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Opinión | Tribuna

Roberto Hurtado García

Roberto Hurtado García

Médico y escritor

Seguir subiendo: una reflexión desde la guardia

Seguir subiendo, una reflexión desde la guardia

Seguir subiendo, una reflexión desde la guardia

Sales de guardia cansado, con el sueño hecho pedazos y la vigilia pesándote en los hombros. Ya no buscas dormir: buscas un respiro del estar despierto. Te tumbas en el colchón y miras el techo, como si fuera un cielo pobre al que le pides una tregua silenciosa. Esperas que el busca no vuelva a sonar. Pero el insomnio no discute: se queda contigo y aguarda. Cada noche te roba un poco más, hasta que las siestas de otros años se convierten en un recuerdo borroso, casi de otra vida.

Te levantas y miras por la ventana. Amanece. En el reflejo del cristal aparece una escalera: la misma que has subido y bajado tantas veces, casi por reflejo, corriendo hacia una habitación donde alguien espera y tú llegas con la esperanza de hacerlo a tiempo. Entonces te asalta la pregunta, clara y punzante, la que solo nace del cansancio: ¿estoy subiendo o bajando? ¿Avanzo o solo sigo moviéndome?

Cada día los peldaños parecen más altos. No sabes si es la escalera la que crece o tú el que se encoge. Te preguntas cuánto más podrás con ella, cuánto más podrás contigo. Si lo que te empuja es el coraje o solo la costumbre, que a veces se le parece tanto que engaña.

Vuelves a mirar el amanecer. No promete nada. No consuela. Está ahí, como una prueba muda de que el tiempo sigue su curso, contigo o sin ti. Piensas que quizá no haya cielos ni infiernos en esa escalera, solo la repetición de un gesto: subir, bajar, volver a subir.

Respiras hondo. La vida no se detiene para preguntarte si estás cansado. Sigue. Y tú sigues con ella. Cambian tus pasos, no los días. Cambia tu forma de mirar, no lo que miras. Tropiezas, te levantas y vuelves a dar el siguiente paso, no por heroísmo, sino porque sigues aquí.

En la cocina te espera un café. En la casa, un silencio que pronto se llenará de voces, de risas, de algo que no se mide en horas ni en guardias. Y piensas, sin decirlo en voz alta, que quizá eso -solo eso- es lo que de verdad te sostiene.

No la escalera.

No el amanecer.

Sino la obstinada voluntad de seguir siendo alguien mientras subes.

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