Opinión | La pluma y el diván
Conversaciones

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Son las doce de la mañana de un día cualquiera y voy caminando por la avenida Maisonave con dos libros que acabo de comprar. Voy distraído y, sin querer, alcanzo a un grupo de chicos jóvenes que van hablando como si fueran sordos y alcanzo un retazo de conversación de lo más sustanciosa.
"Tía, le dice una a otra, yo le voy a regalar a esa un peluche monísimo que sale barato y si no le gusta que le den… a mí me encanta y con eso tengo bastante, o es que encima le tiene que gustar a ella. A mí me regaló en mi cumple una pulsera de lo más cutre, que no se la tiré a la cara por no acabar en el hospital. No querrá encima que le regale lo que le gusta".
Todos reían compulsivamente ante semejantes argumentos y fueron farfullando incoherencias embrolladamente hasta que me alejé con una media sonrisa espontánea que me sorprendió a mí mismo.
A las cinco de la tarde de cualquier otro día, estoy sentado en una terraza de la playa de San Juan ojeando el periódico ante una espléndida taza de té. Las noticias ya no me sobresaltan porque he adquirido una tolerancia a la catástrofe que es una auténtica bendición para sobrevivir en esta jungla desalmada en que nos han metido.
Me encuentro inmerso entre unas cuantas vilezas periodísticas, cuando en la mesa contigua una pareja de treintañeros consigue que mi atención se desvíe sin ninguna intención. Tienen un pequeño rifirrafe en sordina sobre sus intimidades sexuales recientes que por lo que verbaliza ella no son, ni por aproximación, lo que desearía para su mínima satisfacción.
Él, por su parte, se defiende como gato panza arriba, intentando convencerla de que no está en su mejor momento, aunque poco a poco se va liando con sus propios argumentos y acaba achacándole a su pareja que la catástrofe sexual por la que está pasando circunstancialmente es gracias a ella.
Tras echarse a llorar como una posesa y soltar varios exabruptos e improperios se levanta de la silla estrepitosamente y huye de la situación sin darle la oportunidad al ofensor de una merecida disculpa.
Sin quererlo y sin buscarlo nos convertimos en ladrones de conversaciones ajenas a las que no hemos sido invitados y de las que, posiblemente, no querríamos ser partícipes en la mayoría de los casos.
En esta época tecnológica por antonomasia, los teléfonos móviles son el fenómeno estrella para robar conversaciones, con el inconveniente de que nos quedamos solamente con parte de la conversación, porque nos falta un interlocutor.
Nos hemos vuelto especialmente insensibles a la privacidad y hablamos con desparpajo por el móvil en cualquier lugar sin ningún pudor. Quizás sea mejor callar como un muerto, que decir estupideces.
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