Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión | Tribuna

Gaspar González Jurado - Gutiérrez

Gaspar González Jurado - Gutiérrez

Jefe de centros de gestión de reclamaciones en Telefónica.

San Valentín también habla de otro tipo de amor

San Valentín también habla de otro tipo de amor

San Valentín también habla de otro tipo de amor

Cada 14 de febrero celebramos el amor. Al menos eso creemos. Flores, cenas, mensajes, gestos que buscan recordar a la otra persona que está ahí. Es una celebración socialmente aceptada, casi automática, que asociamos a lo bonito, a lo deseable, a lo que nos hace sentir bien.

Sin embargo, ese mismo día convive en silencio otra realidad mucho menos visible: el Día de las Cardiopatías Congénitas. Una coincidencia de calendario que, lejos de ser anecdótica, dice mucho de cómo entendemos, y de cómo olvidamos, determinadas formas de amar.

Las cardiopatías congénitas afectan a miles de niños y niñas desde el nacimiento. No son un suceso puntual ni una etapa breve: son una convivencia constante con la fragilidad, la incertidumbre y el miedo. Para quienes las viven de cerca, el amor deja pronto de ser un sentimiento abstracto y se convierte en algo mucho más concreto: estar, cuidar, acompañar, sostener cuando no hay respuestas claras.

Desde lo vivido aprendí que el amor no siempre viene envuelto en momentos felices. A veces llega disfrazado de preocupación, de noches largas, de hospitales, de decisiones difíciles. A veces amar es simplemente no irse. No mirar hacia otro lado. Permanecer.

Mi hijo, Gasparín, nació con una cardiopatía congénita. Vivió cinco meses. Cumplió su misión en la tierra y marchó al cielo. No lo cuento desde el dramatismo, sino desde la conciencia profunda de que hay vidas breves que transforman más que muchas largas. Él me enseñó, sin palabras, que el amor no siempre cambia lo que duele, pero sí cambia radicalmente la forma en la que lo atravesamos.

Esa forma de amar, menos idealizada y mucho más real, es la que practican cada día miles de familias. Familias que no eligieron ese camino, pero que lo recorren con una dignidad inmensa. Y también es la que sostienen asociaciones como Menudos Corazones, que acompañan, orientan y dan soporte a quienes atraviesan este tipo de realidades. Porque el amor, cuando es auténtico, no se queda en la emoción: se organiza, se estructura y se convierte en acompañamiento.

De esa experiencia vital nació Un viaje de amor y pérdida. No como un libro sobre la muerte, sino como el legado de Gasparín en vida. Un intento honesto de transformar lo vivido en algo útil para otros, y un proyecto 100 % solidario, cuyos ingresos se destinan íntegramente a Menudos Corazones. No para dar lecciones, sino para seguir acompañando.

Quizá por eso el 14 de febrero merece una mirada más amplia. Sin quitarle lo bonito, pero añadiéndole profundidad. Recordando que el amor no siempre es celebración, pero siempre es presencia. Que no siempre es fácil, pero sí profundamente humano.

Tal vez ese día, además de flores y palabras bonitas, también podamos pensar en los pequeños corazones que luchan desde el primer latido. Y en las personas que, lejos de los focos, aman cada día de la forma más silenciosa y valiente que existe: quedándose.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents