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Opinión | Tribuna

Maldita depresión

Maldita depresión

Maldita depresión

Caí en el agujero negro hace mucho, y no sé cuándo saldré. Las causas de la depresión son variopintas. Endógenas o exógenas, qué más da, sus consecuencias son igualmente devastadoras. Los volantazos de la vida no tienen piedad ni atienden a razones. A veces llegan desgracias que escapan de toda lógica. Aquellas que ni el más cruel de los guionistas de ficción sería capaz de articular. Y te rompes.

Como consecuencia de mi angustia vital, la claustrofobia que me impedía entrar a los ascensores y al metro se amplió a los trenes y a los autobuses. De esta manera mi mundo se hizo pequeño, demasiado pequeño. Apenas podía salir de casa. Labores cotidianas como hacer la compra se convirtieron en un suplicio. Esas aulas en las que durante tanto tiempo fui feliz e hice felices a quienes me rodeaban se convirtieron en lugares angustiosos.

Entre las labores que más sentí abandonar no me olvido de las colaboraciones de los viernes en “Las tardes de RNE” con mi querido David Cantero. Pero no era yo el que se marchaba. Sólo mi sombra. Del mismo modo, quienes me vieran entrando o saliendo de una sala de cine en realidad estaban observando a un espectro.

El tiempo se detuvo y viví el mito de Sísifo en mis carnes. De nada servía llegar hasta el final de una jornada (que siempre deseaba fuera la última) porque detrás de ella venía otra a la que debía enfrentarme, debilitado de fuerzas, con impotencia.

Cuento esto para incidir en primera persona en la necesidad de tomarnos en serio la salud mental. Si salir del armario ayuda a alguien a tomar conciencia del problema, este testimonio habrá merecido la pena.

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