Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión | El mundo por de dentro

Del desencanto a la deslegitimación

A Felipe González no le sorprenden los resultados de Aragón, "en la línea de Extremadura"

Sara Fernández

Hemos oído y leído mucho de la transición democrática a propósito del próximo 50 aniversario de la Constitución; la transición terminó en lo que se dio en llamar el "desencanto", de esto ahora se habla menos. El llamado desencanto era un sentimiento compartido, sobre todo, en los medios que reflejaba un desengaño, una desilusión con lo que se había conseguido en la transición democrática, bien porque se esperaba más, bien porque no se había podido atender las expectativas que se habían despertado, bien porque la transición fue un cambio pactado, bien porque se amnistiaron los crímenes del franquismo, bien porque no se restituyó la memoria de los que lucharon por la legalidad republicana y por la democracia. O bien por una mezcla de todo lo anterior.

Tras la filigrana política presidencial de Adolfo Suárez y el interludio de Calvo Sotelo llegó, tras el 23-F, la presidencia del gobierno más larga de la democracia: 13 años y medio, cuatro legislaturas, dos con mayoría absoluta, de Felipe González. Con él llegó el desencanto, que se agudizó con la vuelta al poder democrático de la derecha franquista de José María Aznar. El desencanto era un sentimiento que creció entre los que habíamos luchado por la democracia durante el mandato pactista de González y que se agudizó durante la presidencia de Aznar hasta llegar a la revuelta de las plazas en la época de Zapatero (2004-2011). La revuelta podemita intentó recuperar los jirones que la transición había dejado por el camino.

Demasiados años soportó la derecha sin administrar su cortijo, durante la época de González-Guerra y se inició una campaña mediática confesada por el propio director de ABC, J.M. Ansón, similar a la actual contra Sánchez, de acusaciones de corrupción y, sobre todo, de deslegitimación del gobierno democrático.

También se le acusaba de "mendigar" recursos en Europa, de pactar con los terroristas, y, al mismo tiempo, de alimentar a los GAL o a la triple A -Grupos antiterroristas policiales o parapoliciales- y de hecho su ministro del Interior y el secretario de Estado de Seguridad fueron condenados por eso, (que habían iniciado loa gobiernos anteriores). Luego Zapatero pactaría la rendición de ETA y Sánchez el fin del "procès" independentista catalán.

En nuestra sociedad ha aumentado una desconexión progresiva del proceso político actual. Hay un descenso o estancamiento de la participación política; no digamos nada del descenso de la afiliación en los partidos políticos principales; y hay también un desprecio generalizado hacia los políticos profesionales y hacía meterse en política- Franco recomendaba que fuéramos "apolíticos" porque "todos los políticos son iguales"; como mucho hay un ligero ascenso de los nacionalismos regionales que son una fuente de legitimidad más próxima. Estos son los síntomas de un rechazo generalizado de los políticos, del propio proceso democrático y de la legitimidad.

Durante la transición los políticos, en especial los de la izquierda, procedían de los partidos y sindicatos clandestinos, de las asociaciones ciudadanas, o de los despachos laboralistas. Luego se han ido profesionalizando: de la universidad al escalafón para subir al coche oficial. Entre ellos hay demasiada gente con títulos, pero sin profesión ni experiencia en pactar y consensuar.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a su llegada al retiro de líderes de la UE convocado por el presidente del Consejo, António Costa.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a su llegada al retiro de líderes de la UE convocado por el presidente del Consejo, António Costa. / FREDERIC SIERAKOWSKI/European Co / DPA

El resentimiento contra las élites políticas administrativas y académicas pesó mucho en la campaña de Donald Trump, personificada en el rechazo a todo lo que significa Washington. Lo mismo pasó en la campaña británica del referéndum en 2016. Al igual que en la campaña presidencial francesa y en las elecciones generales italianas últimas.

En España tenemos nuestra inquina nacional contra la "clase política". Todo esto tiende a desacreditar las instituciones democráticas.

Especialmente entre la gente joven se agrava la sensación de lejanía de los políticos, mientras se aproxima a, los también políticos, la ultraderecha.

La Constitución, la ley y la legitimidad surgen en la democracia de la soberanía popular, encarnada en las Cortes, y cuando los partidos pierden la capacidad para funcionar como instrumentos de acuerdos recurren a los jueces para que sustituyan con sus sentencias el consenso mayoritario de la ley y siempre lo hacen y lo harán peor. De ahí la menor participación de los votantes, la desafección del liderazgo de los políticos, que podría conducir a medio o largo plazo a un liderazgo más partidista y autoritario.

Aristóteles vino a decir que la democracia es una forma de gobierno intrínsecamente inestable porque es vulnerable a los demagogos y populistas. "Las democracias avanzadas no se derrocan", "las instituciones sufren un drenaje imperceptible de todo lo que con anterioridad las hacía democráticas"(Sumption J. "Juicios de Estado" 2019).

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents