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Opinión | Tribuna

La reina del drama

Accidente tren en Adamuz, trenes Iryo y Alvia. Accidente ferroviario, descarrilamiento Córdoba. Grúas y maquinaria pesada retiran vagones del Iryo

Accidente tren en Adamuz, trenes Iryo y Alvia. Accidente ferroviario, descarrilamiento Córdoba. Grúas y maquinaria pesada retiran vagones del Iryo / Manuel Murillo Martínez / COR

Las vidas nos penden de un hilo tan fino que cuesta asumirlo. A veces, literalmente, de una decisión banal, de un gesto mecánico, de un movimiento necesario. Me persigue la historia del hombre que sobrevivió al accidente de tren de Angrois porque cambió el turno con un compañero y que murió, quince días atrás, en el accidente de Adamuz tras cambiar de vagón para ir al baño. Se llamaba Agustín Fadón y su historia condensa una premisa tan simple como incómoda: la vida no está garantizada. Ni siquiera cuando parece que ya te has salvado una vez.

Nos gusta pensar que existe una lógica, un orden, una narrativa secreta que da sentido a lo que ocurre. Que si has esquivado una bala, ya no te tocará nunca más. Que existe una especie de crédito vital acumulable. Lo llamamos estadística, pero la realidad es más seca y menos literaria. Tan poco literaria como el hecho de que apenas dos días después del accidente de Adamuz se produjera otro mortal. Y, sin embargo, ocurrió. En Gelida.

Lo sabemos, pero lo olvidamos constantemente. Vivimos como si la vida fuera prorrogable, como si siempre hubiera un después asegurado. Planificamos, posponemos conversaciones, dejamos para más adelante decisiones importantes, afectos pendientes, abrazos no dados, como si el calendario fuera un pacto firme con la existencia. Vivir viendo la muerte en cada despedida o en cada paso sería insoportable, sin duda.

Pero el azar opera sin hacer ruido. Es la auténtica reina del drama. Con el mismo gesto que te salva puede condenarte. El mismo movimiento que un día te aparta de la trayectoria de la muerte, otro día te devuelve a ella. Hablamos de minimizar riesgos porque la conocemos, a la reina, que se agazapa a la espera. Capricho. Y después, drama.

Si la vida no está garantizada, quizá convenga vivirla con un poco más de verdad. Decir antes lo que cuesta decir. Amar con menos miedo. Rebajar la arrogancia de creernos intocables. No para vivir con angustia, sino con lucidez.

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