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Opinión | Tribuna

Saber pedir perdón

Saber pedir perdón

Saber pedir perdón

Si hay una virtud en el ser humano es la de reconocer que se ha equivocado en un momento concreto. Y no solamente ante sí mismo, sino también ante los demás. Porque aceptar los errores eleva la categoría de la persona que lo hace y minimiza a quien se niega a hacerlo en clara demostración de un orgullo personal de no dar su brazo a torcer, aunque resulte evidente que ha cometido un error por un acto concreto que ha podido hacer daño a alguien y haberle perjudicado o, simplemente, faltarle el respeto.

Y tratando este tema acerca de la necesidad de que quien se equivoca se disculpe, hay que destacar que, precisamente, uno de los temas que más se suscita en el mundo de la delincuencia y de los tribunales de justicia en materia penal es la inexistencia en muchos casos de lo que se denomina "el arrepentimiento" del autor de delito, y sin que ello vaya en contra de la presunción de inocencia, sino de la descarga personal y psicológica que le puede suponer a una persona que ha cometido un hecho de mayor o menor gravedad de reconocerlo ante la víctima y también ante la propia sociedad.

Además, el reconocimiento de los hechos y la petición de perdón y el arrepentimiento puede ser considerado como un atenuante a los efectos de rebajar la pena que se pueda imponer al autor de un delito, y está considerado dentro de la vía de la mediación penal como una posibilidad de que la víctima se sienta reconfortada ante la existencia de una petición de perdón por parte de una persona que ha delinquido y que le manifiesta cara a cara ante un mediador profesional que se arrepiente de lo hecho, y que, incluso, le va a satisfacer con una indemnización que repare el daño que ha causado a la víctima.

Precisamente, esta orientación de la reparación del daño causado a las víctimas de los delitos se ha introducido formalmente por la vía de una Ley Orgánica 1/2025 de 2 de Enero aprobada el pasado año que ha potenciado la intervención de mediadores penales en procedimientos judiciales que se suspenden, en tanto en cuanto se tramita esta vía para intentar que el acusado por un hecho delictivo reconozca los mismos ante la víctima, le pida perdón y se arrepienta personalmente.

Esto no solamente le supone a la víctima del delito una satisfacción personal, al menos, sino también al autor del mismo le debe reportar desde el punto de vista psicológico una descarga de la responsabilidad personal que también debe tener por haber atacado cualquiera de los bienes que ha podido llevar a cabo frente a la víctima del delito que ha cometido.

Hay que tener en cuenta, también, que en estos casos no solamente es suficiente la petición de perdón o arrepentimiento, sino que es necesario que ello vaya acompañado de una reparación económica del daño causado, ya que las meras peticiones de perdón no son suficientes si no van acompañadas de la satisfacción de la responsabilidad civil para que, al menos, la víctima se sienta resarcida económicamente del daño causado.

Pero la petición de perdón no se puede trasladar solamente a ámbito de los delitos, sino también al ámbito de los errores y equivocaciones que cometen las personas en las que también otras quedan perjudicadas por una actuación concreta. Pero, como antes hemos referido, hay personas que anteponen su orgullo personal y se niegan a reconocer errores, aunque estos sean evidentes, y se niegan a pedir perdón, optando y prefiriendo mantener el enfrentamiento antes de dar un paso atrás y reconocer, como vulgarmente se dice, que “han metido la pata”, pese a lo cual optan por no arrepentirse de lo hecho, no pedir perdón y seguir manteniendo el enfrentamiento con otra persona, pese al propio desgaste que ello lleva para las dos.

Y es que nada se gana con discusiones y con "guerras estériles" que no llevan a ningún puerto, y que, lejos de ello, producen un deterioro en las relaciones de personas que, incluso, pueden pasar de la amistad a la enemistad en poco tiempo si ninguna de las dos partes decide proponerle a la otra que cierren la confrontación y pedirse mutuamente perdón si ambas partes se han podido equivocar, o una de las dos acaba reconociendo que ha sido ella quien lo ha hecho.

Decía sobre todo ello José Ingenieros que "Enseñemos a perdonar; pero enseñemos también a no ofender. Sería más eficiente". Porque este autor insistía con su frase en que todo esto no supone encontrar el "truco" de estar ofendiendo o causando daño para, a continuación, pedir perdón, y, así, sucesivamente. Pero para saber que pedir perdón es una virtud concluimos con la frase de Mahatma Gandhi: "El débil no puede perdonar. El perdón es un atributo de los fuertes". Más claro imposible.

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