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Carlson, esencia del periodismo

Una imagen de Carlson, fotoperiodista.

Una imagen de Carlson, fotoperiodista.

Carlson, Alberto, mi amigo, fotoperiodista, pertenece al rango de los hombres que no pueden ser olvidados. Más que un tránsito a la nada, su muerte es un tránsito a la memoria de la vida. Nadie como él conocía el misterio de lo sencillo; de lo que se lleva dentro y no es posible explicar. Esa cualidad de la que tanto se habla en nuestros días y de la que tan poco saben quiénes la pregonan: la grandeza.

Dejé escrito en alguna ocasión que ninguna estampa podía representar mejor la esencia del periodismo que la aparición casi sobrenatural de Carlson en el vestíbulo de entrada del palacio ferial en la Elda en trance de inventar la globalización. Llegada la comitiva ministerial, se formaba un cinturón de seguridad, y, por debajo de la cinta, aparecía Carlson y se plantaba ante del ministro de turno con la anuencia de quien quiere invitarle a un café. La sonrisa del ministro complacía a los ejecutivos de la Feria. Protestaban las decenas de fotoperiodistas agrupados en la zona de seguridad. Era Carlson quien cortaba con sus cámaras la cinta inaugural, y marcaba en el reloj del periodismo el tiempo único de la verdad del oficio. Carlson era, es, único.

Más que un hombre identificable con la fotografía, era esta la que moldeaba al hombre y lo convertía en espíritu de la vida, que al fin y al cabo esa es la esencia del periodismo. Era un hombre orquesta que empleaba los platillos, las teclas del acordeón, la flauta, el saxo, como instrumentos de un divertimento que transformaba el mundo en una especie de "ojo de John Dos Passos" con capacidad de llegar al núcleo empleando la línea recta de la sencillez y la bondad. Siempre lo recordé, y recordaré, embutido, lloviera o nevara, en un traje de felpa de color marrón, recién planchado, sin chaleco, camisa de un blanco impoluto, corbata con nudo windsor (él lo desconocía), a cuestas de sus voluminosas cámaras, encubridoras de pasiones ocultas: su familia, su oficio y sus amigos. Tres pasiones sintetizadas en una incuestionable verdad: la lealtad.

Me entero de su muerte cuando acabo de salir del hospital, y mi alegría de volver a casa se turba por la noticia de una pérdida irreparable y nunca presentida. Hubo un tiempo en que llegué a creer que Carlson nunca moriría. Y ahora, cuando leo el WhatsApp de Toni Cabot, aún no me creo que el peso de las cámaras, que en Alberto era el de la vida, haya abatido el corazón del gigante.

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