Opinión | Tribuna
Esos locos bajitos

Esos locos bajitos.
«... A menudo los hijos se nos parecen. Así nos dan la primera satisfacción. Esos que se menean con nuestros gestos echando mano a cuanto cae a su alrededor».
Los pronósticos del tiempo que se ofrecen en la actualidad resultan con mucha precisión. La tarde neblinosa de ese festivo y frío día rompió en lluvia copiosa. Opto por ponerme a cubierto buscando amparo en el cobijo gratuito que ofrece una cafetería en un soportal, local mezcla de aires modernos con un punto tradicional donde el olor a café molido lo invade todo y se disfruta de vista privilegiada de la basílica. Pese a lo brumoso de la tarde, encuentro el lugar luminoso. Estaba lleno dentro y en la terraza. Tomo asiento en la mesa de siempre, dispuesto a repasar notas y apuntes de mi inseparable cuaderno. Enseguida me veo envuelto en colores y olores, y los sonidos de esta época tan alegre y pródiga en ajetreos y bullicio por todas partes.
Escucho conversaciones, muy a mi pesar, dada la proximidad de las mesas, aunque para ser sincero esas conversaciones aleatorias nutren algunas de mis historias. La conversación es consustancial a todo buen café. Leo junto al aroma de un larguísimo «americano» con la compañía del repicar de vasos y platillos y el bufido del vapor comprimido de la cafetera sobreponiéndose a las voces. Me dispuse a adentrarme en una nueva aventura creativa.
«... Esos locos bajitos, que se incorporan con los ojos abiertos de par en par sin respeto al horario ni a las costumbres y a los que, por su bien, hay que domesticar».
Unos niños cantan, gritan, juegan... Sueñan. Las risas llegan como el trinar de los pájaros, y tiene efectos profundos en mí, me hace sonreír y reduce la depresión y el aislamiento. Surgió también el explosivo vagido de un bebé. Las palomas aleteaban entre la gente y entre las mesas. Me acostumbré a los sonidos y quedé sumido en las nebulosas de un ensueño incipiente. Absorto en recuerdos, invenciones, deseos. En la ristra de palabras y frases que tendría que ordenar mentalmente para luego poner por escrito.
La bulla y el caos arrecian. Algo de color rojo y redondo voló por encima de las cabezas impactando contra las vidrieras. Una pelota. Las palomas alzaron el vuelo precipitado y alguna dirigió la mirada molesta, de protesta, por la interrupción de su asqueroso festín. Los padres consumiendo y concentrados en sus charlas mientras sus hijos corretean entre las mesas, nunca cerca de las suyas y con evidente falta de supervisión.
Otra criatura atajó con un berrido enrabietado y de inmediato todas las mesas interrumpieron su conversa. Una mujer de semblante sereno y mirada profunda que no emanaba en absoluto simpatía alguna reprendió a la chiquillería lanzando una ojeada breve, retadora, a los padres.
«... Niño, deja ya de joder con la pelota. Niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca».
El desagrado fue general y se manifestó en forma de cortos y sonoros bufidos, esa exhalación que identifica el hartazgo. Más allá de la sorpresa hubo en mí otro elemento, la ira, que ahuyenté de mí de inmediato. Con frecuencia se ve a niños jugar y hacer excesivo ruido en lugares públicos y hasta altas horas de la noche. Se les considera ruidosos, invasivos y molestos, aunque pueden molestar tal vez menos que esos grupos de mayores que en las tardes tan de moda del fin de semana, con altos grados de embriaguez, resultan altamente desagradables.
Los comportamientos infantiles no nacen porque sí. Están influidos por su entorno emocional, las rutinas de la familia y desde luego por la manera en la que son criados. Conductas desafiantes, desobediencia, berrinches, actitudes irrespetuosas... ¿Es responsabilidad de los padres el callarlos? ¿Deben las familias notar la sensación, o la realidad, de que no son bienvenidos? ¿Debemos normalizar la tendencia de relegar de los espacios públicos a los menores y por ello a padres y cuidadores? Parece que un niño es asunto privado de su familia. Los que así piensan de sus hijos excluyen la participación de los demás. Se conocen culturas que acogen a los niños y son formados por toda la comunidad.
«... Cargan con nuestros dioses y nuestro idioma, nuestros rencores y nuestro porvenir».
Cómo llenan el ambiente con su alegría desenfrenada, felices porque el mundo aún no los ha maleado, llevando al límite su identidad anárquica y sin restricciones. Se han generado debates sobre la discriminación y el derecho de admisión, con la discutida legalidad de los espacios «sólo adultos», cuestión que no es legal, según se indica en el artículo 14 de la Constitución.
Es preciso el mantenimiento de ciertas normas y límites por parte de padres que contribuyan al control de los conflictos que surgen. La falta de coherencia en la aplicación de normas, por depender del estado de ánimo del adulto el cambio de los límites. Los niños son ciudadanos con derechos, y clientes cuando están «sentados», por ejemplo, en un restaurante. El asunto descarrila cuando los nenes son enviados a corretear. Entonces las miradas lo examinan todo asomando la incomodidad haciéndose audibles, en principio blandamente, los «rezos» y murmullos reprobatorios.
Las plazas y calles son lugares de convivencia entre adultos y niños. Se da la falta de espacios para los menores en las ciudades en las que solo se ofrecen parques y la «aventura» de jugar en plazas demasiado duras y agrestes. Agobiados, atosigados por los apretados calendarios de actividades escolares y extras, en cuanto tienen tiempo libre en lógica se desfasan. No se debe obviar que los pequeños son parte indispensable de la sociedad. Son sujetos de derechos y no deben ser vistos como problemas. La creciente intolerancia en restaurantes, transporte, hoteles en donde se les considera una «molestia», limitan su participación social, su evolución y el desarrollo de lazos con el entorno... Se les impide generar habilidades. No creo que de momento se esté llegando a una especie de «niñofobia», pero...
«... A veces nos parece que son de goma y que les bastan nuestros cuentos para dormir».
La tolerancia con los demás y el sentido común por parte de los padres estimo deben ser valores que primen en estos casos para generar la convivencia entre todos y un ambiente más amable. Me llama la atención la capacidad de olvidar que tienen algunos para los cuales el pasado les parece un cuento lejano. Debemos hacer lo posible para que esa integración no sea traumática para ninguno... Ni sentimiento de incomodidad para los demás
«... Nada ni nadie puede impedir que sufran, que las agujas avancen en el reloj. Que decidan por ellos, que se equivoquen. Que crezcan y que un día nos digan adiós».
Sugiero la escucha de la hermosa canción de Joan Manuel Serrat con la que he encabezado esta tribuna.
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