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Opinión | Crónicas lucentinas

Expedición Polaris

Imagen del último encuentro del HLA

Imagen del último encuentro del HLA / Alex Domínguez

Muchos han sido los exploradores que han soñado con conquistar tierras ignotas y pocos quienes lo han conseguido. Al primero de esos grupos perteneció Charles Francis Hall, un aventurero estadounidense de hace dos siglos obsesionado con dominar el Ártico y que acabaría sus días en ese rincón del mundo que ahora está tan en el punto de mira: Groenlandia. El pequeño detalle de que no tenía experiencia como navegante no parecía importarle mucho. Se enroló en barcos balleneros, aprendió las costumbres de los inuit para sobrevivir en el frío, ahorró al máximo para financiar su viaje y logró, ni más ni menos, una ayuda económica del Congreso de Estados Unidos para su misión de ser el primero en llegar al Polo Norte. Con un optimismo desbordante, en junio de 1871 partía el barco Polaris desde Nueva York. Sin embargo, desde el primer momento, la expedición dio muestras de que aquello sería un fiasco. La tripulación de 25 hombres se dividió entre grandes disensos sobre cómo abordar la aventura, con tres oficiales al mando que no compartían el mismo plan. Algunos desertaron incluso antes de partir; otros se pasaron el viaje borrachos, mientras que Hall no fue capaz de imponer su liderazgo y encauzar la insubordinación de quienes se dedicaron a sabotear el proyecto.

La desconfianza y los malos modos se apoderaron de todo el personal, y el Polaris no pudo alcanzar su objetivo de conquistar el norte, hasta el punto de que el propio Hall murió en extrañas circunstancias (probablemente envenenado), y una parte de la tripulación quedó a la deriva navegando entre hielos. El Polaris tuvo que afrontar tormentas, temperaturas glaciales y la amenaza de los icebergs de la mano de una tripulación que hubo de ser rescatada por los pueblos locales para sobrevivir. Un desastre absoluto de principio a fin. Y como mi amigo Ángel dice que unas veces se gana y otras se aprende, de la historia del Polaris podemos sacar unas cuantas enseñanzas ahora que el HLA Alicante quiere conquistar el norte en su expedición a Santiago de Compostela.

El Monbus Obradoiro de Diego Epifanio, segundo en nuestra liga, aguarda este sábado para impedir al Lucentum resarcirse de la derrota ante otro equipo gallego la jornada pasada. De hecho el Obra ha sido el único capaz de ganarle al Leyma Coruña en toda la primera vuelta de la competición, y es, de momento, el único capaz de hacerle sombra. Para sobrevivir en la gélida atmósfera del Fontes do Sar, Rubén Perelló hará bien en evitar los errores de Hall y poner a todos sus hombres al servicio de la misma causa, sin fisuras. Su indiscutible liderazgo en el vestuario pasa por coordinar al conjunto lucentino de modo que cada uno de ellos tenga claro su papel y su difícil misión en el campo frente a una de las mejores plantillas de Primera FEB. Ir a las ayudas, cortar las líneas de pase, controlar el rebote, bloquear al rival y seleccionar bien los tiros son algunas de las tareas que Larsen, Polanco y compañía tienen en su bitácora en esta peligrosa expedición. Dos siglos después, la LEB Oro nos recuerda que el norte sigue siendo un lugar inhóspito, pero los nuestros tienen su mano reescribir el final de la expedición Polaris y vengar, a su manera, la insubordinación que acabó con la vida del capitán al mando de tal locura.

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