Opinión | Tribuna

Médico y escritor
Groenlandia

Vistas de Nuuk, capital de Groenlandia. / EFE / Anxo Lamela / ARCHIVO
De niño creía que el mundo se acababa un poco más allá de los almacenes de los labradores. Allí donde el pueblo dejaba de ser pueblo y empezaba un descampado sin nombre, ardiente en verano y desangelado en invierno, levantamos nuestra primera patria. La llamábamos Groenlandia, aunque no supiéramos señalarla en un mapa. Nos bastaba con que sonara lejana, grande, invencible.
La cabaña la construimos con somieres oxidados que chirriaban al moverlos y con trozos de uralita sacados de una obra donde nadie parecía echarlos de menos. El techo dejaba pasar la luz en rendijas torcidas, y a veces el sol entraba como un intruso curioso, a ver qué conspirábamos allí dentro.
Desde aquel refugio planeábamos expediciones al cementerio —que para nosotros era América, o algo todavía más lejos— y mirábamos la antena del monte como si fuera una torre caída de otro planeta. Éramos pobres en cosas, pero ricos en horizonte. La bandera pirata, deshilachada y orgullosa, ondeaba sobre un país hecho de polvo y risas.
El verano convertía el colegio en barraca de fiestas. No había clases ni maestros, solo música, mesas largas con manteles de papel y un aire espeso de conversación. De allí "rescatábamos" alguna botella de cola que luego bebíamos en la cabaña, despacio, como si brindáramos por una independencia recién estrenada.
El tiempo, como siempre, no pidió permiso. Un día dejamos de ir. Pensábamos, con esa fe que solo tienen los niños, que los países no desaparecen solo porque uno se olvide de ellos.
Volví un domingo, de esos en los que uno regresa al pueblo para comprobar que las paredes siguen en su sitio y que el arroz sabe igual que siempre. En lugar de Groenlandia encontré una valla. Alta, limpia, definitiva. Un cartel anunciaba la próxima construcción de viviendas de lujo. Lo leí despacio, con esa incomodidad que provocan las palabras que se presentan como inevitables.
Años después, ya lejos de aquel descampado, escuché a un presidente de los Estados Unidos sugerir que quizá se podía "comprar" Groenlandia, la otra, la de verdad, la que aparece en los mapas. Sonreí al principio, como se sonríe ante una ocurrencia. Pero la sonrisa se me quedó a medio camino. Porque el gesto era el mismo que el del cartel de mi infancia: una promesa de futuro colocada sobre algo que ya tenía nombre y vida.
La Groenlandia del Ártico no es un espacio en blanco. Es un territorio habitado, con su lengua y su manera de resistir al frío y al mundo. Pero el deshielo, las rutas marítimas y los recursos que duermen bajo el hielo la han devuelto al centro de una ambición que entiende más de mapas y cifras que de canciones o banderas torcidas.
Entonces comprendí que mi descampado y aquel país lejano se parecían más de lo que habría querido. Ambos habían sido mirados, en algún momento, como un hueco por ocupar.
Quizá la ambición siempre se parezca un poco a una guerra, incluso cuando no hay soldados ni disparos. Avanza con palabras grandes —progreso, seguridad, desarrollo— y va tomando terreno mientras deja atrás algo que no suele aparecer en los informes: la vida que ya estaba allí.
A veces me pregunto si crecer consiste en aceptar esas vallas o en aprender a verlas. Yo prefiero pensar que todavía podemos levantar, aunque sea en la página de un dominical, una pequeña bandera torcida que recuerde que no todo territorio es una mercancía y que no todo futuro se construye borrando lo que hubo antes.
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