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Opinión | Tribuna

Cuidar no es esclavitud

Cuidar no es esclavitud

Cuidar no es esclavitud

Tras la aprobación por parte del Gobierno español de la regulación de personas migrantes, al Partido Popular le faltó tiempo para trasladar a la Eurocámara su rechazo y solicitar que la institución se posicionara al respecto. La discrepancia política es legítima. La crítica forma parte del juego democrático. Incluso puede entenderse que se europeíce un debate nacional. Lo que no puede aceptarse como normal es el nivel de degradación argumental al que se ha recurrido para desacreditar la medida.

Sin entrar en el análisis técnico de la regulación —que merece discusión serena y datos rigurosos— resulta profundamente cuestionable la coincidencia discursiva entre representantes del PP y de Vox. No sorprenden las medias verdades, las simplificaciones interesadas o los relatos diseñados para generar alarma. Ese patrón forma parte ya de una estrategia conocida. Lo preocupante es haber cruzado una línea ética al utilizar expresiones como la de "traer esclavos para limpiar culos de ancianos". Esa frase es una declaración que revela una jerarquía moral.

En primer lugar, encierra un desprecio hacia quienes se dedican al cuidado, ya sea en el ámbito profesional o en el familiar. Reducir su trabajo a una caricatura grosera implica ignorar deliberadamente la complejidad y la responsabilidad que conlleva atender a personas con pérdida de autonomía. Cuidar no es una actividad residual ni una tarea indigna, es una función estructural que garantiza la continuidad de la vida cuando esta se vuelve frágil. La higiene —mencionada con desconsideración— no es un detalle anecdótico, sino una condición básica de salud, prevención y respeto. Evita infecciones, previene complicaciones y preserva la autoestima de quien no puede valerse por sí mismo. Trivializarla es trivializar la dignidad humana.

En segundo lugar, esa expresión falta al respeto a las personas que necesitan cuidados. Convertir la dependencia en objeto de burla política es desconocer que la vulnerabilidad no es una excepción, sino una dimensión inevitable del ciclo vital. Envejecer, enfermar o experimentar una discapacidad no debería transformarse en argumento electoral. Nadie elige necesitar ayuda para vestirse, asearse o alimentarse. Pero todos merecen que esa ayuda se preste con dignidad.

En tercer lugar, el uso del término "esclavitud" resulta profundamente contradictorio. Si algo busca una regulación administrativa es precisamente evitar condiciones de explotación derivadas de la irregularidad. La economía sumergida, la ausencia de contratos, la falta de cotización y de protección jurídica son las que generan vulnerabilidad y abuso. Regular significa reconocer derechos laborales, ofrecer seguridad jurídica y garantizar condiciones mínimas de dignidad. Resulta paradójico denunciar una supuesta esclavitud mientras se desacredita una medida orientada a reducir la precariedad.

Pero más allá de la polémica concreta, lo ocurrido pone de manifiesto algo más profundo, la consideración estructural que una parte de la clase política otorga a los cuidados. Se les sigue percibiendo como un elemento subsidiario, periférico, casi invisible tanto dentro como fuera del sistema sanitario. Como si la salud se redujera exclusivamente a la intervención médica hospitalaria y no incluyera el entramado cotidiano que la hace posible.

Una persona amb caminador amb una cuidadora. | FERRAN NADEU

Una persona amb caminador amb una cuidadora. / FERRAN NADEU

La realidad es otra. De la totalidad de cuidados que requiere la población, el sistema sanitario presta aproximadamente el 20 %. El 80 % restante se desarrolla en entornos familiares o espacios comunitarios. Ese 80 % sostiene la vida diaria de millones de personas. Sin él, el sistema sanitario colapsaría.

Ese cuidado lo prestan familiares —en su mayoría mujeres— que reorganizan su vida laboral y personal para atender a padres, madres o hijos. Lo desempeñan trabajadoras del hogar y cuidadoras, muchas veces migrantes, que garantizan la continuidad de la vida cotidiana en condiciones que no siempre cuentan con reconocimiento suficiente. Lo realizan profesionales de la salud cuya labor evita ingresos hospitalarios, reduce complicaciones y mejora la calidad de vida. No son esclavos. Son personas que trabajan, que cuidan y que sostienen el bienestar colectivo.

Utilizar el cuidado como arma arrojadiza partidista no solo empobrece el debate; invisibiliza el verdadero desafío demográfico y social que afrontamos. La organización justa y sostenible de los cuidados es una cuestión central para el futuro del país, no un recurso retórico para la confrontación política.

Mientras como sociedad no asumamos que los cuidados constituyen un pilar estructural y no un asunto menor, seguiremos asistiendo a discursos que los trivializan. Sin cuidados no es posible la salud. Y sin salud no es posible la vida digna. Esta no es una consigna ideológica, sino una evidencia humana.

Los cuidados son patrimonio de la humanidad porque forman parte de la respuesta que toda persona merece por el hecho de serlo. Asimilarlos a la esclavitud no solo es conceptualmente erróneo; es moralmente inaceptable. Revela una jerarquía de valores en la que quienes cuidan y quienes son cuidados ocupan un lugar secundario.

Cuando la política olvida esto, lo que está en juego no es una medida administrativa concreta, sino el respeto a aquello que sostiene nuestra convivencia.

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