Opinión | En la barra del Café Época
«Si la Candelaria plora, l’hivern és fora, si la Candelaria riu, el fred és viu»

Si la Candelaria plora, l'hivern és fora, si la Candelaria riu, el fred és viu / AXEL ALVAREZ
Se fue el mes de enero, el mes de la cuesta, de los propósitos del año nuevo, de las rebajas y en el que se aprobó el presupuesto municipal. Un mes que se ha marchado entre las rachas de un viento salvaje que ha azotado estas latitudes como si no hubiera un mañana, consecuencia de un tren de borrascas que se han ido sucediendo una tras otra (creo que ha sido el único tren que en estos días ha llegado sin retraso y sin problemas técnicos y, si no, que se lo digan al ministro de Transportes, que cada vez que sonaba su teléfono, se le ponían los ojos del revés y se tenía que tomar un trankimazin y dos cucharadas de Pasiflorine. ¡Hijo de mi vida, que por nadie pase!) y que ha traído lluvia y un viento tan fuerte, que ríanse ustedes del vinagre y del wasabi, eso son peritas en dulce comparado con las rachas de viento que han arrancado árboles, placas solares y bisoñes, derribado carteles publicitarios, palmeras y otros elementos ornamentales y ha provocado que se haya agotado la laca Nelly en los supermercados. ¡Oiga, algo tremendo! Lo cierto es que esta barbaridad atmosférica únicamente ha causado daños materiales, por lo que hay que darle la enhorabuena a los servicios de emergencias locales que han actuado con previsión y profesionalidad evitando males mayores.
Y, como el que no quiere la cosa, ya estamos en febrero, un mes extraño al que le falta algún que otro día y que no se crean ustedes que no es fulero, que lo es. Mi madre empleaba siempre para definirlo el refrán de «febrerico el corto, un día peor que otro». ¡Qué San Medardo, patrón de los meteorólogos nos proteja! Porque si es peor que el pasado mes de enero, ríanse ustedes del Armagedón.
Dejando aparte las inclemencias meteorológicas, febrero es un mes que comienza con tres festividades, a saber, en primer lugar, la celebración de San Blas con sus rollitos de matalauva que son buenos para la garganta, como los Pictolines y el Vicks Vaporub; en segundo lugar, San Agatángelo, patrón de la ciudad; y, en tercer lugar, la Candelaria, patrona de los electricistas y objeto de ciertas predicciones meteorológicas parecidas a las que sustentan la tradición norteamericana del día de la Marmota en el que se utiliza el comportamiento de este mamífero roedor al salir de su hibernación para predecir si el invierno terminará pronto o durará seis semanas más.
Tradicionalmente, se ha entendido que la intención del refrán «si la Candelaria plora, l’hivern és fora, si la Candelaria riu, el fred és viu» era explicar que, si el día de la Candelaria llueve, el invierno está a punto de acabar, y, si hay un cielo claro, aún quedan días de frío. Pero hay otra interpretación que tiene que ver con el calendario lunar y dicen aquellos que saben de estos temas: astrónomos, selenógrafos, Iker Jiménez y Josefina la Churrera, que es más acertada: si hay luna nueva, no se ve y la Candelaria «llora»; por lo tanto, la primavera se adelantará. Y si, por el contrario, hay luna llena y la Candelaria «ríe», el invierno todavía será largo.
Lo cierto y verdad es que predecir con cierto rigor si el invierno será largo o ya está a punto de terminar dependiendo de si una marmota ve o no ve reflejada su sombra o si llueve el día de la Candelaria es científicamente comparable al hecho de predecir el resultado de los partidos de fútbol de la selección española con base en el comportamiento del pulpo Paul, ¡algo atávico y mágico!, teniendo en cuenta que el jodío del pulpo no falló ni una de sus predicciones.
El ser humano tiende a creer en rituales y elementos atávicos para predecir el futuro como mecanismo evolutivo para gestionar la incertidumbre y reducir la ansiedad. Nuestro cerebro está diseñado para buscar patrones causa-efecto para sobrevivir, lo que a menudo nos lleva a malinterpretar coincidencias como conexiones lógicas (supersticiones). Esta necesidad de control proporciona seguridad psicológica frente a un futuro incierto.

El viento en Elche obliga a recoger las terrazas / Matías Segarra
Los factores clave que explican esta tendencia tan humana son:
1. La necesidad de control y reducción de la ansiedad: ante la falta de control sobre eventos futuros, los rituales ofrecen una sensación falsa, pero reconfortante, de influencia sobre el resultado, aliviando el estrés.
2. El cerebro predictivo (mecanismo bayesiano): el cerebro funciona constantemente prediciendo el entorno basado en experiencias pasadas para minimizar sorpresas, lo que a veces genera «falsos positivos» o conexiones erróneas.
3. La búsqueda de patrones (Arqueólogos de la Regularidad): evolutivamente, sobrevivir implicaba encontrar relaciones entre eventos (trueno = lluvia). Esta habilidad se aplica a situaciones sin conexión real, creando supersticiones.
4. El sesgo de confirmación y el efecto Forer: las personas tienden a recordar las predicciones que se cumplieron y olvidar las que no, o aceptan descripciones generales (como en el horóscopo) como personales.
Estas creencias, arraigadas desde la antigüedad (como en Mesopotamia), persisten a pesar del tiempo porque ofrecen respuestas rápidas a la ambigüedad, funcionando como un «antídoto mental» contra lo desconocido. Esto explica fácilmente ciertas creencias, como la de los políticos en las encuestas electorales, sobre todo en las de Tezanos, que ya hay que tener fe, ya; las de aquellos ciudadanos que se crean las explicaciones de Mazón del día de la dana, comparables a la creencia en la existencia del planeta Raticulin de Carlos Jesús; en los que creen que lo del Tram para Elche y lo de acabar la Ronda Sur son propuestas reales y no fantasías animadas de ayer y hoy como los dibujos de la Warner; en los que aún creen que la Gestora y la Ufece van a llegar a algún acuerdo sobre la ofrenda de flores; a los que creen que poniéndose crecepelo Maromo les va a salir una mata de pelo al estilo Bob Marley, o los que apuestan por que algún día nos vayan a devolver de forma definitiva la Dama.
Por eso, ya saben que, «si la Candelaria plora, l’hivern és fora, si la Candelaria riu, el fred és viu», y créanse lo que quieran o lo que más les guste, pero crean en algo, porque, como dijo Santo Tomás de Aquino, «Todo el que cree, piensa», y el que piensa, existe, según Descartes. Por eso, y a pesar de los pesares, yo sigo creyendo a pies juntillas en Papa Noel, en los Reyes Magos y en el ratoncito Pérez, porque, como dice Anthony Doerr en su libro La Luz que no puedes ver , «pase lo que pase, nunca dejes de creer».
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