Opinión | El trasluz
Del diagnóstico a la fiebre

Una persona sujeta varias bolsas con compras. / Europa Press
Desde la publicación de El Capital, de Karl Marx (con perdón), no han dejado de salir libros que nos explican el capitalismo, aunque con pocos resultados. ¿Por qué? Porque el capitalismo es más una cuestión de práctica que de teoría. Uno puede declararse visceralmente anticapitalista y seguir funcionando perfectamente dentro del sistema, con sus tarjetas de crédito, sus hipotecas, su ansiedad y sus orfidales. El capitalismo no se ofende: sonríe y te ofrece una aplicación para gestionar la rabia. Se publican tratados que desmenuzan sus mecanismos, ensayos que lo comparan con religiones, novelas que lo caricaturizan. Pero el monstruo ni se inmuta. Ha aprendido a digerir la crítica y a venderla después en tapa dura y en bolsillo. Nada le sienta mejor al capitalismo que un enemigo lúcido: lo vuelve marca. Cuanto más se explica, más invisible se vuelve y más se extiende, más crece, más caro es el precio de la vivienda y la merluza. El problema no está, pues, en la escasez de teorías, sino en la mirada. Los explotados no necesitamos que nos describan la cárcel: estamos dentro de ella. Lo que no somos capaces de imaginar es cómo sería vivir fuera. El capitalismo no se limita a organizar la producción: organiza el deseo, que es la materia prima más barata. Y mientras tanto, seguimos escribiendo y escribiendo. Los profesores escriben, los artistas escriben, los cansados escriben, los jubilados escriben y hasta los escritores escribimos. Escribir se ha vuelto la forma más elegante de no hacer nada sin dejar de parecer productivo. Se escribe contra el sistema y se cobra por ello. Se imprime la rebelión en papel reciclado y se presenta en ferias sostenibles.
Quizá el capitalismo, incluso en sus versiones más crueles, persista porque hemos dejado de percibirlo del mismo modo que los peces no perciben el agua. Nos hemos vuelto incapaces de imaginar otra cosa. Incluso los que soñamos con su fin lo hacemos con estética de anuncio: cielos despejados, comunidades amables, tiempo libre y wifi. Ninguna revolución resiste tanto confort.
Así que tal vez no hagan falta más libros que nos lo expliquen. Necesitamos un manual de deshabituación: cómo vivir sin él, cómo desaprenderlo. Pero para eso habría que dejar de escribirle cartas de amor travestidas de denuncia. Habría que pasar del diagnóstico a la fiebre.
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