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Opinión | El ojo crítico

Feijóo se humilla ante Vox

Feijóo apela a la “responsabilidad” de Vox: “No pueden convertirse en un muro, porque yo no soy Sánchez”

PI STUDIO / FOTO: JOSÉ LUIS ROCA

El cambio de criterio de Alberto Núñez Feijóo respecto a posibles pactos con la formación ultraderechista Vox sólo cabe concebirse como una claudicación ante el ideario neofascista por parte del presidente del Partido Popular, incapaz de haber formado un discurso propio frente a su gran oponente político que está impidiendo que su liderazgo se asiente en la derecha española y que no es otra que Isabel Díaz Ayuso, la sultana de Madrid.

Del Feijóo que llegó a Madrid con el histórico birrete puesto en la cabeza en contraposición al carácter tosco de los populares gallegos de la boina y afirmando que no llegaba a Madrid para insultar sino para hacer política, pasó a ser el Feijóo que poco a poco hizo suyos los discursos disparatados de Ayuso y los insultos y conspiranoias de Vox. Aquel Partido Popular que tanto se empeñó en querer ser de centro liberal, con unos dirigentes que cacareaban a los cuatro vientos una supuesta condición centrista del PP, se ha echado en brazos de Vox como la única manera de conseguir, algún día, llegar al Palacio de la Moncloa.

Santiago Abascal, emperador de Vox, va a poner muy difícil su apoyo a Feijóo. Por un lado, porque quiere hacer pagar al PP los desaires del pasado. En la actualidad los dirigentes del PP apenas dicen ningún comentario negativo de la formación ultraderechista, pero durante años el PP ninguneó a Vox y le hizo el vacío. Especial importancia para Vox ha tenido y tiene su difícil relación con María Guardiola, presidenta de la Junta de Extremadura.

Guardiola dijo hace unos días que el PP no podía travestirse de Vox. Sólo hay un calificativo que los dirigentes de Vox odien más y es que les llamen invertidos que es como se llamaba a los homosexuales durante el franquismo. Por otro lado, los dirigentes de Vox no tienen ningún interés en formar parte de gobiernos autonómicos salvo para cobrar sueldos públicos por no hacer nada como hizo en su día Juan García Gallardo, exvicepresidente de la Junta de Castilla y León.

Mientras Feijóo se dedica a deshojar la margarita con Abascal y a humillarse sin que se note mucho siguen pasando los meses sin que explique su programa electoral o, como mínimo, haga saber a la ciudadanía qué haría en caso de conseguir el Gobierno de la nación con elementos básicos de la gestión de la administración estatal. No ha dicho una sola palabra sobre cuál es su modelo sanitario, es decir, si apuesta por la sanidad pública o por el modelo de privatización de la Comunidad de Madrid, o qué piensa del salario mínimo, si hay que incrementarlo cada año o congelarlo como quiere la patronal de empresarios.

Alberto Núñez Feijóo, durante la comparecencia de Pedro Sánchez en el Congreso.

Alberto Núñez Feijóo, durante la comparecencia de Pedro Sánchez en el Congreso. / José Luis Roca

Admitir de manera definitiva, como ha dicho Feijóo después de las elecciones en Aragón, su intención de pactar con Vox para conseguir formar Gobierno en Madrid supone asumir y dar por bueno el programa electoral de Vox. Si los partidos a la izquierda del PSOE no son capaces de llegar a un acuerdo para presentar una candidatura unida de cara a las próximas elecciones generales es más que probable que se produzca una mayoría de derecha con peligrosos tintes de extrema derecha. La consecuencia sería la implantación de políticas ultraconservadoras en España al más puro estilo Trump en materia de inmigración y en el ejercicio de los derechos y libertades públicas.

El presidente del PP ha ido al rebufo de Isabel Díaz Ayuso desde que llegó a Madrid, sin ideas propias y sin marcar una personalidad. Sus titubeos respecto a la responsabilidad de Carlos Mazón pretendiendo situarse en un punto ciego que le evitase tomar cualquier clase de decisión le ha catalogado como un líder débil y prescindible. Ya sabemos que el único objetivo que tiene Feijóo es conseguir el desalojo de Pedro Sánchez de la Moncloa y para ello se ha hecho acompañar de manera definitiva de la ultraderecha española.

El Partido Popular ha abierto una puerta que tiene muy difícil solución. De momento, el PP ha conseguido, al normalizar a la ultraderecha, que ideas que hasta hace pocos años eran las catacumbas de la política sean vistas como un grupo de ideas más, asimilables al ideario político de una democracia. Y no es así. Hay ideas que son miserables y absurdas por mucho que se repitan; el negacionismo del cambio climático, el movimiento antivacunas, que los aviones expulsen un gas para controlar las cosechas y a la población, así como la negación de políticas medioambientales y de la violencia machista.

Si nos atenemos a la experiencia en Europa, el ascenso de la extrema derecha y del fascismo ha venido siempre acompañado de la desaparición del partido de derecha tradicional. Los antiguos políticos conservadores que ayudaron a construir Europa no han sido sustituidos por una nueva generación y los pocos que hay tienen miedo a enfrentarse a los ultraconservadores o a Donald Trump, como el caso de Mark Rutte, secretario general de la OTAN, muy valiente para limitar las ayudas a los agricultores y a los pescadores españole, pero muy cobarde para enfrentarse a Trump o a Putin.

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