Opinión | En la barra del Café Época
Pasear por el centro

Una vista aérea del centro de Elche, con la Glorieta y la calle Corredora. / ÁXEL ÁLVAREZ
Hoy en día, cualquiera que se precie de tener conocimientos sanitarios, como los médicos, enfermeros, mi primo Ramón que es celador y Terelu Campos, que sabe de todo, no se cansan de recomendarnos que para vivir saludablemente, además de no fumar ni tomar alcohol, que esto es peor incluso que lo que le hizo Judas a Nuestro Señor, debemos comer solo productos incluidos en la dieta mediterránea, aunque para ello tengas que ponerle velas a San Judas Tadeo para poder llegar a final de mes, lo digo por los precios, y hacer diariamente ejercicio físico, lo cual está muy requeté bien y además es un consejo apto para todos los públicos, pues aquellos/as que aún están en edad de merecer pueden ir al gimnasio para ponerse más fuertes que el vinagre; a los que les gusta correr, como si no supieran que hace muchos, muchos años, el hombre descubrió la rueda, pues pueden pegarse su carrera diaria como alma que les lleva el diablo; y para el resto, los que somos cuerpos escombros, nos queda una modalidad de ejercicio romántica y acorde con nuestras limitaciones físicas, como es la de pasear, que, como dice la copla, «no hay placer como el paseo, cuando el sol va de caída, que se alejan los pesares y se celebra la vida».
Imbuido en este propósito loable, saludable y recomendable, el otro día me pegué un garbeo por el centro urbano, polo neurálgico por excelencia de la vida social, cultural y económica de la ciudad. Decía Jan Gehl que «una buena ciudad es como una buena fiesta: los invitados se quedan porque disfrutan de la compañía y del espacio. El centro debe ser ese salón de invitados», y no le faltaba razón. Los urbanistas definen el centro urbano de una ciudad como el núcleo geográfico, funcional y simbólico donde se concentran las actividades comerciales, financieras, administrativas y culturales principales. Se trata, por lo tanto, de un espacio que se caracteriza por una alta densidad de edificación, cuyo suelo tiene un valor más elevado que el resto, donde se desarrolla una intensa actividad peatonal y donde prolifera la presencia de infraestructura histórica. Según ellos, los urbanistas digo, el centro urbano tiene como función principal actuar como el eje direccional, financiero y de negocios de la ciudad, concentrando en él servicios de alto valor, bancos y oficinas gubernamentales. Se trata de un espacio que generalmente coincide con el casco histórico o fundacional de la ciudad, con edificios antiguos, calles densas y una gran concentración de transporte público. Se trata, por lo tanto, del lugar de encuentro y representación simbólica por excelencia de la ciudad.
En teoría, el centro urbano debe ser el área de máxima actividad económica, social, administrativa y comercial. Es indudable que en Elche el centro urbano cumple dos de estas características: ser el eje de la vida social (no existe manifestación cultural o festera que se precie que no pase por la Plaça de Baix y la Corredora) y de la vida administrativa (es donde está ubicado el Ayuntamiento y las oficinas de la Generalitat Valenciana), pero los otros dos, el de ser el centro neurálgico económico y comercial, hace años que no, que se desplazaron de allí, uno a los polígonos industriales y el otro a los centros comerciales.
Con el paseo que me di por el centro pude comprobar el gran cambio comercial que ha experimentado este, que, como diría Alfonso Guerra, «no lo reconoce ni la madre que lo parió». No hace falta fijarse mucho para apreciar que, salvo que necesites comprarte unas gafas, un sonotone, un teléfono, unas hierbas variadas como si fueras una cabra, pero muy sana, o tomarte algo en alguna franquicia, mayoritariamente hamburguesas o tapas que lleven mucho queso fundido, existe escasa oferta de otros productos, y lo más importante, el comercio tradicional y de proximidad casi ha desaparecido, lo cual es un fenómeno urbano lamentable que se produce por una combinación de diversos factores: competencia feroz de grandes superficies y online que ofrecen precios más bajos, mayor variedad y un amplio horario de atención al cliente; aumento del precio de los alquileres, los cuales en zonas históricas se disparan, especialmente cuando franquicias o negocios turísticos pagan sumas altas, volviéndose insostenibles para pequeños comerciantes locales; falta de relevo generacional; cambios en los hábitos de consumo (preferencia por lo digital y grandes compras en oferta); la gentrificación que expulsa al comercio local, dejando paso a negocios más enfocados en el turismo, lo que erosiona el tejido social y humano de los barrios y dificultades de aparcamiento. La falta de estacionamiento desincentiva a los compradores que vienen de fuera del centro.
En otros tiempos, si querías comprarte algo, ibas al centro. ¿Dónde ibas a ir? Donde la oferta abarcaba todo lo imaginable, desde zapaterías hasta artículos de regalo, joyerías, tiendas de ropa, librerías, papelerías, droguerías y otro tipo de comercios. A mi memoria vienen el nombre de comercios como Yago, tienda especializada en artículos de piel y viaje; joyerías como Gómez, Segarra, Mancheño o joyería, relojería y óptica Molina; zapaterías como Calzados Peter Pan en Obispo Tormo o Calzados La Bomba; jugueterías como Juguetes Ryan o Juguetes Rico; droguerías como Droguería La Fuente o Droguería F. Pérez Seguí (calle de El Salvador); papelerías e imprentas como la Imprenta Segarra o la Imprenta y Librería Agulló; tiendas de ropa como Chicuelos, Rodeo, Camisería Campello, Modas Esclapez; tiendas de tejidos como El Cisne o Tejidos Castaño; y comercios de otro tipo como Saneamiento J. Botella en la Glorieta o Monferval en la Corredora. Y qué decirte si querías picar algo: tenías La Royal, El Marfil, El Florida, La Coral Ilicitana, El Trenet, la Confitería Miquel, La Patiño, La Román o la cafetería Viena, entre otras. De tantos y tantos comercios tradicionales únicamente perviven algunos ejemplares en peligro de extinción, como lo estuvo en su día el lince ibérico, como Tejidos La Alcudia o la Joyería Javaloyes
La desaparición del comercio tradicional en el centro urbano de Elche no es algo baladí, supone una pérdida de uno de los elementos identitarios de la ciudad a la vez que implica una merma social y cultural que lleva aparejada una disminución de la oferta comercial y una transformación profunda en el paisanaje del centro urbano. Está claro que todo cambia, se transforma, se renueva, eso está muy bien, yo soy partidario de modernizar los sistemas comerciales, pero este proceso no debe suponer la desaparición de algo tan nuestro como ha sido siempre el comercio tradicional del centro de nuestra ciudad, pues, como dijo Jaime Lerner, «el centro es el escenario de la identidad urbana. Si el centro muere, la ciudad pierde su alma y su memoria».
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