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Opinión | Tribuna

No, la guerra no la perdimos todos

En el Valle de Cuelgamuros se calcula que permanecen todavía casi 34.000 cuerpos de víctimas de la Guerra Civil y el franquismo sin exhumar

En el Valle de Cuelgamuros se calcula que permanecen todavía casi 34.000 cuerpos de víctimas de la Guerra Civil y el franquismo sin exhumar / José Luis Roca

En las últimas semanas, la Guerra Civil ha vuelto al centro del debate público a raíz del ciclo de conferencias "1936, la guerra que todos perdimos", organizado por la Fundación Cajasol, coordinado por el escritor Arturo Pérez-Reverte y el periodista Jesús Vigorra y en el que, entre otros, intervienen algunos reputados colegas contemporaneistas. La polémica se ha centrado, sobre todo, en el título, erróneo a mi entender y que ayuda a consolidar una idea muy extendida hoy: que aquel conflicto fue una tragedia colectiva sin vencedores ni vencidos, una especie de fracaso compartido del que nadie salió realmente ganador.

La idea suena bien. Es conciliadora y tranquilizadora. Pero, desde el punto de vista histórico, es engañosa. Porque no es cierto que la guerra la perdiéramos todos. La guerra la perdió un bando y la ganó el otro. Y de esa victoria nació una dictadura que duró casi cuarenta años.

Conviene empezar por un hecho básico que a menudo se diluye en estos debates: la Guerra Civil comienza con un golpe de Estado contra un gobierno legítimo, salido de las urnas. No es una interpretación ideológica, es un dato histórico. A partir de ahí se desarrolla una guerra terrible, con violencia extrema en ambos bandos, pero no equivalente ni comparable en todos los aspectos.

Uno de los bandos defendía la continuidad, cierto que imperfecta y conflictiva, de un régimen republicano legal. El otro se levantó para acabar con él e imponer un sistema autoritario. Esa diferencia de partida importa, y mucho. No desaparece por el hecho de reconocer que hubo crímenes y abusos en las dos zonas.

La represión es un buen ejemplo de por qué la equidistancia falla. En la zona republicana hubo violencia, asesinatos y persecuciones, especialmente en los primeros meses de la guerra. Nadie serio lo discute. Pero esa violencia fue, en gran medida, incontrolada, consecuencia del hundimiento del Estado, del caos inicial y de la pérdida de control de las propias autoridades republicanas.

De hecho, el Gobierno intentó frenar esa violencia y recuperar el orden, con resultados desiguales. En el bando sublevado ocurrió algo muy distinto. Allí la represión no fue fruto del desorden, sino una política consciente, impulsada desde arriba por las autoridades militares y, después, por el régimen franquista. No fue un exceso puntual, sino una herramienta para eliminar al enemigo político. Y, además, no terminó con la guerra, sino que continuó durante años, cuando ya no había combate alguno que la justificara.

Esta diferencia es clave. No para minimizar el dolor de unas víctimas frente a otras, sino para entender que no todas las violencias son iguales. No es lo mismo una violencia que el poder intenta, aunque no siempre consiga, contener, que una violencia organizada, planificada y mantenida desde el propio poder. No podemos hablar sin más, como sostiene la Fundación, de violencia extrema entre españoles.

Decir que "la guerra la perdimos todos" borra estas diferencias y, de paso, el resultado final del conflicto. Porque hubo vencedores y vencidos. Y los vencedores construyeron una dictadura sobre su victoria militar. La historia no está para repartir consuelos ni para cerrar debates incómodos con frases bonitas. Está para explicar lo que ocurrió, con claridad y sin atajos. Y la equidistancia, cuando se aplica sin matices, no es objetividad: es una forma elegante de no mirar de frente nuestro pasado.

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