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Opinión | El teleadicto

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Joaquín Sabina saluda al público en su concierto de despedida en Madrid.

Joaquín Sabina saluda al público en su concierto de despedida en Madrid. / EP

Fue una buena idea iniciar el año televisivo ofreciendo el concierto de despedida de Joaquín Sabina, el que tuvo lugar un 25 de noviembre histórico para quienes estuvieron presentes en ese recinto privilegiado de Madrid. Afortunadamente, y con muy buen criterio por parte del realizador, durante las dos horas y media de velada tuvimos la ocasión de compartir, a partes iguales, tanto los planos que ofrecían del escenario, la banda y el artista de Úbeda como el contraplano que nos acercaba a distintos sectores del público.

De verdad que fue muy hermoso divisar a la gente de cerca. Vivir el concierto de la mano de sus espectadores, fundiéndonos con ellos. Hubo encuadres deliciosos, en los que se adivinaba mucha gente feliz en comunión. La masa dejó de serlo cuando las cámaras, con gran acierto, se detuvieron en los rostros de una pareja que coreaba al unísono, de un chico que se secaba una lágrima, de una señora que alzaba sus brazos como si interpretase un himno sagrado. Así durante 150 minutos que resultaron terapéuticos. No tanto porque el cantante, bombín ristre, ofreciese lo mejor de su repertorio, sino por el hecho de que su público entregado supo acariciar la felicidad desde el principio hasta el final de la velada. Todos los rostros expresaban júbilo, pero ninguno era repetido al otro.

Las cámaras, testigos fieles de aquella comunión, retrataron y dieron fe de la interminable catarata de momentos álgidos que se vivieron en el recinto. Cada persona habitaba un corazón que se abrió a espuertas, y los espectadores pudimos ser testigos de excepción de ese torrente de electricidad que sacudió el estadio, y que fue corriendo de un extremo a otro del mismo, hasta su último rincón.

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