Opinión | Tribuna
Hacerse cargo

Hacerse cargo
Coincidí con una persona cercana en una mesa cualquiera. De esas mesas donde no se arregla nada, pero se dice casi todo. Hablaba despacio, con esa cautela de quien teme que las palabras, si se aceleran, hagan más daño que los hechos. No se reprochaba grandes errores, sino ausencias: lo que no se dijo a tiempo, lo que no se exigió cuando aún era posible, lo que se dejó pasar por cansancio o por miedo.
Su desvelo no tenía que ver con un muchacho, sino con un adulto que roza la treintena. No trabaja, no colabora, no cuida el espacio que habita ni parece capaz de sostener una conversación que no sea evasión. No vive: permanece. Como si la vida fuera una sala de espera sin megafonía ni reloj. Y entonces, casi en voz baja, formuló la pregunta que pesa más que cualquier respuesta: ¿qué he hecho mal?
Escuché. Y al hacerlo entendí que esa pregunta no era solo suya. Nos concierne a todos. Porque no habla únicamente de una relación concreta, sino de una época. De algo que se ha ido deslizando sin ruido hasta instalarse en lo cotidiano.
Durante años hemos repetido que los jóvenes no son como éramos nosotros. También lo dijeron de nuestra generación, es cierto. Pero hoy la diferencia no parece solo de formas, sino de fondo. No se trata de rebeldía ni de ruptura, sino de abandono. No hay desafío: hay renuncia. Una retirada silenciosa de la responsabilidad de vivir.
Habitamos un tiempo de yoes hipertrofiados y conciencias adelgazadas. Todo gira en torno al deseo inmediato, a la satisfacción sin demora. El futuro se ha vuelto una incomodidad abstracta y el deber una palabra antipática. Queremos derechos sin cargas, libertad sin peso, vida sin conflicto. Pero la vida, terca como siempre, no entiende de atajos.
Tal vez la responsabilidad sea compartida. Quisimos evitar el dolor y acabamos evitando la exigencia. Confundimos comprender con justificar y cuidar con no poner límites. Les ahorramos la caída, pero también el aprendizaje de levantarse. Les dimos casi todo, excepto la conciencia del límite, que es donde empieza la madurez.

E, la conciencia del límite es donde empieza la madurez. / INFORMACIÓN
Tampoco nosotros estuvimos a salvo. El ruido constante, la comparación infinita, el consumo como anestesia. Nos distrajimos de lo esencial. Y no se puede educar en la hondura desde la superficie.
Me inquieta que algunos adultos jóvenes miren hoy a un mendigo y piensen antes en lo que desean comprar que en la historia que ha llevado a ese hombre hasta el suelo. No es crueldad. Es algo más grave: la pérdida de la pregunta. Y cuando se pierde la pregunta, se pierde también una parte de la humanidad.
Tal vez ese adulto que no se hace cargo no sea un fracaso individual, sino el espejo de una sociedad que confundió bienestar con sentido. Quizá nosotros fuimos los primeros en aceptar el engaño: creer que amar es no exigir y que todo se arregla solo.
No se arregla solo. Nada verdaderamente humano lo hace.
Y tal vez la pregunta no sea ya qué hicimos mal, sino en qué momento dejamos de enseñar que vivir no es solo estar en el mundo, sino responder por él.
Porque la vida, no pide comodidad. Pide conciencia. Y, sobre todo, pide hacerse cargo.
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