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Opinión | Tribuna

Singular incidencia invernal de potentes borrascas atlánticas

Estas son las playas más afectadas por las borrascas Ingrid y Harry en Alicante

Estas son las playas más afectadas por las borrascas Ingrid y Harry en Alicante / Pilar Cortés

Durante el pasado mes de enero han transitado por la península ibérica, alcanzándola de lleno, media docena de vigorosas y enérgicas borrascas atlánticas, identificadas con nombres propios: Francis, Goretti, Harry, Ingrid, Joseph y Kristin. Estos seis ciclones extratropicales o noruegos, profundos, de isobaras prietas y acentuados gradientes de presión -sin que haya faltado más de un caso de ciclogénesis explosiva-, con empinados anafrentes fríos, han originado temporales muy duros, con manifestaciones meteorológicas sumamente violentas y peligrosas: furiosos vendavales, causantes de numerosos daños en tierra y enorme riesgo en las costas, desde oleaje fuerte a, en algún sector y momento, viento huracanado, mar de gravísimo peligro, sin que hayan faltado, con velocidades de 85-100 km/h, fenómenos de mar arbolada y montañosa.

Han motivado asimismo dichas perturbaciones precipitaciones, tanto líquidas como sólidas, muy abundantes: relativamente frecuentes en tierras gallegas, catalanas y andaluzas; acumulaciones pluviométricas superiores a 100 mm/12 horas, con aguaceros breves e intensos, traducidos en desbordamientos fluviales e inundaciones; así, por ejemplo, las crecidas en los ríos Tambre, Ter y Guadalete.

Añadamos copiosas nevadas en las cordilleras cantábrica, pirenaica, ibérica y central, así como en la meseta septentrional; sin que haya dejado la nieve de hacer acto de presencia en la meridional, incluso en cotas inferiores a 500 m en otras áreas.

En íntima relación con este hidrometeoro no cabe olvidar dificultades en las carreteras ni el elevado riesgo de aludes en determinadas vertientes montañosas; con pérdida de vidas humanas por una u otra causa.

Muy pocas veces las referencias al tiempo han capitalizado la información en la medida que lo hicieron el pasado mes de enero. Sin embargo, ello no ha sido óbice para que algunas cuestiones esenciales apenas hayan merecido consideración; primordialmente, las siguientes: ¿por qué las borrascas atlánticas han encontrado un corredor libre y despejado para alcanzar y atravesar la península ibérica? ¿Cuál ha sido el motivo de que las borrascas desciendan acusadamente en latitud? ¿Qué masas de aire han entrado en contacto? ¿Cómo han sido posibles en invierno precipitaciones tan cuantiosas?

Al primero de los interrogantes proporciona respuestas la denominada Oscilación del Atlántico Norte (NAO). Este patrón de variabilidad de baja frecuencia relaciona dos centros de acción de origen primordialmente dinámico: el anticiclón o máximo de Azores, fruto primordial de la subsidencia subtropical, y el mínimo subpolar o área ciclonal de Islandia, resultante del efecto hidrodinámico del obstáculo ocasionado sobre el flujo del oeste por dicha isla.

El mar engulle la playa de El Pinet en La Marina por la borrasca Harry

El mar engulle la playa de El Pinet en La Marina por la borrasca Harry / Áxel Álvarez

El referido nexo se establece entre los datos barométricos, reducidos a nivel de mar, de Ponta Delgada, en la isla de San Miguel (archipiélago de Azores) y Akureyri (Islandia). Inviernos con NAO positiva son aquellos de índice superior a 1, entonces el anticiclón de Azores posee valores de presión superiores a los valores medios correspondientes.

A diferencia, en los inviernos con NAO negativa el índice es inferior a -1 y resultan más fríos de lo normal en Europa Occidental y registros de precipitación superiores a la media, originados por una mayor frecuencia en la llegada de borrascas atlánticas. La fase NAO resulta negativa (NAO-) cuando tanto el anticiclón de Azores como el mínimo de Islandia se debilitan.

