Opinión | Tribuna
Libros en la ciudad

os universitarios españoles han descendido de 282 puntos en 2012 a 271,9 en 2023 en comprensión lectora, quedando por debajo de alumnos de Bachillerato de países como Finlandia.
Desde esta ciudad cada vez más neoliberal en sus usos y costumbres contemplamos casi impasibles cómo se van cerrando pequeños espacios culturales, artísticos y también librerías. A esto último quiero referirme ya que he tenido una experiencia reveladora: un joven, brillante en apariencia, fue incapaz de argumentar su posición en una conversación. No se trataba de falta de información, sino de la dificultad para sostener un razonamiento más allá de frases cortas y lugares comunes. Este episodio cotidiano refleja un problema estructural: la pérdida de la capacidad lectora y expresiva en la juventud.
Los universitarios españoles han descendido de 282 puntos en 2012 a 271,9 en 2023 en comprensión lectora, quedando por debajo de alumnos de Bachillerato de países como Finlandia (288). Además, un 31 % de universitarios españoles no logra comprender textos de más de una página, lo que refleja una dificultad estructural para sostener lecturas largas y complejas.
Este retroceso responde a un cambio cultural profundo. Las plataformas de streaming ofrecen narrativas rápidas y visuales que desplazan la lectura como forma de ocio. Las redes sociales fragmentan el lenguaje en mensajes breves, emojis y memes, limitando la práctica de la escritura elaborada y la argumentación. Al consumir historias ya visualizadas, se reduce el espacio para la imaginación activa que la lectura exige. El pensamiento crítico se empobrece: la incapacidad para argumentar convierte el debate en un intercambio de opiniones superficiales y vulnera la capacidad de analizar fuentes o construir razonamientos sólidos. La democracia se fragiliza: una ciudadanía que no lee carece de herramientas para comprender leyes, programas políticos o discursos institucionales. La desigualdad cultural y económica se amplía: en un mundo globalizado, la lectura es capital cultural y su ausencia condena a muchos jóvenes a empleos precarios.
La imaginación se atrofia: la lectura ejercita la capacidad de crear mundos propios, y su pérdida implica una cultura más pasiva y dependiente de imágenes prefabricadas. La expresión se empobrece: redactar y argumentar se vuelve difícil, limitando tanto la comunicación profesional como la personal.
Ante este panorama, la lectura debe reivindicarse como acto de resistencia cultural. Leer implica recuperar la lentitud, la paciencia y la concentración en un mundo dominado por la inmediatez. Supone reactivar la imaginación, obligando a crear imágenes mentales y significados propios. Es defender la autonomía intelectual, negarse a que otros piensen por nosotros y recuperar la capacidad de interpretar y cuestionar.
La palabra escrita fortalece la expresión y el vocabulario, devolviendo dignidad al lenguaje frente a la fragmentación digital.
Defender la lectura hoy no es nostalgia, sino rebeldía cultural a la que parece que estamos abocados. Es defender la libertad de pensar, de imaginar y de expresarse con claridad en un mundo que privilegia la imagen sobre la palabra. Cuando dejamos de leer, dejamos también de imaginar el futuro.
Leer es como sentir al toro aún invisible, detrás de la puerta de chiqueros: la imaginación se enciende en la tensión de lo que todavía no se muestra.
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