Opinión | Tribuna
Memoria democrática, un deber general

Memoria democrática, un deber general / Vicente Carrasco Embuena
La verdadera historia de un pueblo no se construye exclusivamente con sus victorias o su prosperidad, sino, especialmente, con su capacidad para mirar de frente a sus sombras. Medio siglo después del final de la dictadura, en España continuamos debatiendo no tanto qué fue el franquismo —una evidencia histórica—, cuanto si debemos recordarlo activamente. En ese contexto, las políticas de memoria democrática no son iniciativas revanchistas ni obsesiones nostálgicas. Suponen un intento, maduro, para reconciliar a una sociedad consigo misma, integrando en el relato general a quienes fueron silenciados y protegiendo la verdad frente a la amnesia interesada.
España construyó la actual democracia sobre un pacto tácito: no remover demasiado el pasado. Ese «pacto del olvido», gestado y materializado durante la transición, tuvo su lógica política porque facilitó la convivencia entre quienes procedían de la dictadura y quienes la habían combatido. Pero, con el paso del tiempo, ese compromiso transitorio se convirtió en una coartada moral permanente. Y mientras se consolidaban las instituciones democráticas, miles de familias continuaron buscando a sus parientes en cunetas y fosas. Sin obtener reparación, sin reconocimiento alguno y sin poder completar sus duelos. Así, la democracia se edificó, en parte, sobre una despiadada ausencia.
Las políticas de memoria democrática no surgen de un capricho ideológico, ni de una «relectura sesgada» del pasado. Arraigan en la deuda con los represaliados, exiliados, humillados, depurados y fusilados por reivindicar y exigir derechos fundamentales. Además, refuerzan el presente porque una sociedad que no afronta su historia reproduce sus traumas, los reinterpreta a conveniencia y propicia el negacionismo y la banalización del autoritarismo.
Las derechas españolas oponen a la memoria democrática un discurso de equidistancia. Alegan que todas las violencias fueron iguales, que hubo crímenes en ambos bandos, que la Guerra Civil fue una tragedia colectiva en la que nadie puede arrogarse la razón moral. Bajo esa aparente imparcialidad se esconde una profunda tergiversación. Equiparar la violencia del golpe militar que destruyó una democracia legítima con la violencia defensiva o caótica que emergió durante la guerra es falsear las causas y los efectos. La República no fue un paraíso, pero sí fue un régimen legal, plural y electo por sufragio universal. El franquismo, en cambio, fue una dictadura sostenida por el terror, la censura y la conculcación sistemática de los derechos humanos durante cuarenta años.
En este contexto, la equidistancia no es neutralidad, sino complicidad con la impunidad. Equiparar víctimas y verdugos implica negar la asimetría entre quienes impusieron el silencio y quienes lo soportaron. La memoria democrática no pretende borrar la historia de nadie ni imponer un relato único; aspira a devolver a la historia su pluralidad.
La memoria no son solo los actos del pasado, también apela al presente. Las generaciones crecidas durante la dictadura fueron educadas en el miedo, la obediencia y el olvido. Las posteriores heredaron ese silencio, convertido en norma. Las actuales reclaman saber, entender, conectar. En las exhumaciones participan nietos y bisnietos que no ansían venganza, sino dignidad. Quieren cerrar un duelo que les pertenece individualmente, pero que nos constituye colectivamente.
La dimensión anímica de la memoria es tan primordial como la jurídica o la histórica. Recordar no solo es un acto intelectual, es también un hecho afectivo que implica reconocer el dolor ajeno como algo propio. Cada fosa abierta, cada cuerpo exhumado, cada homenaje poseen un valor reparador que no debe interpretarse en clave partidista. La memoria, bien entendida, no divide, sana. Lo que divide es el negacionismo que objeta el sufrimiento que no encaja en su relato.
España llega tarde a completar una obligación que otras democracias atendieron con mayor eficacia y celeridad. Alemania, Argentina, Chile o Sudáfrica han demostrado que la verdad no destruye a las naciones, sino que las fortalece. La justicia transicional, las comisiones de la verdad o los museos de la memoria no perpetúan la culpa, sino que contribuyen a que la barbarie no se repita. Aquí, en cambio, el franquismo dejó su huella en la cultura política, en la estructura judicial, en la Iglesia y en la economía. Por eso, el «deber de memoria» no es solo un ejercicio de piedad, sino también un instrumento de democratización.
Frente al cinismo de la equidistancia y a la nostalgia del autoritarismo, la memoria democrática representa la madurez de una ciudadanía que dice: «No todo vale». Que entiende que la libertad, los derechos humanos y la justicia no son patrimonio de una época, sino conquistas que hay que defender, también, con el relato. Que recordar no es mirar atrás, sino mirar de frente.
La memoria no es solo el pasado, también es el futuro que una sociedad ansía merecer. Si España aspira a ser plenamente democrática, debe aprender a reconocerse no solo en los vencedores, sino también —muy especialmente— en los que fueron vencidos y silenciados. Solo entonces, las heridas se cerrarán y se transformarán en raíces.
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