Opinión | La pluma y el diván
Chulos

Chulos.
Se podría pensar inocentemente que el índice de chulería es inversamente proporcional a la edad del sujeto, por aquello de que cuando se es joven se tiende al envite por el envite y conforme uno va cumpliendo nuevas primaveras se va apagando ese impulso vital a la incitación, a la par de muchas otras cosas.
Aunque bien pensado, el chulo por excelencia es aquel que nace chulo, crece chulo y se muere chulo, al margen de los avatares y circunstancias que marquen su chulesca existencia.
Los tipos de chulos más representativos de la fauna española son los macarras, seguidos de los chulos de discotecas y de los de playa y piscina. Posiblemente lo más detestable no sea el chulo profesional, sino aquel que sin serlo quiere parecerlo o simularlo.
Habría que saber distinguir entre los que se ganan la vida provocando y los que se dedican a provocar por simple deporte social, como fórmula de auto-refuerzo para ensanchar su ego y por puro divertimento.
Los camorristas por convicción, “macarrillas”, musculitos, soplapollas y demás horteras de la bravuconada, son el buque insignia de la provocación. Allí donde van montan el pollo sin venir a cuento, con la esperanza de que el primer incauto que se les ponga delante sufra, in extremis, sus pendencias sin causa.
Otro de los grupos peligrosos, sobre todo por su anonimato, son los provocadores en la sombra, los camuflados. Aprenden y cultivan la habilidad de lanzar sobre propios y extraños a sus secuaces, normalmente unos pobres de espíritu que pecan de imbéciles y que se lanzan sobre la presa al dictado de su amo.
En la misma línea se encuentran los provocadores de guante blanco, que desarrollan estrategias muy sofisticadas para la incitación basadas en la dialéctica y la palabrería. Estos se pueden encontrar en los círculos políticos de todo el país, engordando como cerdos a la sombra de sus maniobras torticeras que consiguen enfrentar sin mucho problema a las secciones que en cada momento les interesa.
Finalmente, el grupo de los chulos virtuales, los que disfrutan del más completo y complejo de los anonimatos refugiados detrás de sus instrumentos de manipulación, los ordenadores, los teléfonos móviles, las tabletas y otros artilugios de la modernidad al uso.
Van creciendo al ritmo de los nuevos formatos. Comenzaron con los tristes foros y los chats, creciendo en impacto y contundencia con Facebook, YouTube, Instagram, WhatsApp y TikTok.
Sin ninguna duda, la provocación es la antesala de la agresión, el universo donde los mediocres se mueven a sus anchas y los intelectuales se sienten en la mayor de las desventajas por carecer de instrumentos racionales para contrarrestar tamaña estupidez.
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