Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión | Tribuna

Aganaktesis

Aganaktesis

Aganaktesis / INFORMACIÓN

El día se disuelve lentamente. Brochazos de colores gélidos en el azul del cielo anuncian un atardecer con la suficiente fuerza para colmar de resplandores la ciudad. Aprovecho el momento para repasar algo de mi historia, la historia de una vida minúscula, lágrima en la mejilla del tiempo. Pero la actualidad abruma, me aturde.

Hace algo más de un año tuve el placer de reflejar en una tribuna mis reflexiones sobre la dana que arrasó parte de nuestra Comunidad, y por ende del ejemplar comportamiento de la ciudadanía y en particular de los ilicitanos. Pero, de nuevo, la «aganaktesis». Días de consternación que concitan los varios accidentes ferroviarios a lo visto consecuencia de la cadena de decisiones que han ido carcomiendo, apolillando lo que ha sido una de las señas de identidad de la Marca España. Fallos en los elementos de la infraestructura tal vez ocasionados, entre muchas cosas, por el aumento del tráfico y la velocidad. Una desgracia que abre demasiados interrogantes en este país que había convertido la alta velocidad en su bandera, tal vez en detrimento de su «hermano pequeño»: el transporte de cercanías.

Sin ánimo alguno de precipitación en mis juicios, encuentro el argumento para escribir con las ideas convenientemente asentadas procurando vencer la fatiga consustancial al malestar y mirarlo todo, deteniéndome en lo que para otros menos observadores tal vez sean insignificancias a tenor de lo poco que del asunto se trata.

Al margen de los grandes y sesudos análisis a cargo de especialistas, contertulios, de la comisión de investigación de accidentes ferroviarios y demás osados opinadores sobre el funcionamiento de los protocolos y el posible impacto reputacional a la imagen del tren como medio de transporte seguro, innegable es que esta tragedia empaña lo que hasta ahora ha sido una de las señas más destacadas, y sobre todo para lo que es factor positivo para atraer al dichoso turismo. Momento en el que desde luego no se ofrece la mejor coyuntura, con discursos histriónicos, metáforas desafortunadas e hipérboles exageradas, defendiendo con vehemencia y difamaciones las posiciones sobre temas de los que desconocemos detalles finales, sin contraste con distintos puntos de vista para poder extraer conclusiones en clara banalidad de la indignación, enfangados en discursos que crean psicosis, desconfianza en el trasporte y las instituciones. Opiniones sin meditar ni criterio alguno sobre las cosas pueden tener consecuencias y crear con cierto estupor ámbitos desagradables con la circulación de datos falsos, imágenes manipuladas y bulos que abundan e infectan el impacto emocional. En este entorno polarizado hierve la indignación.

A mi modo de ver, se está tratando de forma tangencial una de las consecuencias a destacar, y mucho: la de las tremendas dificultades para los usuarios en sus desplazamientos, arrumbado el tema por el aluvión inercial de las valoraciones políticas que una vez más se obcecan en meter el índice en ojo ajeno. Aquello de la paja y la viga.

Hablo del aumento de las tarifas dinámicas en los transportes «obligatoriamente» alternativos que se ajustan al tiempo real según la demanda, y cuya respuesta a la prestación de servicios ha sido rápida, sí, pero para ver aumentadas sus cuentas de beneficios. Subidas desproporcionadas en situaciones de catástrofe. No encuentro explicación al porqué no se pone de inmediato freno a la especulación y se establecen y obligan precios justos para los usuarios que se ven abocados en estas situaciones imprevistas de emergencia, lo que provoca una alta demanda que dispara el costo del billete de aviones y coches de alquiler aun conociendo que dicho aumento, tras una emergencia civil, es ilegal. Es la utilización de las tragedias para forrarse como aconteció con las mascarillas, la dana, el metro de Valencia, los incendios...Tal vez aquello de «son negocios, amigo».

A raíz de la tragedia de la dana, una ley fue modificada para que las empresas del sector no anden lucrándose y cobrando hasta el triple por los trayectos y alojamientos cuando se debería facilitar los desplazamientos, si no hacerlos gratuitos, al servicio de los perjudicados y los que se ven afectados en sus trabajos, con cargo a la Administración. Cabe, pues, endurecer la regulación que prohíba la subida de precios tras accidentes y catástrofes.

En las primeras sombras del crepúsculo, en la caída de los últimos rayos de sol que alimentan el paisaje barnizándolo de colores anaranjados, leo en este diario que un marmolista de El Altet en un gran gesto solidario ofrece gratuitamente lápidas para las víctimas del trágico accidente de Adamuz, como ya hizo con la dana o el accidente de metro de Valencia. Ello nos reconcilia una vez más con la naturaleza humana, nos hace compartir lo material y lo emocional con las víctimas dando lo mejor en esta característica que nos hace más humanos, que fortalece la empatía y causa un impacto positivo no sólo por aliviar y ayudar a los receptores sino que por igual mejoran nuestra autoestima y bienestar emocional. Exhibición de espontánea solidaridad frente a lo que tanto «listo» expone y aprovecha con total impunidad ante otra constatación del enésimo fracaso institucional. Siempre debe prevalecer sin cortapisas el valor humano que haga del mundo un lugar mejor y que alivie el impacto de las tragedias, y no que hurgue y se lucre en la tremenda y supurante herida de una desgracia.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents