Opinión | El indignado burgués
¿Nos podríamos poner de acuerdo en algo?

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. / Eduardo Parra - Europa Press
Entre una derecha y una izquierda, civilizadas las dos, la diferencia es bastante angosta. En realidad pueden cambiar detalles en lo social y mínimos retoques en lo económico. Nada del otro mundo ni una separación que pueda ser insalvable, siempre y cuando estemos hablando de las clásicas derechas e izquierdas, o sea, de un grado de separación de cada una con el centro.
Pero, claro, ¿existe ahora el centro? Me gustaría creer que, fuera de los ladridos de algunos, amplificados por otros, y contestados por los de más allá existe el país de la Transición, moderado y conciliador. Quizá esté confundiendo mis deseos con la realidad, me pasa a menudo, pero ¿y si no?
Me resisto a creer que los españoles reaccionamos como mi perro Athos cuando oye una ambulancia: aullando como el lobo primigenio que fue su antepasado. Creo más bien que la gente normal y corriente está enfadada -yo también, mucho, lo reconozco- pero que no van a pegar un portazo a la democracia y, sobre todo, que no van a dispararse en el propio pie.
Es verdad que la derecha y la izquierda moderada se están desplazando brutalmente hacia los extremos, como si tuviéramos que hacernos radicales por narices. Feijóo, que parecía un gallego tranquilo y razonable se asemeja últimamente a un dóberman entrenado por un guardián de campo de concentración y de Sánchez nadie ha esperado mucho, pero menos que se transformara en un trasunto de Stalin, purgas en Gulag incluidas (o, al menos, deseadas). Los extremos se tocan y los populismos son iguales en todas partes, con lo que quizá, los que somos centrados de espíritu, estemos ante la última oportunidad de que no se dinamiten los puentes.

El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo / Eduardo Parra - Europa Press
No sé si es imposible, pero visto lo visto, antes de que las extremas izquierdas y derechas dominen el cotarro, a lo mejor alguien debería explorar la posibilidad de que los moderados se unieran. Probablemente hubiera que mandar al exilio (o a Canfranc a varear fideos, que decía mi abuela Pepa, nunca sabré por qué) a los líderes actuales, pero tampoco es que su popularidad sea para lanzar cohetes. Desde luego por ideología no sería, que las versiones light son como dos gotas de agua si no fuera por los corrimientos de tierra populistas.
Al principio de la democracia se planteó la posibilidad de un gobierno de concentración, presidido por una figura de relumbrón. Luego se demostró imposible, ya que el general Armada quería ser el elefante blanco con el beneplácito del emérito, que, tiene toda la pinta, estaba harto de reinar y no gobernar y buscaba invertir los verbos.
En cualquier caso, un gobierno de concentración o de emergencia, o un acuerdo entre partidos moderados, sería un magnífico servicio a la democracia. Quizá el último que se pueda rendir, antes que los lobos desgarren a bocados lo que fuera convivencia. Nos hacen falta como el comer líderes que cojan el toro por los cuernos y barran los extremismos. La alternativa está clara: serán los malos quienes asuman democráticamente el poder para acabar con la democracia, un giro de guión no tan extraño, porque fue lo que pasó en la Alemania nazi, lo que hizo Putin en Rusia o lo que amenaza con hacer Trump. Y, no sé si lo han pensado alguna vez, pero Franco hubiera ganado, no por mayoría absoluta sino por unanimidad, unas elecciones en los años setenta. La democracia tiene esas cosas.

El presidente de EEUU, Donald Trump. / Lukas Coch/AAP/dpa
Antes de que se produzca el apocalipsis zombi y nos sumerjamos de nuevo en el gris plomo de las dictaduras, sería conveniente que pensáramos en lo que nos une y no en lo que nos separa. Es cuestión de matices si estamos de acuerdo en lo fundamental.
Cosa diferente es que nuestra única obsesión sea echar a los okupas: cinco años con juicios o cinco minutos con paramilitares. La justicia es desesperadamente lenta, pero al menos no será el juez quien se quede la casa al final del proceso. Los gorilas se quedarán a vivir, se limpiarán las botas con las cortinas, venderán hasta las tuberías y, finalmente, arrasarán con los cimientos y sembrarán la tierra de sal.
Ya sé que ahora mismo pedir moderación equivale a que te confundan con una nenaza, y disculpen el adjetivo. Que el consenso tiene menos valor que las ligas de Negreira y extender la mano supone riesgo de amputación. Lo sé, pero no sé qué otra cosa se puede hacer para dejar a nuestros hijos un futuro razonable.
Para estos casos siempre se me viene a la cabeza la «tregua de Navidad», que decretaron por el artículo treinta y tres los soldados de ambos bandos en la Primera Guerra Mundial, a riesgo de que los generales les fusilaran. ¿Podemos mandar a los generales a escardar cebollinos un ratito para hablar de nuestras cosas e intercambiarnos unas tabletas de chocolate? Yo estoy dispuesto a saltar la trinchera.
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