Opinión | A propósito de todo
El amor antes de que llamen al siguiente a la consulta

El amor antes de que llamen al siguiente a la consulta.
Hace un par de semanas estaba sentado en la sala de espera del hospital enfundado en mi chupa de cuero y mis Adidas rosas. Estaba ya poniéndome un poco nervioso —las horas pasan lentas cuando estás en una sala de espera y no estás enfermo, solo de paso— cuando fui uno de los afortunados a los que llamaron pronto.
Al cruzar el umbral de la puerta, le vi. Escribiendo frente al ordenador había un chico moreno, de metro ochenta, con ese peinado que llevan ahora los chicos modernos: aparentemente desenfadado, cuidadosamente pensado. Llevaba un pijama blanco de enfermería y esa calma que solo se adquiere después de ver a demasiada gente nerviosa al día. Levantó la vista, dijo mi nombre en alto y, sin preguntar demasiado, adivinó mi lugar de nacimiento. Si sabes un mínimo de geografía alicantina no es difícil. Yo sonreí. Asentí. Luego me contó de dónde era él, su nombre y alguna cosa más, como si estuviéramos matando el tiempo en una barra de bar y no en una consulta con una camilla de papel.
No pasó nada extraordinario. Y, sin embargo, pasó algo. Esa sensación casi imperceptible de que alguien te está mirando de verdad. No evaluándote, no cumpliendo un protocolo, no pasando página mentalmente. Mirándote. Como si, por unos segundos, dejaras de ser un paciente, un número o un trámite más del día.
Al salir de allí, agarré el móvil y le escribí a mi amiga: «Tía, me he enamorado». Inmediatamente añadí una carcajada. No creo en el amor a primera vista, sí en la atracción. Me contestó con cinco interrogaciones seguidas. En el idioma de mi amiga eso significa incredulidad, ironía y un «me estás vacilando».
Salí del hospital con una receta en el bolsillo y una historia que no iba a pasar de ahí. Al principio, ingenuo de mí, pensé que su nombre aparecería en el papel que me habían dado. Como si el destino trabajara con sellos oficiales. Pero solo había una firma ilegible, un garabato. De haber tenido su nombre apuntado tampoco hubiera hecho nada, no voy a mentir, aunque me encantaría escribir que me apuntó su teléfono, a la antigua, debajo de mi número SIP. Aun así, a pesar de tener la nada, yo sentía que me había llevado algo más: la certeza de haber sido visto por alguien que no tenía por qué verme. Que me había dedicado un tiempo de más en una agenda con demasiados pacientes y tiempo de menos en la mañana.
Los sentimientos en zonas de paso son así: breves, improbables y perfectamente delimitados por una puerta corredera. No se intercambian teléfonos ni promesas. Se intercambian miradas. Y, a veces, eso es más de lo que ocurre en relaciones que duran años. Quizá por eso nos descolocan tanto. Porque nos recuerdan que no siempre buscamos grandes historias, sino pequeños momentos de reconocimiento. Que, en el fondo, no queremos tanto que nos quieran como que nos miren y nos digan, sin decirlo: te veo. O me he fijado en las zapatillas que llevas. O un: ¿puede ser que con ese apellido seas de este pueblo?
Y desde ese día me pregunto que si no será eso lo que seguimos buscando una y otra vez, incluso en los lugares más insospechados: no a alguien que se quede, sino a alguien que, aunque sea durante una consulta de diez minutos que se llegan a ampliar hasta veinte, nos devuelva la sensación de existir un poco más.
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