Es de recordar que, a pesar de su adscripción geográfica, los máximos subtropicales no son estacionarios, sino que obedecen, con variaciones de unos años a otros, al mecanismo cósmico de las estaciones; así pues, en general, cobran latitud en el verano correspondiente y la pierden, en mayor o menor medida, durante el invierno. Algunos inviernos la retracción resulta particularmente acusada y mayor la pérdida de entidad, traduciéndose ello en fase de oscilación Nor-Atlántica negativa.

Esta situación depara la configuración de un amplio corredor por el que circulan sin dificultad ni traba alguna los ciclones extratropicales o noruegos, de manera que estas borrascas atlánticas alcanzan sin dificultad la Península Ibérica y la atraviesan o cruzan. Así pues, la llamativa incidencia de borrascas muy potentes y activas durante este invierno de 2026 se produce en una prolongada fase negativa de la Oscilación del Atlántico Norte (NAO).

También ha llamado la atención que este invierno las borrascas atlánticas, articuladas por la corriente en chorro templada, han descendido notoriamente de latitud, dejando sentir con notoria intensidad sus efectos en Canarias, baja Andalucía, tierras malagueñas y almerienses; baste con recordar los desbordamientos de ríos malagueños y gaditanos a causa de diluvios muy copiosos e intensos, o los destrozos por los vientos huracanados (>120 km/h) de la Borrasca Kristin en las comarcas almerienses de Los Vélez y Valle del Almanzora.

Como se ha indicado, la frontogénesis ha sido muy activa y bien abundantes las precipitaciones, en forma de lluvia o nieve. De ahí que resulte obligada la consideración, por sucinta que sea, de la naturaleza de las masas de aire en juego y de los mecanismos causantes, en pleno invierno, de aguaceros y nevadas tan copiosos e intensos.

Singular incidencia invernal de potentes borrascas atlánticas

Singular incidencia invernal de potentes borrascas atlánticas

El aire con elevada humedad específica y alto potencial energético ha sido primordialmente, atendida además, la distribución espacial de las precipitaciones, aire tropical marítimo; sin excluir alguna reposición, en la fachada oriental, de aire supramediterráneo, beneficiario de aguas marinas relativamente cálidas aún. Hogar de este aire tropical marítimo es el máximo subtropical de Azores, célula de alta presión con reducida o escasa circulación horizontal, áreas de calma donde el aire permanece suficiente tiempo en contacto con aguas relativamente cálidas, que lo enriquecen en vapor de agua; es aire que llega a la península ibérica durante el invierno con temperaturas entre 12 y 15 ºC y una considerable carga higrométrica.

Es de notar la proximidad térmica e higrométrica del aire mediterráneo al tropical marítimo atlántico, al extremo que a 2.000 m de altitud no se diferencian, prácticamente, uno de otro. De diversas procedencias, polar marítimo, polar continental o, incluso, tropical continental en origen, la transformación en aire mediterráneo es el resultado del enriquecimiento energético a expensas de ese enorme reservorio de agua y calorías que es la cuenca del Mediterráneo occidental.

En las borrascas de referencia la frontogénesis se ha producido casi siempre entre aire tropical marítimo y polar continental. Rasgos esenciales de este último son temperaturas bajas, siempre negativas, relación de mezcla exigua, en masas de aire densas y estables, proclives, al entrar en contacto con aire tropical marítimo o mediterráneo, a generar anafrentes.

Como se ha destacado, las borrascas de referencia han ocasionado, particularmente en tierras gallegas, catalanas y andaluzas aguaceros muy copiosos e intensos, que en tres o cuatro horas, menos a veces, han excedido el centenar de milímetros. Este tipo de precipitaciones y las nubes causante de las mismas, de fuerte desarrollo vertical, particularmente cumulonimbos, dicen relación a empinados, en la vertical, frentes fríos anabéticos, en los que aire polar continental, al introducirse, en cuña, bajo aire tropical marítimo y, a veces, mediterráneo, con elevado potencial energético, al liberar, en el proceso de evaporación, energía latente, ha podido ascender, con gradiente pseudoadiabético relativamente reducido, generando gigantescos cumulonimbos; a los que ha puesto techo, con aparición del clásico yunque cirroso, la discontinuidad de la tropopausa.

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