Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión | A propósito de todo

¿Desde cuándo madurar consiste en aguantar?

¿Desde cuándo madurar consiste en aguantar?

¿Desde cuándo madurar consiste en aguantar? / INFORMACIÓN

El otro día estaba tomando un café virtual con mi amiga B. (por distancia van genial. Los empezamos a hacer después del covid y todavía, de vez en cuando, toca), cuando me soltó una frase que nunca hubiera esperado por su parte: «Creo que he madurado mucho este año. Ya no me enfado por nada. Me callo». Lo dijo con orgullo. Yo la miré como se mira a alguien que acaba de confundir serenidad con resignación. Porque, ¿desde cuándo aguantar se ha convertido en una virtud adulta? ¿En qué momento pasamos de quererlo todo a conformarnos con lo que no molesta demasiado?

B. está en una relación que por tiempo es corta, pero intensa con J. De esas que están con una explosión y luego con una bajada lenta de volumen. Nada grave, me dijo. Nunca lo hay, cuando lo grave es precisamente eso: que nada duela lo suficiente como para dejarlo estar. Que todo pese, pero no lo bastante como para soltar. Las señales inconexas, los silencios, el no estar bien porque algo no encaja, las vueltas a estar bien que se sienten con la inseguridad de no saber cuánto va a durar… No estar bien, pero tampoco estar mal.

Vengo de una industria que esa rueda la entiende. La moda me ayuda a entender estas cosas. Hay prendas que no te quedan mal, pero tampoco te hacen sentir bien. No aprietan, no pican, no incomodan. Y, aun así, nunca las eliges cuando quieres verte bien. Las dejas ahí, en el fondo del armario, como dejamos relaciones que no suman, pero ocupan. Hay ropa que compras al setenta por ciento en rebajas porque crees que la necesitas, pero lo que necesitas es el subidón que te produce pasar la tarjeta de crédito. Es un sentimiento adictivo, aunque la prenda no te funcione. Pocos hemos recibido educación financiera, pero sí catecismo, por eso creo que en muchas situaciones de nuestra vida (como pasar la tarjeta de crédito o seguir en relaciones que no nos funcionan) respondemos igual: Dios proveerá. Y eso que la mitad de nosotros somos ateos.

«Es que ya no tengo energía para empezar de cero. A él lo conozco, sé lo que hay» me dijo. Y pensé en cuántas veces hemos confundido tranquilidad con ausencia de deseo. En cuántas veces hemos llamado paz a no discutir, cuando en realidad era no decir.

Salí de aquel enlace a una sala de reuniones con la sensación incómoda de que estamos viviendo una época en la que el amor se gestiona como una suscripción. Justo leí una frase de Milena Busquets que decía algo así que el amor no cabe en agendas, por eso las hace estallar, de golpe. Eso debe de ser amor, sobre todo si, como B., desde el principio ya hay algo que es agridulce. Y yo me pregunto: ¿estamos madurando quedándonos cuando algo no encaja o solo estamos cansados de volver a empezar?

Porque quizá crecer no consista en aguantar más, sino en elegir mejor. Y esto pasa en las relaciones, pero también en el trabajo. Casi todas las veces que he tenido que sacar los dientes ha sido en este segundo, pero el resumen creo que es el mismo: decidir no quedarte donde no te expandes. En entender que la calma sin emoción no es refugio, es anestesia.

Tal vez querer y crecer no consistan en aguantar, sino en reconocer cuándo ya no eres tú ahí dentro. Aunque dé pereza. Aunque no haya garantía de cómo volverás a empezar. Porque como escribió Lisa Lovatt-Smith: ¿Mañana? Mañana quién sabe.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents