encuentra. Pero da igual, porque a este tipo mañana le llama Tom Cruise para que sea su pareja en Misión imposible catorce y lo clava. Cámara es capaz de pasar del drama a la comedia en una frase, incluso en un plano. Y que al final acaba la serie, y dices, joder, pero qué bien hace de entrenador de bádminton, el tío.

Sémper, Borja. No hace mucho el propio afectado volcó una foto suya en sus redes, aún en fase de recuperación de su cáncer pero optimista y sonriente. En tiempos de gloria para «tellados» y «puentes», perfiles «moderaditos» como el de Sémper o Madina se agrandan. Incluso el de Gabriel Rufián, que está en un plan de estadista tal que en su propio grupo empiezan a hacerle el vacío. No hay nexos, ni lazos, ni intentos entre una orilla y otra. Decía Harari, el autor de Sapiens, que una de las razones fundamentales de la supervivencia de la especie humana era la capacidad de comunicarse entre miembros distintos y ponerse de acuerdo en conceptos abstractos como la religión, el dinero, la paz o la ley. Que Harari es un genio no lo dudo, pero que jamás ha estado en una sesión de control al gobierno en nuestro Congreso de los Diputados, tampoco.

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