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Opinión | Oído, visto, leído

El Post y Aída

Fotograma de la película «Aída y vuelta»

Fotograma de la película «Aída y vuelta» / Mediapro/EFE

The Washington Post. El diario más icónico de todos los tiempos pasa por sus peores momentos. El periódico más célebre y cinematográfico de toda la prensa mundial ha despedido esta semana (y por correo electrónico) a un tercio de su plantilla. El cierre se puede achacar en parte a la inhumanidad y la ceguera de Bezos y al odio de Trump, pero hay una verdad durísima e imposible de esquivar: entre 2023 y 2024 el periódico perdió ciento ochenta millones de euros (o sea –y para que se hagan idea de la edad que tengo– treinta mil millones de las antiguas pesetas). Y seguro que hacen el mejor producto posible para sus lectores y sus redactores dan lo mejor de sí. Pero al Post le pasa exactamente lo mismo que le pasa a cualquier empresa de cualquier sector que pierde treinta mil millones de pesetas en dos años. Las cosas, como son.

El Post fue el periódico que consiguió, tras una investigación de más de dos años, hacer que Richard Nixon dimitiera en 1974. Aunque la gente tiene en mente a Robert Redford y Dustin Hoffman en los papeles de los redactores Woodward y Berstein en la estupenda Todos los hombres del presidente, los mayores héroes de aquella machada fueron su director, Ben Bradlee, y su editora y dueña (igualita, igualita que Bezos), Katherine Graham, que aguantaron lo que no está en los libros (y apoyados por unas cuentas estupendas: la mejor garantía posible para ganar todo tipo de batallas en este sector). Eso tuvo consecuencias buenas en todo el mundo: que a los presidentes mentirosos y políticos infames les pasara factura cometer tropelías. Y también tuvo alguna negativa: las facultades de periodismo se llenaron de gente pensando que podía ser mucho más rentable y glamuroso intentar cargarse a un presidente que hablar de los problemas de la recogida de basuras o de los socavones de las calles (en España algunos ejemplos hay, hubo y habrá). Con el tiempo, la épica y la mística periodística fueron a menos y los gabinetes de comunicación de gobiernos, empresas e instituciones, a más, levantados a modo de empalizadas. Las tendencias de consumo y la aparición de internet han acabado por configurar un tsunami lleno de olas a las que los redactores de medio mundo tienen que subir y mantenerse en ellas porque, a la vez que es una amenaza, también representa no pocas oportunidades. En cualquier caso: lo digital apareció a principios del siglo XXI y aquí seguimos, pese a todo y a todos.

El León y la Machi. Estupenda película la que se marca Paco León, con Carmen Machi como musa. Aída y vuelta es divertida, ingeniosa y tiene una idea, un ritmo y un guion estupendo, pero que puede que sea un fracaso: la gente va al cine –sala casi llena el día del estreno, ojo– pensando que es un capítulo largo de la serie que fue un exitazo (social) durante casi diez años, pero sale cabreada tras no ver a la Aída que esperaban. A cambio Paco León –un tipo peculiar, un bufón, un gamberro lleno de talento capaz de hacer algo como Carmina o revienta o esa maravilla que fue Arde Madrid– nos ofrece la trastienda de la misma, con sus egos, y sus miserias. De paso, León se ríe de los excesos del me too, del lenguaje inclusivo (genial Miren Ibarguren), de los directores de las series, de las productoras de televisión, de la doblez (y endeblez) de los actores. Y Carmen Machi es, definitivamente, de otro planeta. Una gozada total, pero ojalá que no sea un fracaso.

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