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Opinión | Tribuna

¿Feliz Navidad o Felices Fiestas?

El Belén gigante de Alicante.

Alex Domínguez

El mercantilismo que lo impregna todo ha transformado las navidades en un gigantesco escaparate anticipado, donde octubre ya huele a diciembre, aunque sigamos en manga corta por el cambio climático. Las ciudades compiten en una carrera absurda, por ver quién enciende antes las luces, quién instala más bombillas, quién levanta el árbol más alto o el belén más descomunal. Una competición tan agresiva como irracional que poco tiene que ver con lo que, en algún momento, llamamos espíritu navideño, y que hoy se ha convertido en la navidad del disparate. Un espectáculo que consume energía, distrae conciencias y legitima la idea de que la felicidad se mide en vatios y metros cúbicos de decoración.

Los comercios, por su parte, celebran su particular “agosto”. Un consumismo desbocado disfrazado de ilusión por compartir. Pero solo pueden compartir quienes pueden comprar. Porque el compromiso por compartir se ha equiparado a pasar la tarjeta, envolver el regalo y sonreír para la foto. No se concibe —ni se practica— otra forma de hacerlo. Regalamos objetos para suplir la falta de tiempo, afecto o presencia. Y llamamos tradición a lo que, en realidad, es hábito inducido. Mientras tanto, las tradiciones que sí formaban parte de la cultura propia son desplazadas por otras importadas, instaladas no por su significado, sino por su utilidad comercial, su capacidad para multiplicar ventas y colonizar deseos.

Así aparece Papá Noel, con su obesidad asumida —y cada vez más imitada—, para disputarle a los Reyes Magos la ilusión de niñas y niños. Poco importa que no sepamos bien de dónde viene ni qué simboliza. Lo importante es que vende. También la Lotería Nacional, con el Gordo —otra apología de la obesidad— mantiene en vilo a millones de personas que depositan su esperanza en una probabilidad ínfima. Cuando no toca, se sustituye por el clásico brindis por la salud. Salud que depositamos en una Sanidad Pública maltratada, precarizada y convertida, también, en objeto de especulación y negocio.

Mientras todo esto sucede, con más o menos entusiasmo, en ese gran escaparate de luces, villancicos en inglés, árboles talados, comercios abarrotados y regalos sin sentido, la conciencia colectiva se abotarga. Gaza desaparece de las conversaciones y se disuelve entre espumillón y bolas de colores. La dana y sus 230 víctimas mortales se diluyen en una memoria incapaz de sostener el dolor más allá del titular. Sus responsables políticos, sin embargo, sí sostienen sus pagas extras, sus discursos vacíos y su alegría impostada, como si la tragedia no fuera con ellos.

Las mujeres andaluzas esperan citaciones que no llegan, atrapadas en la incertidumbre de un posible cáncer de mama, mientras quienes han convertido el sistema público de salud en un tablero de Monopoly entonan villancicos y golpean palmas en el Parlamento. Las personas desahuciadas, expulsadas por fondos buitre a los que se permite actuar como depredadores especulativos, no encuentran alternativa habitacional, mientras los políticos miran hacia otro lado. Las personas migrantes, utilizadas como mano de obra precaria, cargan con acusaciones tendenciosas que alimentan el odio y legitiman discursos criminalizadores por parte de quienes debieran protegerlos. Las mujeres maltratadas siguen siendo cuestionadas mientras sus agresores encuentran refugio en siglas, cargos o silencios cómplices.

Todo esto —y mucho más— queda fuera del escenario navideño porque rompe la estética, incómoda, desajusta el montaje visual de una felicidad prefabricada. Hemos creado una navidad de clases. Una navidad para privilegiados, donde la vulnerabilidad, la injusticia, la falta de libertad, el acoso, la violencia, la xenofobia, el machismo, la precariedad o los derechos vulnerados se convierten en el carbón que nadie quiere ver ni recordar. En la imagen que tapamos. En la necesidad que obviamos. En la verdad que escondemos para no sentirnos responsables.

Y llegará enero. Se recogerán los nacimientos, se guardarán los adornos, se apagarán las luces y se tirarán los árboles secos. Todo volverá a las cajas esperando el próximo octubre. Empezará la fase de rebajas, otro ritual comercial que perpetúa el consumo compulsivo y nos anestesia aún más. Pasaremos de la euforia luminosa al frenesí del descuento, sin transición y sin conciencia. Porque el objetivo, al final, es mantenernos ocupados, distraídos, lejos de un escaparate real que no queremos mirar. Un escaparate donde está la miseria cotidiana, la falta de dignidad sistemática y el dolor y sufrimiento de quienes nunca forman parte de la navidad.

Mientras todo esto ocurre, quienes deberían trabajar para solucionarlo siguen instalados en la bronca, la descalificación y el desgaste. Improductivos, ruidosos y prescindibles. Tratando de hacernos creer que se preocupan por lo que pasa, cuando todo demuestra que su único interés es conservar y exhibir poder, iluminaciones desproporcionadas, árboles infinitos, belenes mastodónticos y discursos demagógicos.

Y entonces surge la pregunta incómoda, quizá la única honesta:

¿Realmente podemos seguir proclamando “Feliz Navidad”?

¿O deberíamos dejarlo en un “Felices Fiestas”… para quienes puedan permitírselo?

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