Opinión | A propósito de todo
Tres no son multitud, son un problema

Tres no son multitud, son un problema
Nunca es una decisión heroica. Nadie se lía con alguien con pareja pensando. Normalmente se hace, por lo general, porque no se piensa. No hay épica ahí. Hay, como mucho, una copa de más, una conversación que se alarga y una frase que empieza diciendo que el amor que conocía se ha acabado. Luego siempre se espera lo mismo. Que pase el tiempo y ser el elegido, pero sigue pasando el tiempo y todo sigue igual. No hay más tiempo que el de la agenda encapsulada que te regaló y esa competición inexistente de la que una parte del triángulo todavía no es consciente. Y sigue pasando el tiempo. Sigues quedando porque esa persona te gusta. Van a cortar, lo tiene claro, te dice. Pero no llega.
Liarse con alguien que ya tiene a alguien suele llegar envuelto en una narrativa tranquilizadora. Y uno escucha todo eso como quien escucha un parte meteorológico: con atención selectiva y la esperanza de que no llueva sobre ti. Porque mientras la tormenta sea de otro, no parece tan grave.
El problema es que no eres ajeno a la historia, aunque te lo repitas. Eres un personaje secundario que entra a mitad de temporada creyendo que no tendrá consecuencias. Y las tiene. Siempre las tiene. Aunque no haya drama. La incomodidad se queda. Se te instala en el cuerpo como un jersey que pica. La gente dice que te lo tienes que poner con camiseta interior, pero ¿quién quiere una prenda que no funciona por sí sola?
La última vez que vi a mi amiga B. me lo dijo y se quedó tan pancha. «Estoy quedando con alguien que tiene pareja». No lo dijo con dramatismo, ni con culpa porque no tenía sentido tener ni uno ni otro. Lo dijo como quien admite que ha vuelto a fumar después de dejarlo. Con ese tono ambiguo entre placer y cansancio.
B. tenía su vida ordenada, su piso mono, su trabajo estable y esa tranquilidad que solo se rompe cuando aparece alguien que no puede quedarse. Supuse que le gustaba de verdad porque le dio la pistola del poder a alguien que podía quitarle toda su tranquilidad. Me contó que nunca le prometía nada, que siempre hablaba en plural, como si su relación fuera una empresa en reestructuración permanente. Y, aun así, cada vez que aquella persona la llamaba, ella estaba. ¿Aquello era amor? La verdad es que, en el amor el secreto funciona muy bien los dos primeros meses. Si a partir de ahí sigue el silencio quizá no es el recelo de lo deseado, sino el secretismo de lo prohibido.
Hay algo perversamente adictivo en ser el escape. En ser lo que no es rutina. El lugar donde el otro se siente visto, deseado, ligero. Durante un rato, eres una fantasía muy bien escrita. El problema es que las fantasías no desayunan contigo ni se quedan cuando hay que tomar decisiones incómodas. Y tú, mientras tanto, te preguntas en qué momento aceptaste ser un paréntesis.
También está la culpa. Esa culpa moderna, silenciosa, que no te impide repetir pero sí te acompaña después. No es una culpa moralista; es más bien una sensación rara, como haberte probado una prenda preciosa sabiendo que no es tu talla. Te queda bien, pero no es tuya. Y lo sabes desde el principio.
Empezar con alguien con pareja no te convierte automáticamente en villano, pero tampoco en inocente. Es una zona gris donde todos vamos un poco descalzos. Donde el deseo va más rápido que la ética y la cabeza llega tarde, como siempre. Quizá el verdadero problema no sea el lío, sino lo que aceptamos de nosotros mismos cuando decidimos quedarnos ahí.
B. expuso todos sus problemas sobre la mesa, terminó su copa, pidió otra y concluyó: «Lo peor no es que tenga pareja. Lo peor es que yo me estoy conformando». Y ahí entendí que estas historias no van de moral, ni de cuernos, ni de terceros o cuartos. Van de autoestima. De cuánto estamos dispuestos a aceptar cuando alguien nos gusta lo suficiente como para olvidarnos —aunque sea por un rato— de nosotros mismos.
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