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Sobre tesoros y estrellas

Sobre tesoros y estrellas

Sobre tesoros y estrellas / INFORMACIÓN

De entre todos los elementos que dotan de su enorme poder de fascinación al relato «La isla del tesoro» de R. L. Stevenson, el propio título no es uno de los menores. Es típico de los tesoros estar escondidos y estarlo en lugares que a su vez también hay que encontrar: islas en medio de la inmensidad de los océanos inexplorados, y que la literatura oriental transforma en cuevas en desiertos sin límites. Adentrarse en unos u otros es siempre una aventura de suerte incierta.

Tanto los océanos como los desiertos se pueden bordear navegando a cabotaje y dejándose guiar por portuarios. Pero si hay que adentrarse en ellos, entonces solo las estrellas nos pueden guiar. Hay que mirar al cielo. Para no extraviarse es necesario buscar y reconocer lo permanente y lo que cambia entre los astros para recorrer los océanos de agua o arena. Evitar el desastre —del latín «dis astrum»— es, etimológicamente, evitar la mala estrella. Así que es necesario tener (una) buena estrella y seguirla hasta llegar a las islas o a las cuevas donde cabe buscar lo que nadie ha podido encontrar antes.

Más allá de paradigmas literarios, eso fue lo que aprendieron a hacer los castellanos del XV y el XVI. Ellos acometieron las primeras navegaciones oceánicas hasta encontrar un mundo nuevo lleno de prodigios. El mapa incompleto que no deja localizar los tesoros no es muy distinto del conocimiento que los hombres del XV tenían del planeta, ni, en el fondo, de los caminos de la vida de cada cual, cuyo destino se oculta siempre fuera de nuestra vista. Pero si nosotros no encontramos ese camino, nadie lo hará; y como no podemos evitar que los rescoldos del deseo de plenitud se aviven ante la posibilidad de un tesoro, en el fondo todos deambulamos buscándolo.

Mas los tesoros que colmarían nuestros deseos están siempre ocultos en islas cuya localización depende de la mitad de un mapa perdido, o encerrados en cuevas cuya apertura necesita un sortilegio secreto. Y como siempre, hay piratas que nos disputan el hallazgo. Por eso es difícil encontrar el camino precisamente en espacios donde no es posible establecer ninguna «rutina», del francés «route», es decir, ninguna ruta.

Pero el océano y el desierto son mucho más que un mero escenario simbólico, forman parte del sortilegio: la verdadera dificultad para saber dónde se esconden los tesoros, es saber qué es un tesoro. El mar y el desierto guardan el secreto: ambos son la geografía del tiempo, lugares donde nada deja huella; en ellos ni el paso humano traza caminos ni su obra levanta edificación alguna. No hay memoria en el océano ni en las arenas y nada de lo hecho dura apenas más allá de su hacerse, como si allí el tiempo no encontrara resistencia alguna para devorarlo todo. Todo se desvanece de inmediato.

En cambio, la isla se resiste al batir furioso de las olas, y las tormentas de arena pueden borrar las huellas o cambiar el paisaje, pero no derruir las cuevas. Son lugares que no cambian al ritmo de océanos y desiertos. Enterrados en cofres o en cuevas los tesoros son, precisamente, lo que permanece en y a través de los cambios. Eso son el oro, la plata, los diamantes y todos los demás metales y piedras preciosas: los materiales más inalterables de cuantos hay en el planeta. Sus cualidades son permanentes, no cambian con el tiempo y por eso mismo representan todo el tiempo, para siempre. También por eso componen los tesoros y los regalamos para servir de recuerdo de quien los regala o para materializar nuestras promesas.

Un tesoro es lo que no se gasta con el tiempo: no la novela o la película que no volveremos a leer o ver, sino a la que volvemos una y otra vez con el mismo o mayor placer e interés; no el lugar del que nos llevamos souvenirs para no tener que regresar, sino aquel donde no nos cansamos de volver; no las relaciones que se consumen, sino las que persisten a través de los cambios; no las verdades que dependen de cada cual, sino de las que dependemos para reconocernos.

Es cierto que para descubrir lo desconocido hay que ir más allá («plus ultra») de lo acostumbrado, pero ir más allá no requiere cambiarlo todo, al menos no siempre, sino más bien profundizar en lo que preferimos que no cambie. Los mejores tesoros no son los hay que buscar abandonando las rutinas, sino los que queremos convertir en rutinas manteniéndolos inalterables. Así se van atesorando las cosas de la vida que deseamos que no cambien o, más bien, que queremos que sobrevivan a sus cambios guardando el brillo inalterable de su principio. Así se va guardando en el corazón todo lo que queremos llevar siempre con nosotros en esta vida que pasa. Eso es un tesoro, lo que necesitamos mantener a salvo del olvido que lo desvanece todo como los mares y las arenas de los desiertos.

La historia de tres adultos ilustrados en la ciencia y los saberes de su tiempo, que siguiendo una estrella atravesaron desiertos y océanos con sus tormentas, hasta descubrir a un niño al que adoraron, guarda un secreto escondido: solo la inteligencia y el corazón que guarda el afecto confiado de su infancia en lo maravilloso, se atreve a creer que en los desiertos y mares de la vida adulta pueden sobrevivir amores, lealtades e ideales, deslumbramientos y afanes que son como tesoros, inalterables en y a través de sus muchos y profundos cambios.

Que lo maravilloso forma parte de la realidad que ven estos ojos lejanos ya a los de la infancia, es un legado de Reyes muy Magos. Poder seguir creyéndolo es más fácil que concebir un Dios que pudo hacerse Niño. De hecho, si Dios pudo nacer, entonces lo maravilloso es el régimen ordinario de lo real y el verdadero tesoro no es lo que se regala, sino por qué hay que regalar: epifanía.

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