Opinión | El indignado burgués
Lo global

Lo global
Cuando el indignado burgués, un tipo raro que poco tiene que ver conmigo, se empeñó en que escribiera sus disparates allá por el año de gracia de dos mil y once, sus acontecidos tenían un aire de andar por casa en zapatillas. He tenido que volver a los orígenes para darme cuenta de que el mundo ha cambiado mucho en estos quince años, de tal forma que lo que era asunto local, circunscrito a la provincia, es tan irrelevante como la caza del gamusino. Ahora, a cualquiera, nos afectan más las tonterías de Trump que las de Barcala, por poner un ejemplo.
El indignado burgués no ha cambiado: sigue opinando irrespetuosamente de asuntos locales, lo que pasa es que ahora son globales. Eso es un problema, antes los conflictos afectaban lo justo a los ciudadanos de un pueblo pequeño en el sur extremo de un continente como es Europa. He leído bastante sobre la guerra de Vietnam y la de Corea, y no tengo la sensación de que a los españoles les preocupara en exceso. La crisis de los misiles de Estados Unidos con la URSS o la invasión de Bahía Cochinos eran noticias de segunda en la prensa de la época. Es verdad que España estaba separada del Mundo por los Pirineos y el régimen franquista y que aquí se contaba lo que el tío Paco quería, pero, así y todo, las preocupaciones eran diferentes. Evidentemente si no tienes para comer, cualquier otra reflexión pasa a segundo término, pero, sin tener para nada esa necesidad, de adolescente tenía la sensación de que el cartel de los trenes «Prohibido asomarse al exterior», era religiosamente cumplido por mis mayores.
No recuerdo cuando fuimos conscientes del efecto mariposa, cuando un lepidóptero bate sus alas en un rincón del planeta y desencadena un huracán en el otro hemisferio. No hace tanto, en todo caso. Seguramente fue internet la madre del cordero global. Empezamos a consultar páginas de los más remotos orígenes, primero por curiosidad, luego por vicio, hasta que se nos ocurrió comprar una brújula vintage en la Cochinchina, y nos entendían, y el paquete llegaba en unos días y todos felices.
Ser ciudadanos del mundo parecía una buena idea, intercambiar pareceres con gentes lejanas y comprar, o vender, productos era fenomenal. La maquinaria siniestra de los tecnofascistas se había puesto en marcha y era tan eficaz como la máquina de cazar paletos que, según los de pueblo, rondaba por la capital.
No es que Trump haya creado el sistema, es que él es una criatura producto de esa maquinaria infernal, y, cuando estorbe, será otro el que ocupe el puesto promovido por esa máquina universal
Ahora nos damos cuenta de que estamos en el bote con el resto de los grillos. Ya no sabemos, yo no sé, comprar en una tienda física, buscar información en una enciclopedia de papel, hablar por un teléfono analógico, alquilar películas en un videoclub. Ser, en esencia, independientes de la tela de araña que es la red. No mentían: web significa tela y sus hilos nos han apresado a todos, incluso si vivimos en los más lejanos andurriales.
Pero, bueno, no todo iban a ser buenas noticias. Era verdad que dependíamos de la red como un drogadicto de la pipa de crack, pero al menos la globalidad nos entretenía y facilitaba la vida… Hasta que llegó Putin a amañar elecciones y hackear gobiernos y Trump, Milei, Meloni et alii a convencer insatisfechos y prometerles el cielo a cambio de que vendan sus almas. Y aún falta lo más gordo, cuando se rompa el sistema, o alguien lo vuele, y nos quedemos colgando de la brocha, con nuestras cuentas corrientes volatilizadas, sin saber qué hacer y más aburridos que un mono en el zoo. Sin hablar de la inteligencia artificial, gracias a la cual el indignado burgués no me necesitará en absoluto para escribir sus cuentos y campará libre por el éter del fango y los bulos.
Si se fijan bien, el tecnofascismo ha sabido explotar nuestros más bajos instintos y ese afán autodestructivo que tiene el hombre desde las cavernas. No es que Trump haya creado el sistema, es que él es una criatura producto de esa maquinaria infernal, y, cuando estorbe, será otro el que ocupe el puesto promovido por esa máquina universal de cazar paletos.
Me fastidia dar malas noticias, pero estamos fritos. La mayoría creemos controlar, pero eso es lo que piensa cualquier toxicómano respecto de su droga, que puede dejarla en cualquier momento. Estamos ya tan metidos que sólo un acto heroico: ahogar los móviles en el inodoro, restablecería el equilibrio.
Me dan muchas ganas, pero todavía no me atrevo. Tendría que volver a aprender que nuestro entorno puede ser analógico y no digital, que Amazon se cargó a la tienda de barrio y tenemos que resucitarla y que hay que hablar más con los amigos en vez de mandarles emoticonos por wasap. A ver quién es el guapo que pone el cascabel al gato.
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