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Opinión | Ver, oír y gritar

Vía libre a la toxicidad

España prohibirá el acceso a las redes sociales a menores de 16 años

España prohibirá el acceso a las redes sociales a menores de 16 años / Europa Press

Éramos pocos y los tecnoligarcas han dado a luz unas fangosas criaturas verbales contra el presidente del Gobierno español. O sea, es un atentado contra la libertad el prohibir el uso de las redes sociales a menores de 16 años e implantar medidas para combatir el odio, los bulos y castigar a las plataformas digitales y a los directivos que no retiren contenidos de esa índole. A eso se le llama ser «fascista», entre otras lindezas.

Ciertos magnates de las redes fomentan lo que denominan a Sánchez e invitan a los usuarios a mantenerse vigilantes, exigir transparencia y luchar por sus derechos. Causa emoción la bondad de esta clase de personas que velan, sobre todo, por sus intereses multimillonarios. El problema no es esa prohibición, sino dar rienda suelta al despropósito en nombre de la democracia y en favor de un Estado no vigilado. Las normativas peligrosas son las que admiten el «todo vale» y formas de poder absoluto.

La desinformación de millones de individuos en el mundo, jóvenes especialmente, y el debate político contaminado no parece que sean las opciones más sensatas, excepto para los especímenes que viven de eso y alimentan ese tipo de causas que erosionan la confianza en las instituciones. Los pseudomedios reaccionarios, pagados por la derecha en sus diferentes comunidades, componen otra fuente tóxica al servicio de cada amo.

¿Regular las redes con la intención de proteger a los menores e imponer un freno y algo de limpieza, que neutralice la impunidad de algunos, conforman una descabellada actitud que perjudica la salud de la mayoría? Países europeos están en la misma onda de no permitir vía libre a la toxicidad. No es fácil regular en este sentido. Al fin y al cabo, los padres admiten o no la posibilidad de que sus hijos accedan al uso del móvil. Trump amenaza con represalias a cualquier gobierno que toque los intereses de las grandes multinacionales tecnológicas de su país. Y no se trata de simples actos de censura.

Bien está promover la discrepancia saludable, no alentar ninguna clase de violencia. No es cuestión, por razones de higiene democrática, de que el insulto, la manipulación y la mentira triunfen en perjuicio del interés general, con nocivos efectos para adolescentes de especial manera. ¿Esto es traicionar al pueblo de España? Los espíritus totalitarios ven en otros lo que ellos representan. El hecho de restablecer ciertos controles solo quiere poner un poco de orden en el infumable gallinero y beneficiar mayoritariamente.

A muchos estudiantes españoles les ponen en bandeja un teléfono a los 11 años. La conexión suele ser excesiva e incontrolada, lo que interfiere, según los correspondientes estudios, en la vida cotidiana y se asocia a síntomas de ansiedad, depresión y riesgo suicida. ¿Es para cruzarse de brazos? Está demostrado. Las redes alteran el equilibrio y el bienestar emocional de los más jóvenes. Reducen la capacidad de concentración y atención. Por tanto, lo alarmante no es la regulación de acceso a las redes sociales. Lo peor es rendirle culto al desatino con todas sus indeseables consecuencias.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la jornada ‘Formación Profesional y Empresa: la alianza que impulsa el futuro’, en el Ministerio de Educación, a 4 de febrero de 2026, en Madrid (España). La cita, en la que también interviene la ministra

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la jornada ‘Formación Profesional y Empresa: la alianza que impulsa el futuro’, en el Ministerio de Educación, a 4 de febrero de 2026, en Madrid (España). La cita, en la que también interviene la ministra / Matias Chiofalo - Europa Press

También es verdad que no es una solución en sí misma. Puede haber falsa sensación de seguridad y es necesaria una verificación eficiente de la edad. La educación y el acompañamiento para hacer una utilización responsable resultan imprescindibles. Pero sigue la controversia de los desenamorados. ¿Una medida precipitada que se toma con poca evidencia de calidad? ¿No existe el impacto de las redes sobre la salud mental? La prohibición de acceso puede valer. Y la regulación de las propias redes, de su diseño y el de los dispositivos, es aún más importante en la búsqueda de mayor eficacia.

En el carnaval político se baila la samba y la juerga hace de las suyas. En Podemos se disfrazan de superhéroes y superheroínas, pese a que en las elecciones de Aragón han desaparecido por un motivo u otro. Tachan de «globo sonda» el anuncio realizado por Sánchez, vestido de jugador de golf dispuesto a meter en el hoyo la pelotita ante la «incapacidad» de resolver las dificultades de la ciudadanía. Da la casualidad de que la prohibición de acceso ya está recogida en un proyecto de ley orgánica que se encuentra, retrasadamente, en tramitación parlamentaria. Además, la ley de protección de datos prohíbe acceder a los menores de 14 años, excepto si tienen la aprobación paterna.

Cualquiera que no consuma medios de comunicación tradicionales y que no comulgue, equivocadamente o no, con determinadas políticas tiene derecho a manifestarse. Limpiamente. No es lo mismo la crítica en las redes o donde corresponda que el exabrupto, la falacia y el golpismo mediático y judicial. La amenaza antidemocrática. El próximo Día de San Valentín no habrá muestras de afecto y amistad entre los ejemplares de la fauna política nacional e internacional. En el paisaje carnavalero de cada día hay gallos de pelea, espantapájaros, fantasmas, dinosaurios y cavernícolas. La reina bruja o algunos disfraces de astronautas. Que se vayan a Marte y no envenenen más.

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