Opinión | Tribuna
Davos: más preguntas que respuestas ante el impacto de la IA

PI STUDIO
El Foro Económico Mundial de 2026 cerró sus puertas en Davos-Klosters dejando tras de sí un eco de incertidumbre que resuena con más fuerza que las promesas tecnológicas de años anteriores. Bajo el lema "Un espíritu de diálogo", la cumbre se convirtió en un espejo incómodo de un orden global fragmentado, donde la inteligencia artificial (IA) ha pasado de ser una curiosidad de laboratorio a convertirse en el centro de una batalla geopolítica y económica sin precedentes. Lo que se vivió en las montañas suizas no fue un encuentro de consensos cómodos, sino una radiografía precisa de un momento histórico donde la tecnología avanza a una velocidad que los sistemas políticos y educativos simplemente no pueden alcanzar. Ya no hablamos de hype o de promesas a futuro; hablamos de una ejecución forzosa que está redefiniendo quién está en la mesa y quién, en palabras de los observadores más agudos del foro, está en el menú.
El choque de realidad entre el mercado y la utilidad real
La conversación en Davos 2026 ha estado marcada por un pragmatismo casi gélido. Mientras que en ediciones anteriores la IA se presentaba como una panacea, este año los líderes globales han empezado a exigir pruebas de su rentabilidad.
La advertencia es clara: el retorno financiero de la IA todavía es limitado y las inversiones multimillonarias aún no se traducen en mejoras generalizadas de la rentabilidad. Satya Nadella, CEO de Microsoft, fue contundente al respecto: "Como comunidad global, tenemos que llegar a un punto en el que usemos la IA para hacer algo útil que cambie los resultados para las personas, las comunidades, los países y las industrias". Esta llamada a la IA útil busca evitar una burbuja concentrada en unas pocas big tech y democratizar su impacto, aunque el propio Nadella reconoció que el despliegue será profundamente desigual debido a la falta de infraestructuras críticas en el Sur Global.
A este desafío de utilidad se suma un cambio de paradigma técnico que Jensen Huang, presidente de NVIDIA, resumió de forma magistral: "La IA no es software que se programa, es software que se entrena". Este tránsito de escribir código a enseñar sistemas es una revolución estructural que obliga a cada empresa e individuo a redefinir sus procesos.
Sin embargo, la competencia por el control de estas mentes entrenadas ha derivado en una guerra comercial abierta. Dario Amodei, cofundador de Anthropic, defendió posturas drásticas en el marco de la seguridad y la geopolítica, llegando a afirmar que "no vender chips a China es una de las cosas más importantes que podemos hacer para asegurarnos de que tenemos tiempo para gestionar esto", refiriéndose al riesgo de que la IA se descontrole al alcanzar la inteligencia artificial general (AGI). En este escenario, la estabilidad ya no depende de tratados diplomáticos, sino de quién controla la infraestructura energética y de computación necesaria para que la IA siga funcionando.

Imagen creada con Perplexity / INFORMACIÓN
El tsunami en el mercado laboral y la nueva jerarquía de habilidades
Uno de los puntos de mayor fricción en Davos ha sido, sin duda, el impacto de la IA en el empleo. El Fondo Monetario Internacional (FMI) lanzó una cifra que debería hacernos reflexionar: la IA golpeará el mercado de trabajo como un tsunami, afectando al 40 % de los puestos a nivel global y hasta al 60 % en las economías avanzadas.
Las visiones entre los líderes tecnológicos son, sin embargo, contrapuestas. Por un lado, Dario Amodei advirtió que la IA podría eliminar "la mitad de los empleos de oficina de nivel inicial", lo que supone un golpe directo a la base de la clase media profesional.
En el otro extremo, Demis Hassabis, CEO de Google DeepMind, se mostró más optimista al asegurar que "se crearán empleos más significativos", aunque reconoció que cuando llegue la AGI, en un horizonte de cinco a diez años, entraremos en terreno desconocido donde el sentido del propósito humano se pondrá a prueba.
Este panorama ha acelerado lo que en educación ya llamamos el fin de la "titulitis". El mercado laboral de 2026 ya no busca diplomas estáticos, sino lo que el Foro denomina power skills. El Informe del Futuro del Empleo del WEF estima que el 39 % de las habilidades actuales serán obsoletas para 2030. Ante este escenario, la capacidad de resiliencia, el pensamiento crítico y la curiosidad se convierten en el único capital humano seguro.
Christy Hoffman, de UNI Global Union, calificó este 2026 como un punto de inflexión y denunció que los gobiernos no están preparados para la velocidad de la pérdida de empleos, exigiendo redes de seguridad más sólidas y nuevas estructuras fiscales que eviten que el coste social recaiga sobre los más vulnerables. La IA no es solo una herramienta de sustitución, sino un factor de aumento de capacidades, pero solo para aquellos que tengan acceso a la formación necesaria.

Imagen creada con ChatGPT / INFORMACIÓN
La escuela ante el abismo de la incertidumbre
En el ámbito educativo, Davos 2026 ha certificado que todo va a cambiar, pero nadie parece tener una hoja de ruta clara. La incertidumbre es la nota dominante tanto para docentes como para estudiantes, que ven cómo las profesiones para las que se forman se transforman en tiempo real.
UNICEF lanzó una advertencia fundamental en las sesiones organizadas por HundrED: estamos en un momento crítico en el que la balanza debe inclinarse hacia la equidad para evitar que la IA incremente la brecha digital en las zonas desfavorecidas. No se trata de aplicar parches tecnológicos, sino de una transformación sistémica profunda. En este sentido, Nieves Segovia, presidenta de la Institución Educativa SEK y única representante española en estos debates, insistió en la necesidad de enfrentar esta gran incertidumbre con modelos orientados al desarrollo de habilidades humanas esenciales como el liderazgo ético y la colaboración.
El riesgo no es solo académico, sino social y emocional. El Global Risks Report 2026 sitúa los resultados adversos de la IA y la desinformación en el top 10 de amenazas mundiales. En la escuela, esto se traduce en nuevas formas de violencia, como el uso de IA para el ciberacoso, que ya afecta al 14,2 % de los casos reportados. La educación debe, por tanto, alejarse del miedo y las prohibiciones, que solo aumentan la brecha, para abrazar una pedagogía valiente.
Debemos enseñar IA con propósito, fomentando un pensamiento crítico que permita a los alumnos evaluar la validez de las fuentes y comprender la ética que hay detrás de los algoritmos. La conclusión de Davos es que la tecnología puede ser una palanca de inclusión, pero solo si somos capaces de invertir en las personas con el mismo rigor con el que invertimos en procesadores. Adaptarse ya no es una opción competitiva, es una condición de supervivencia básica en un mundo que ha dejado atrás el viejo business as usual.
Tras escuchar a los que diseñan el futuro en Davos y ver la velocidad a la que el suelo se mueve bajo nuestros pies, la pregunta es inevitable: ¿estamos preparando a las próximas generaciones para liderar la tecnología o simplemente para ser los usuarios que alimenten los sistemas de quienes ya han decidido por nosotros?
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